EL MOTÍN DE ARANJUEZ

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La noche del diecisiete de marzo de 1808 no prometía ser tranquila en el pueblo de Aranjuez, donde pasaban sus días la familia real y el todopoderoso valido Manuel Godoy. Cientos de personas se congregaban en las calles mientras que nuevas tropas llegadas de la capital se concentran en los alrededores del Palacio. La situación que atravesaba el país era realmente preocupante: tropas francesas que, so pretexto de invadir al enemigo portugués alidado de los ingleses, iban ocupando a su paso las más importantes ciudades españolas ante la pasividad, cuando no colaboración entusiasta de las autoridades nacionales; una élite dividida entre los partidarios de Godoy y los del príncipe Fernando; un ambiente popular enrarecido ante los crecientes rumores en torno a la partida de la familia real hacia las colonias americanas para crear desde allí un gobierno de resistencia frente al invasor francés……
De repente, una luz ilumina una de las ventanas del palacio y se escucha un tiro. La muchedumbre se dirige a la residencia del valido y la toma al asalto, destrozando todo cuanto encuentra a su paso mas, siempre caballerosa, respeta a la mujer y a la hija del “choricero”, a quienes generosamente abre paso e incluso se ofrece a escoltar. El pobre Carlos IV, dominado por su mujer e incapaz de ver otra salida para salvar a su amigo Manuel, promulga un decreto privando al mismo de todos los cargos y honores que hasta el momento ostentaba. A todo esto, ¿Donde se encontraba Godoy? Tanto los reyes como la turba deseaban encontrarle, si bien los primeros para protegerlo y la segunda para acabar con su vida. Dos días tardó el hasta entonces Príncipe de la Paz en dar señales de vida: al parecer se había escondido en el interior de un armario sito en el desván de su palacio; mas a los dos días, atormentado por la sed y el hambre, abandonó su refugio, siendo encontrado por un guardia que dio la voz de alarma al grito de “¡el puto de la reina!¡El puto!”. Con todo, el príncipe Fernando logró contener a la gente y salvar su vida (cuando Godoy le pregunta si es el rey, le contesta que aún no, pero lo será pronto). Horas más tarde, el rey Carlos IV abdicaba la corona ciñendo la misma en las sienes de su hijo, quien sería conocido por la historia como Fernando VII. El pueblo había triunfado: había puesto fín al despótico gobierno del odiado y odioso Godoy y elevado a un monarca verdaderamente “popular”. ¿Había triunfado de veras el pueblo? ¿Era su voluntad la que se había impuesto?
Por de pronto, la situación política del país estaba tan degradada con dos bandos en lucha sin cuartel (el partido de los reyes y Godoy y el del príncipe Fernando) y ambos orbitando en torno al caudillo Napoleón para sostener sus pretensiones, y si algo tenían en común es que los intereses del pueblo a todos les traía completamente sin cuidado. Pero lo que realmente importa es que el motín en modo alguno fue verdaderamente “popular”, sino instigado por las altas esferas. De mano, el instigador principal de la revuelta fue el mismísimo príncipe Fernando, apoyado por su hermano don Carlos y por su tío, el infante don Antonio Pascual. Y el ejecutor, un majo a quien se conocía como “el tío Pedro” era, en realidad, el conde de Montijo, uno de los hombres de confianza del heredero al trono. El dinero había corrido a raudales por aquellos días. Curiosamente, al “pueblo” no le importó que su idolatrado Fernando VII incurriera en alta traición (al conspirar abiertamente contra sus padres los reyes y pedir ayuda a un soberano extranjero -Napoleón- al que llegó incluso a pedir la mano de alguna de sus sobrinas), sino que, alborotado y ebrio de alegría celebró la proclamación del nuevo rey como una nueva época llena de esperanza. Todo el mundo se desplazaría a la capital para contemplar la entrada triunfal del nuevo monarca.
Lo que siguió es de sobra conocido: una guerra contra el invasor francés que duró seis años; la abyecta renuncia a la corona de Fernando en Bayona; la degradante y abyecta adulación que en su destierro de Valençay demostró al felicitar al corso por sus victorias; la vuelta a España en 1814, donde el “pueblo” le recibió desenganchando el tiro de la carroza y llevando él mismo al sátrapa; años y años de absolutismo que finalizaron con una guerra civil que se prolongaría prácticamente hasta 1876.
Así se inició, tal día como hoy hace doscientos años, nuestra edad contemporánea.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Historia

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