EN LOS JUZGADOS DE LO CONTENCIOSO LOS FANTASMAS EXISTEN.

Fantasma

Emulando a mi amigo Sevach, que suele abordar algunos temas candentes con un envidiable sentido de la ironía y del humor jurídico, he decidido ampararme en el animus iuocandi para hacerme eco de una serie de experiencias paranormales vividas en las salas de vistas de los juzgados de lo contencioso-administrativo durante los últimos nueve años.

He visto una y otra vez reflejado en documentos judiciales una circunstancia que me ha llenado de perplejidad, cuando no de un temor a estar perdiendo mis sentidos corporales. Siempre me han dicho que los fantasmas no existen, aunque, en las películas y series de televisión que tratan dicho particular uno puede comprobar que dichos entes incorpóreos únicamente pueden ser vistos por personas que poseen el don para ello. Ahí están, por ejemplo, los casos de “Ghost”, “El internado” o “Entre fantasmas”, donde sólo una persona con un talento especial puede ver y relacionarse con dichos sujetos, absolutamente invisibles y que pasan desapercibidos para el resto. Pues bien, me da la impresión que en las salas de vistas de algunos Juzgados de lo Contencioso-Administrativo existe un fantasma que deambula continuamente por las mismas y al que otros perciben pero que este humilde letrado ha sido incapaz de ver y de oir a lo largo de esta última década.

Viene esto a cuento de lo que me ha sucedido en varios juzgados de lo contencioso en casos en los cuales, siendo demandada la Administración del Estado y no estando presentes en la celebración de la vista más que el Magistrado, el Secretario y este humilde servidor de ustedes, sin embargo en la sentencia se hace constar que la Administración estuvo “representada y asistida por el Sr. Abogado del Estado”. Sí, sí, mis ojos no me engañan, viene constatada tal circunstancia como antecedente de hecho, aseveración que goza de la fe pública judicial que a tal documento otorga el Secretario del Juzgado. Imagínense ustedes mi asombro, resulta que la Administración ha estado representada y asistida por una persona física a la que no he percibido y que, dado que actualmente las vistas son objeto de grabación en soporte vídeo, ni tan siquiera aparece en las grabaciones. ¿Acaso flaquean mis sentidos? ¿Acaso estoy en presencia de ectoplasmas invisibles a mis órganos oculares pero perfectamente visibles para otras personas con dones especiales? ¿O es que acaso unas temporales cataratas cubren la cuenca de mis ojos y me impiden contemplar la presencia de un funcionario defensor de la Administración? ¿Será acaso un impedimento debido a no haber sido el letrado en cuestión iniciado en los ritos pitagóricos, doctrina órfica, o los misterios de Eleusis? ¿Acaso la Administración ha vampirizado a su funcionario de tal manera que no se refleja en el espejo ni se registra en el soporte audio? ¿O será acaso un claro ejemplo de marxismo-grouchismo, aquello de “usted a quien cree más, a mí o a sus propios ojos”? Un súbito temor se apoderó de mi cuerpo hasta el punto de llegar hasta casi impedirme la comparecencia física en las salas de vistas. ¡Qué miedo he llegado a tener!

Tras un sesudo análisis del caso, plagado de pruebas y experimentos, he llegado a la conclusión definitiva que, en efecto, únicamente los empleados públicos que hayan superado un proceso selectivo están dotados de percepciones extrasensoriales no aptas para los no iniciados. Es la “revelación”, el misterio de “la palabra perdida” que permite a los empleados públicos identificarse entre ellos aún no estando presentes, facultad esta que adquieren en la fase de aprendizaje que tiene lugar tras superar la correspondiente oposición. Y esto viene acreditado por un hecho que no admite dudas: en una reciente ocasión en que el magistrado de lo contencioso no era titular sino un sustituto y a la vista de la no comparece el abogado del Estado, hace constar en la sentencia “sin que compareciera la parte demandada pese a haber sido citada en legal forma”. ¡Oh, dios mío, una persona que, como yo, es incapaz de ver a quien en otras ocasiones aparece en una sentencia sin estar presente en la vista! Pero, claro, tras horas de meditación trascendental en la soledad del desierto he visto la luz ¡El juez sustituto no es funcionario por oposición! ¡No realiza un curso de práctica en la escuela judicial! ¡No está, por tanto, iniciado en las arcanas y mágicas artes nigrománticas en que sí son expertos quienes han pasado por la escuela judicial en una prolongada estancia!

En fín, que tranquilizado mi cerebro tras semejante descubrimiento, recobrada la paz turbada de mi alma inquieta, disipados todos mis temores, he podido volver a las salas de vistas y al ejercicio ordinario de mis tareas.

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