GÓMEZ BERMUDEZ NO ES OTRO JOSEPH BRADLEY

Bradley - Bermúdez

Corría el mes de agosto  del año 1877 cuando el New York Sun, de ideología demócrata, publicó un artículo titulado An interesting historical fact, artículo que iba dirigido contra Joseph Bradley, magistrado del Tribunal Supremo de los Estados Unidos.  Bradley era uno de los quince integrantes de la Electoral Commission creada por ley de 29 de enero de dicho año con el único objetivo de determinar quién era el vencedor de las elecciones presidenciales, pues dado que tanto demócratas como republicanos se atribuían la victoria electoral en los estados de Florida, Luisiana, Carolina del Sur y Oregón, cada uno de dichos estados remitió a Washington dos listas de compromisarios. Ante la ausencia de previsión legal expresa o mecanismo alguno para resolver el conflicto planteado, dirigentes de ambos partidos acordaron crear una comisión electoral de quince miembros, cinco de los cuales serían designados por la Cámara de Representantes (en manos demócratas) cinco por el Senado (de mayoría republicana) y cinco jueces del Tribunal Supremo y de estos últimos cuatro designados expresamente por la ley y el quinto elegido por mayoría de entre esos cuatro jueces. Joseph Bradley fue el quinto elegido. Hombre de honestidad personal acreditada, tenía en su contra el hecho de que era la segunda opción, puesto que a la hora de aprobar la ley creadora de la Electoral Commission todos los promotores de ésta acordaron implícitamente que el quinto juez sería David Davis, hombre de reconocida independencia, pero la elección de éste como senador por Illinois con votos demócratas creó una vacante cuando Davis, sorprendentemente, renunció a su cargo en el Supremo para hacerse cargo de su escaño en el Senado, renunciando en consecuencia al nombramiento en la comisión.

Todas las miradas se centraron en Bradley, puesto que nadie cuestionó que los restantes catorce miembros votarían con criterios partidistas. Por ello, cuando el día 7 de febrero de 1877 Bradley resolvió la cuestión debatida dando la razón al candidato republicano Rutherford Bitchard Hayes, la prensa demócrata, fundamentalmente el New York Sun (cuyo editor era íntimo amigo de Samuel Tilden, el candidato demócrata), lanzó furibundos ataques contra el magistrado, llegando al culmen el día con el artículo mencionado al principio del post, donde se acusó al Juez de mudar su criterio inicialmente favorable al candidato demócrata. Bradley habría redactado un parecer favorable a Tilden e incluso habría manifestado tal criterio a sus colegas del Supremo Stephen Field y Nathan Clifford, miembros igualmente de la Electoral Commission; pero, según la publicación demócrata, una serie de visitas de prominentes republicanos la noche del 6 al 7 de febrero le hizo rectificar y dar la razón al republicano Hayes. El propio Bradley tuvo que salir a la palestra a defender su honor en una carta que se publicó el 3 de septiembre de 1877 en el diario  Newark Daily Advertiser, en el que negaba los hechos. No obstante, se dio al bulo credibilidad absoluta, y tuvieron que pasar más de cien años para que Charles Fairman, autor de una espléndida monografía titulada Five Justices and the Electoral Commission, desmontara con datos y documentos tal acusación demostrando que todo era una vulgar patraña.  Ya los estudiosos de la crisis electoral de 1876 (como Van Woodward y Polakoff) habían manifestado sus dudas sobre la acusación, pero la misma fue una mancha que persiguió para siempre a Bradley.

Para mi sorpresa, el día de hoy, lunes día 25 de mayo de 2009 se publica en el diario El Mundo que el juez Gómez Bermúdez mudó su criterio inicial en la sentencia del 11-M. En la redacción inicial de la sentencia (de la que, según el diario en cuestión, habría hecho partícipe a otro magistrado) habría incluido dos elementos esenciales que hubieran resultado un cataclismo. En concreto, según hace constar el periódico: <<Una semana antes de que se comunicara públicamente la sentencia, Gómez Bermúdez le transmitió confidencialmente a un magistrado tres conclusiones de la misma: 1. No se establecería la autoría intelectual del atentado, en contra de lo que sostenía la Fiscalía. 2. Habría deducciones de testimonio para algunos mandos de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado. 3. El minero Suárez Trashorras no sería condenado como responsable de los atentados, sino sólo por tráfico de explosivos>> (véase el tratamiento completo en el enlace: http://www.elmundo.es/elmundo/2009/05/24/espana/1243197319.html). El autor de tal noticia apunta dos posibilidades para dicho cambio de criterio: la malévola (garantizarse el apoyo del nuevo gobierno surgido de las urnas el día 14 de mayo de 2004, dado que el nombramiento de Gómez Bermúdez como presidente de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional se encontraba pendiente de un recurso contencioso-administrativo) y otra probable (que su sentencia, en la redacción definitiva, sería bien recibida en las instancias gubernamentales, dado el buen trato que Gómez Bermúdez tenía con la vicepresidenta del gobierno).

