LA ¿DEMOCRACIA INTERNA? EN LOS PARTIDOS.

El artículo 6 de nuestra Constitución es uno de los más incumplidos, y eso que nuestra Carta Magna tiene una larga lista de preceptos cuyo reflejo en la realidad social es casi nulo. El meritado artículo indica, refiriéndose a los partidos políticos, que “su estructura interna y su funcionamiento deberán ser democráticos”. “Deberán ser”, lo que en lengua castellana implica que, al estar conjugado el verbo en su forma imperativa, denota un mandato a los entes que la norma fundamental califica de “instrumento fundamental para la participación política”. Como tantas otras cosas, es una orden que las élites oligárquicas que dominan los partidos se han apresurado a arrojar a la papelera, si no al cubo de la basura. Y es que nada hay más que tema un jerifalte político que la democracia. En este sentido, los partidos no se diferencian en nada de los antaño poderosos Partido Liberal-Conservador y Partido Liberal-Fusionista que dominaron la vida política española durante casi cincuenta años.
¿Qué democracia interna existe en los partidos? ¿Qué mecanismos existen para garantizar que todos los militantes tengan la posibilidad de elegir a sus representantes y a sus propios candidatos para los altos órganos del Estado como el Congreso, el Senado o la misma Presidencia? Ninguno, porque es una potestad que se reservan las vetustas y arcaicas castas directivas, que únicamente hablan de “renovación” como instrumento catártico que sirva, cual canto de las sirenas, para embaucar a incautos. Y si no, véase el único ejemplo que en España ha existido de democracia interna: las primarias que organizó el Partido Socialista Obrero Español una vez perdidas las elecciones. Dejemos de lado que el proceso se elaboró con la nada disimulada idea de que las masas confirmaran al candidato “oficial”, y quedémonos con que la idea en sí, es decir, otorgar a los militantes, a TODOS los militantes, la última palabra. Pero, en expresión de Ortega, se produjo una “rebelión de las masas”, puesto que éstas otorgaron su preferencia al un candidato outsider que no era la preferencia de la élite. Por eso le hicieron la vida imposible y arruinaron su reputación hasta que el candidato elegido con el voto del ciudadano de la calle, el candidato democráticamente elegido, presentó su dimisión a fín de que el represetante “oficial” de la casta oligárquica pudiese concurrir como cabeza electoral y darse un batacazo de los que hacen época. Tras esta única experiencia de sufragio directo, ningún partido político se ha sentido inclinado a repetir tan saludable intento.
¡Qué diferencia con lo que ocurre en los Estados Unidos, donde son los ciudadanos quienes otorgan su confianza al candidato! en el Partido Republicano hubo hasta seis candidatos, pese a que los militantes ya han manifestado su preferencia mayoritaria por uno de ellos. En el Partido Demócrata la pugna sigue, y de las peleas iniciales entre cuatro candidatos la pugna sigue entre dos de ellos. La última palabra la tienen, cómo no, los ciudadanos. Con esos “caucus” (por utilizar la terminología estadounidense) los partidos no sólo se debilitan, sino que salen reforzados, como casi dos siglos de experiencia nos demuestran.
No obstante, nuestros políticos pretenden exportar lecciones de democracia a otros países.
Patético.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Política

2 comentarios el “LA ¿DEMOCRACIA INTERNA? EN LOS PARTIDOS.

  1. Con el debido respeto, Sr. Monsieur, permitame la corrección de un error material que he advertido en su brillante reflexión respeto a los partidos políticos.

    Haciendose eco del artículo 6 de nuestra Carta Magna, donde dice “su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos”, debería decir “su estructura interna y funcionamiento deberán ser DEDOCRÁTICOS”.

    Y es que, a pesar del avance experimentado con el sistema de listas abiertas, sin embargo pocas veces se producen sorpresas en los candidatos electos. Resultan frecuentes las listas convenidas, los pactos contra natura y otras artimañas promovidas por las ejecutivas de los partidos con el “animus” de sobrevivir y seguir viviendo “del” partido y no “por” y “para” el partido.

    Las ideas se perdieron en el mayo del 68…

  2. Amigo Encarnado, acepto gustoso tu corrección respecto a la estructura interna y funcionamiento de los partidos. Respecto al sistema de listas abiertas, no entiendo el avance, porque todos sabemos que las elecciones se manipulan desde la élite oligárquica dirigente de los partidos. Y otro de los preceptos constitucionales más chocantes es el que manifiesta que los diputados y senadores no están sujetos al mandato imperativo. Algo peor, están sujetos a la “disciplina de partido”, que es infinitamente peor que el mandato imperativo, que sustituye el sometimiento del diputado a los intereses de sus electores por el sometimiento a circulares e instrucciones del partido que emanan a su vez de la minoría “escogida” (a dedo), cuyos intereses raramente suelen coincidir con los de la masa de ciudadanos que suele sufrir las consecuencias de este degenerado sistema partitocrático (no confundir democracia con partitocracia, pues ésta es una degeneración de aquélla). Y aunque la élite de los partidos suela estigmatizar a quienes critican a la partitocracia en nombre de la democracia, lo cierto es que es precisamente el temor a que la gente se quite la venda de los ojos lo que mueve su actuación.
    Por último, amigo encarnado, las ideas no se perdieron en mayo del 68, porque no se perdieron en Estados Unidos, en Gran Bretaña ni en Francia, donde existe una democracia interna en los partidos de la que en España se carece. Lo que ocurre es que aquí la casta política no ha evolucionado y sigue pensando que vivimos en los tiempos de Romero Robledo.
    Qué triste.

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