EDUARDO GARCÍA DE ENTERRÍA Y LA REVOLUCIÓN FRANCESA.

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La editorial Civitas acaba de reeditar el libro “La lengua de los derechos: la formación del derecho público europeo tras la revolución francesa” (hasta ahora editado por Alianza), que constituye una versión ampliada del discurso que el profesor Eduardo García de Enterría pronunció con motivo de su ingreso en la Real Academia Española. Esa obra es de lectura obligada para todo aquel que se dedique al derecho público y, además, conviene (al igual que aconsejara el Tomás Ramón Fernández con respecto a otra obra del maestro Enterría, “Revolución francesa y Administración contemporánea”) releerlos de vez en cuando. Y, pese a que como jurista práctico, por motivos metodológicos prefiero, dicho sea con todos los respetos para don Eduardo, a Jesús González Pérez (que, a mi modesto entender, posee una sistemática mucho más comprensible), sin embargo aquél posee una cualidad mucho mejor para ofrecernos un análisis histórico de los contextos en que se inició el derecho administrativo.

Ambas obras tienen un objetivo común: mostrar al lector la formación del derecho público moderno (más específicamente el derecho administrativo) y la ruptura jurídica que supuso para el mundo jurídico el régimen nacido en 1789. El canto que realiza el maestro al paso del gobierno absoluto al imperio de la ley, el canto a los principios revolucionarios de libertad e igualdad, la admiración por la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano aprobada en 1789, todo ello nos ofrece en un estilo narrativo claro, sencillo y ameno el ilustre maestro de administrativistas. Si en “Revolución francesa y Administración contemporánea” nos ofrece las fuentes en que bebieron los revolucionarios franceses y nos muestra el nacimiento del derecho administrativo como una “disidencia revolucionaria”, en su segunda obra nos ofrece una espléndido retrato histórico de la formación de la institución del derecho subjetivo y de la quiebra de los principios absolutistas con los postulados que los constituyentes franceses de 1789 lograron imponer a la corona. Toda una lección de historia elaborada por un profundo conocedor de la materia que, a mayor abundamiento, no esconde sus simpatías por los logros del país vecino.

Todo aquel que conozca al redactor de estas líneas sabe de su admiración por el sistema jurídico anglosajón (en sus vertientes inglesa y norteamericana) y su preferencia por estos sistemas frente al articulado en el país vecino. Frente a la experiencia francesa, con esos pronunciamientos y postulados abstractos, más filosóficos que reales, en Inglaterra las libertades de los ciudadanos estaban garantizadas desde mucho antes por los Tribunales de Justicia (que, a diferencia de lo que ocurría con sus homólogos en el continente, eran los verdaderos garantes de las libertades individuales frente al poder público) y consagrados definitivamente en el Bill of rights de 1688, justo un siglo antes de la revolución francesa. En el otro lado del Atlántico, en 1789 se firmaba una Constitución que consagraba una efectiva división de poderes y que se marcaba como objetivo elaborar un sistema de gobierno que tuviese como principal finalidad permitir la vida en libertad de los ciudadanos, aprobando en 1791 las diez primeras enmiendas al texto constitucional, enmiendas que constituían un auténtico bill of rights y que consagraban una serie de derechos y libertades del individuo que serían directamente invocables ante los Tribunales de Justicia, máximos garantes de los mismos. Y lo más importante, esos derechos individuales e inherentes a toda persona no partían o se derivaban de su plasmación o reconocimiento en la Constitución, sino que ésta los recogía como preexistentes (todavía en junio de 2008, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos, en la sentencia District of Columbia v. Heller, que hace una exhaustiva interpretación de la segunda enmienda, manifiesta que dicho precepto no crea o reconoce tal derecho, sino que lo recoge como preexistente a la propia Constitución, de tal manera que ésta lo que constata es que los poderes públicos no cercenarán el mismo).

