WILLIAM REHNQUIST: A LA MEMORIA DE UNA GRAN PERSONA.

Rehnquist

El próximo día 3 de septiembre se cumplirán cuatro años del fallecimiento de William Hubbs Rehnquist, tras toda una vida dedicado a la profesión legal y con treinta y tres años en el mas alto tribunal de los Estados Unidos, diecinueve de ellos como presidente. Ya habíamos dedicado un anterior post al personaje, donde realizabamos un comentario a su indispensable trabajo The notion of a living constitution, y no será este el último que dedicaremos a quien sin duda alguna ha sido uno de los grandes nombres del derecho norteamericano, puesto que he tenido la inmensa suerte de hacerme con el trabajo que Rehnquist elaboró en 1948 para obtener el Master in Arts en la Universidad de Stanford, trabajo que lleva por título Contemporary theories of rights.

Hoy quisiera, sin embargo, recordar a la persona y no al jurista. Y es que muchas personas, tanto en Estados Unidos como en nuestro país, trivializaron y caricaturizaron al personaje únicamente por su conservadurismo ideológico. En este sentido no puedo más que coincidir con James E. Ryan, profesor de derecho en la Universidad de Virginia y law clerk de Rehnquist en 1993, quien en unas breves líneas publicadas en el volumen 58 de la Stanford Law Review (volumen dedicado precisamente al legado de William Rehnquist y de Sandra Dey O´Connor) manifiesta que: “Those who disagreed with the Chief´s legal views and did not Know him occasionally described him, casually and with the benefit of ignorance, as essentially a bad person. I think the tendency to asume that those with whom we disagree are malicious, or somehow intellectually or emotionally deficient, is rampant. My year with the Chief cured me of that tendency and helped me and my co-clerks understand that is possible to have deep personal affection and admiration for someone with whom you disagree”. Todos quienes trabajaron como law clerks de Rehnquist coinciden en resaltar su trato llano, afable y cortés y, sobre todo, sun inmensa talla humana y moral, Y, lo que es mucho más significativo, uno no tiene más que echar un vistazo a las sentidas palabras y testimonios que todos sus compañeros volcaron en la página web del Tribunal Supremo con motivo del fallecimiento de Rehnquist, siendo las más sentidas las de Stephen Breyer, Ruth Bader Gisburn y John Paul Stevens, los tres ideológicamente en las antípodas ideológicas del chief justice.   Si uno echa un vistazo a dichos testimonios y a los que obran en el volumen 119 de la Harvard Law Review y en el ya mencionado volumen 58 de la Stanford Law Review podrá verificar que a lo largo de toda su dilatada carrera William Hubbs Rehnquist se caracterizó por un inmenso amor a su profesión y al mundo legal, por un inmenso apego a la vida (por la que luchó hasta el último instante en el que un cáncer puso fin a su vida, al igual que en 1991 otro cáncer había acabado con la vida de su esposa), por una humanidad desbordante y, sobre todo, por una enorme sentido del humor que no le abandonó ni en los momentos más trágicos de su enfermedad. Era igualmente un enamorado de la historia de su país, a la que dedicó cuatro libros: una breve historia del Tribunal Supremo (The Supreme Court: how it was, how it is), libro que comienza significativamente en 1954 cuando un joven Rehnquist se entrevista con el magistrado Robert H Jackson para un puesto de law clerk; una historia de los procedimientos de impeachment que sufrieron en su día el magistrado Samuel Chase y el presidente Andrew Johnson (Great Inquest: The historic impeachment of justice Samuel Chase and President Andrew Johnson) una historia de las libertades civiles en la época de la guerra de secesión (All the laws but one: civil liberties in wartime) y un último trabajo a la crisis electoral de 1876 (Centennial crisis: the disputed election of 1876). Escritos en un estilo llano, ameno, accesible, son trabajos que, sin ser obra de un historiador profesional y sin pretender una completa erudición, sirven para introducir al lector en el tema tratado, revelando unas inquietudes culturales muy a tener en cuenta.

No obstante, se quiso verter sobre Rehnquist el estigma de ostentar problemas de salud psíquica, e incluso en nuestro país el profesor Eduardo García de Enterría, en uno de los escasísimos fragmentos absolutamente reprochables de su dilatada obra se hace eco de estas maledicencias (aún amparándose en la autoridad de Bernard Schwartz) en su libro Democracia, jueces y control de la Administración (quinta edición, página 196), especificando que una puntual reacción adversa a la carta de un colega fe “parcialmente inducida por la insistencia de mi médico en que tome valium cuatro veces al día” (sic). Bien, en primer lugar, indicar que eso no son “problemas de salud psíquica” ni síntomas de dicho particular, pues si el diagnóstico en cuestión se elabora sobre la base de una puntual mala reacción a las manifestaciones de otra persona, yo podría darle al profesor Enterría el nombre de al menos dos jueces de primera instancia que tienen propensión a dar malas contestaciones, sin que en estos últimos casos se pueda esgrimir la excusa del valium. En segundo lugar, si bien es cierto que en 1981 Rehnquist sufrió problemas de espalda y varios de los fármacos recetados acabaron causándole dependencia, ello en modo alguno puede llevar a concluir que la lucidez y la salud psíquica de Rehnquist se resintiesen, y ni mucho menos que ello se trasladase a las resoluciones judiciales. Es más, al igual que le sucedió a Rehnquisr, John F. Kennedy también tomaba fármacos para tratar una dolencia física, pero dado que el pájaro en cuestión era de ideología demócrata debía correrse un tupido velo de silencio no sólo sobre el particular, sino sobre sus incontables aventuras extraconyugales, impropias de alguien que se decía católico,  una prueba más de que muchas veces los factores ideológicos influyen de manera injusta en el juicio sobre un personaje.

En definitiva, una gran persona y un gran jurista William Hubbs Rehnquist. Desde aquí deseamos con esta intervención rendir un merecidísimo homenaje a una de las grandes figuras del derecho norteamericano.

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