Este tipo de acusaciones son de imposible o muy difícil acreditación. Tanto en el caso de Bradley como en el de Gómez Bermúdez se hizo referencia a colegas de la profesión, mas ninguna prueba real, concreta y tangible se pudo aportar para sostener la acusación. No obstante, si en el caso de Bradley cuando menos se mencionó por su nombre y apellidos a los magistrados beneficiarios de la confidencia (Field y Clifford, ninguno de los cuales confirmó tal noticia, en incluso Field, de una manera tan sibilina y retorcida como su carácter, aunque fuese de manera sinuosa negó la acusación) en el caso de Bermúdez se alude genéricamente a “un magistrado”. Bien. No voy a entrar sobre el acierto jurídico o no de la sentencia del 11-M (pues no soy penalista y no me gusta meterme en un campo que no domino) y no voy a entrar a discutir tampoco el carácter “políticamente correcto” o no de la sentencia, si la misma se basó en pruebas manipuladas o falsas o si debiera haber tenido en cuenta otros elementos de juicio. Pero lo cierto es que lanzar una acusación de tal calibre contra un magistrado sin ofrecer ni una sola prueba me parece una temeridad, Muy seguro debe de estar el director del diario El Mundo para publicar tal noticia, por lo que o bien posee el suficiente material probatorio para acreditar tal extremo y lo irá dosificando poco a poco o, de lo contrario, se ha colocado en una posición ciertamente difícil.

Pese a todo, hay algo que me gustaría dejar bien claro. Una cosa es que no me pronuncie sobre la sentencia, pero otra totalmente distinta es que no me pronuncie sobre el juez en cuestión. A mi entender, el señor Gómez Bermúdez dejó bien claro que no le disgustó nada la relevancia mediática que adquirió (podría haber tomado ejemplo de los magistrados norteamericanos David Souter y Clarence Thomas; o Anthony Kennedy, quien a diferencia de Souter disfruta enormemente de su cargo y de la posición que ostenta), y en mi humildísimo criterio incurrió en un inconmensurable error, y ello por ser enormemente generoso en cuanto al calificativo aplicable, al permitir que su señora esposa publicase un libro donde se contenían expresiones y confidencias que debieran haber quedado ocultas bajo siete llaves. No debiera ser tal el comportamiento de un magistrado. Vaya por delante que, mientras no se demuestre lo contrario con pruebas fehacientes e indubitadas, concedo al magistrado (como a cualquier persona) el derecho constitucional a la presunción de inocencia y no tengo por ciertas las acusaciones que se  le imputan. No obstante, y bien sentado lo anterior, me gustaría añadir que si de Joseph Bradley pudo decir en su día Bernard Schwartz <<The charge against Bradley´s integrity severely tarnished the remaining career of one who (from the point of view of legal ability) was one of the best men ever to sit on the high tribunal>>, me temo que de Gómez Bermúdez no se podrá decir lo mismo.

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Un comentario el “GÓMEZ BERMUDEZ NO ES OTRO JOSEPH BRADLEY

  1. Excelente y equilibrado análisis. Desde mi punto de vista, lo que hay que poner en entredicho son las informaciones de los Tribunales que ofrece la prensa. A los periódicos le interesan los titulares, y el paraguas de la libertad informativa lo ampara todo; además si alguien comete el error de ejercer el derecho de rectificación o una acción civil frente al honor o imagen por la difusión informativa, se encontrará con el omnipotente secreto profesional. Por eso, no es ningún secreto que los magistrados no son esfinges y su discurso mental a veces requiere del contraste de la “toga amiga”, pero de ahí a poner en la prensa el desarrollo de la supuesta conversación, me parece, como al autor del post, una temeridad. En fin, veo que las Vidas paralelas de Plutarco no hallarían un capítulo para Bermúdez y Bradley.

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