EL ABANDONO DE LOS PRINCIPIOS.

“Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”
(Groucho Marx)

Decía el otro Marx, Carlos, que la historia suele repetirse: la primera vez como tragedia, la segunda como farsa. La actual cúpula del Partido Popular está incurriendo en los mismos errores en que la extinta Unión de Centro Democrático incurrió en los comienzos de la década de los ochenta, cuando las banderías y baronías desmantelaron el gran partido de centro-derecha español, en parte por la errática trayectoria de su dirigente y fundador, el hoy tan venerado y loado Adolfo Suárez.
Mariano Rajoy, el líder del Partido Popular, ha interpretado su derrota electoral como una censura a su modo de hacer oposición durante los últimos cuatro años y, por tanto, ha actuado en consecuencia. Bien, es una interpretación, pero existe otra: algo más de diez millones de votos han avalado su trayectoria durante ese periodo, trayectoria que se basó en una defensa a ultranza de los grandes principios que inspiraron el gran consenso constitucional de 1978: defensa e la nación española y de los derechos y libertades consagrados en la Constitución (lo que implicaba una oposición a las pretensiones soberanistas de los nacionalismos periféricos) y del sistema constitucional plasmado en nuestra Carta Magna (lo que significaba oponerse a las veleidades zapateriles). En materia terrorista, la postura del Partido Popular siempre fue igualmente clara: la derrota del terrorismo debía lograrse sin otorgar a los asesinos la cualidad de interlocutores políticos del gobierno, y la paz debía llegar por una derrota policial de ETA, o bien con un abandono de la violencia por parte de los terroristas. Esos principios, que durante toda su existencia han sido las señas de identidad del Partido Popular se están volatilizando con el errático proceder de la actual dirección.
Para empezarse ha prescindido de personas que durante los últimos cuatro años, particularmente duros para el Partido Popular, asumieron la ingrata labor de hacer oposición aún a riesgo de hacerse antipáticos para la sociedad. La labor de Acebes y Zaplana ha sido recompensada con una patada en el trasero sin un reconocimiento ni tan siquiera a nivel interno. Es comprensible que Mariano Rajoy quisiera prescindir de quienes, sin entrar a valorar si es cierto o no, consideraba lastres del pasado. Pero las personas degisnadas para sucederlos, caracterizadas por su carácter dúctil y maleable, no son las más indicadas. Y es que no pueden interpretarse unos adversos resultados electorales como una renuncia a hacer oposición (cosa que, por cierto, el PSOE jamás hizo, dicho sea en su favor), algo que los asesores áulicos de don Mariano parecen haber hecho. Ello viene a cuento del comportamiento absolutamente lamentable de Rajoy con María San Gil, pues quien perdiera el traserillo para intentar disuadir al lamentable Piqué de que abandonara el partido nada más y nada menos que con toda una tarde en el domicilio particular de don Mariano, en estos últimos días ha bastado un “piénsatelo” para ventilar la decisión de la líder popular vasca, tan admirada y admirable y un ejemplo para el partido. Quizá sea precisamente eso, el que los militantes y la gente la vea como un ejemplo a seguir lo que ha servido a Mariano para darle la puntilla.
No se puede renunciar de la noche a la mañana a los principios que han inspirado a una fuerza política, pues se corre el riesgo no sólo de desnaturalizarla, sino de que los votantes se harten de la misma y se vayan a otras opciones. Y el señor Rajoy tiene un ejemplo muy claro. Allá a principios de los ochenta, cuando la UCD de Suárez había logrado la victoria en las elecciones de 1979 apelando al voto de centro-derecha e incluso de la derecha esgrimiendo como arma el discurso del miedo hacia el PSOE, un año más tarde don Adolfo dijo sin tapujos y sin vergüenza que iba a disputarle a Felipe González el voto de la izquierda socialista, porque, al fin y al cabo, el voto de la derecha lo tenía cautivo. Ya conocemos el resultado.
Y es que el actual estado de cosas en el Partido Popular parece dar la razón a don Ricardo de la Cierva cuando tituló uno de sus libros históricos “La derecha sin remedio”. Y es que la actual derecha parece haberse hecho grouchomarxista, y de ahí la cita con la que abríamos el presente post.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Política

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