No obstante, y regresando a Francia, debo realizar una crítica a las obras del profesor Enterría: ambos textos no se apartan un ápice del limbo jurídico y no ofrecen al lector ni una sola línea sobre el contexto social que rodeó a los cambios jurídicos o, por seguir con la expresión orteguiana, muestran el mundo oficial y no el real. Ni una palabra, ni un indicio, ni una crítica a los monstruos que surgieron del sueño de la razón. No comenta el deslizamiento del régimen hacia el sistema convencional o verdadera dictadura jacobina de Robespierre, ni tan siquiera una referencia a los inmensos ríos de sangre que inundaron París merced a los trabajos diarios de madame guillotine,  y, lo que es más grave, ni tan siquiera se hace eco del auténtico genocidio que las autoridades galas practicaron en La Vandee. Ni una sola palabra acerca del hecho de que esos brillantes principios de libertad e igualdad solemnemente proclamados en los textos de 1789 no impidieron que muchos franceses fueran ejecutados por meras sospechas de simpatías monárquicas o, simplemente, por considerarse amigos o sirvientes de aristócratas. Y para aseverar este particular no hace falta acudir a las deliciosas novelas de la baronesa de Orczy sobre la Pimpinela Escarlata (a las que algún día dedicaremos un post, pero que, adelantamos desde este momento, describen de manera inimitable el régimen de auténtico terror revolucionario que vivieron Francia en general y su capital en particular durante la fase inicial de la revolución). En 1988, cuando yo contaba únicamente con quince primaveras, adquirí un libro publicado por la editorial Planeta dentro de su colección “Memoria de la historia”, un libro debido a la pluma de Fernando Díaz-Plaja y que se titulaba, precisamente, “A la sombra de la guillotina”, obra que ofrecía un relato claro, preciso, detallado y ameno pero, sobre todo, estremecedor, de la cara oculta de la revolución, esa cara que el profesor Enterría nos oculta en sus textos. Por otra parte, hace tan sólo ocho meses, la editorial Áltera reeditó el libro de Pierre Gaxote “La Revolución francesa”, libro que, pese a contar con casi ochenta años, supuso y supone una auténtica desmitificación de la obra revolucionaria que muestra la verdadera faz de la obra revolucionaria.

En definitiva, que las imprescindible y obligada lectura de las obras de Eduardo García de Enterría no deben conducirnos a exaltar sin más y acríticamente la obra revolucionaria, sino que su lectura debe complementarse con las de Díaz-Plaja y Gaxotte. Sólo así podremos tener una visión global o de conjunto del fenómeno revolucionario francés.

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2 comentarios el “EDUARDO GARCÍA DE ENTERRÍA Y LA REVOLUCIÓN FRANCESA.

  1. Tienes razón en que Enterría deliberadamente muestra una visión fría y jurídica, alejada del contexto sociopolítico, pero para eso están las sabrosísimas páginas de otros dos monstruos del Derecho Administrativo (Villar Palasí, y Alejandro Nieto, por no decir Sosa Wagner, que ha tenido la fortuna de mostrarnos a los maestros alemanes en su puro contexto, hasta doméstico).
    P.D.
    No deja de ser curiosa la admiración que comparto por el profesor Enterría, y la casualidad de que mi próximo post versa precisamente sobre u n modesto homenaje a su persona.¡ Qué casualidad!.

  2. Amigo Sevach, tienes absolutamente toda la razón en tu comentario.
    En mi etapa universitaria, y salto del campo del derecho administrativo al constitucional, Joaquín Varela (persona por la que siento una gran admiración y de la que he tenido el inmenso privilegio de ser alumno durante tres años -y a quien dedicaré un próximo post para comentar su obra sobre la Constitución de 1876 que acaba de aparecer en Iustel-) siempre en sus clases situaba a personas y doctrinas en sus contextos histórico-sociales, algo que trasladaba igualmente a sus escritos; algo que, como bien dices, también hace Sosa Wagner, cuya obra sobre los maestros alemanes del derecho público tengo como oro en paño en mi biblioteca. Por cierto, que el pasado jueves día 30 de abril tuve la oportunidad de ver una interesantísima entrevista que Federico Jiménez Losantos hizo a don Francisco, en la que éste dijo cosas muy interesantes, entrevista en la que (y enlazo así con el tema del post) tuvo un recuerdo para el profesor García de Enterría.
    Alejandro Nieto, persona por quien siento una profundísima admiración (y creo te consta por varios de mis post en tu blog) se encuentra en el extremo opuesto al de don Eduardo, pues en sus textos prima la realidad sobre la norma, lo cual es de agradecer.
    No obstante, creo que lo ideal es un equilibrio entre el ser y el deber ser, entre el realidad y norma.

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