AARON BURR Y ALEXANDER HAMILTON: EL DUELO.

Duelo de Hamilton y Burr

Era la calurosa mañana del día 11 de julio de 1804 cuando una pequeña barca cruza el río Hudson para llevar dos pasajeros a Weehawken, en Nueva Jersey. Uno de ellos era William P. Van Ness, quien acudía como padrino de su acompañante, nada menos que Aaron Burr, el vicepresidente de los Estados Unidos de América del Norte, que acudía al lugar indicado para batirse en un lance de honor. Burr llegó el primero y poco después lo hizo su oponente, Alexander Hamilton, líder y sostén ideológico del partido federalista, acompañado de su padrino Nathaniel Pendleton. Ambos contrincantes escogieron sus armas, pistolas de duelo equipadas con una sola bala, y Hamilton interrumpió el procedimiento para comprobar la posición del sol y calcular varias posibles ubicaciones para realizar el disparo de una manera más efectiva sin que la luz del astro rey le deslumbrase; además, solicitó y obtuvo de Burr el permiso para colocarse sus gafas para mejorar la visión. Una vez realizado dicho trámite, ambos se colocaron a la distancia estipulada y dispararon sus pistolas de manera casi simultánea. La bala de Burr penetró a través del costado izquierdo de Hamilton y se alojó en su espina dorsal; la de Hamilton, erró su objetivo. Al día siguiente, 12 de julio, Hamilton fallecía a consecuencia de la herida. Este acontecimiento, el duelo entre Aaron Burr y Alexander Hamilton, era y sigue siendo el más célebre de los lances de honor que tuvieron lugar en los primeros años de la república estadounidense. No obstante aún hoy, pese a conocerse con bastante precisión los hechos que llevaron a ambos personajes a celebrar dicho lance, se desconocen profundamente los motivos que subyacen, aunque teorías hay muchas, casi tantas como estudiosos del evento.

Hamilton y Burr eran dos personas intelectualmente brillantísimas, ambos eran juristas de éxito (lo que les enfrentaba en los estrados), políticos de primer nivel (Burr en las filas del republicanismo jeffersoniano y Hamilton como líder e ideólogo principal del partido federalista) y personas con una vida privada que no se caracterizaba precisamente por un acomodo absoluto a las reglas de la continencia. Las similitudes finalizaban ahí. Aaron Burr procedía de las mejores familias de la élite colonial, puesto que su padre había sido presidente del College of New Jersey (actualmente Universidad de Princeton) y su abuelo materno había sido el reputadísimo teólogo Jonathan Edwards; huérfano de padre y madre a los dos años, se había criado con la familia de su tío y había estudiado la carrera de derecho; en 1775 se unió a las milicias que se sublevaron contra la metrópoli y destacó en el campo de batalla convirtiéndose en un auténtico héroe de la revolución, sobre todo por su participación en el asalto a Quebec y su intento de recuperar el cadáver del general Montgomery; finalizada la contienda fue Senador republicano, abogado y en 1801 vicepresidente de los Estados Unidos y fue precisamente él quien creó lo que posteriormente se convertiría en Tammany Hall. Por el contrario, Hamilton estaba marcado por el estigma de su origen bastardo, y había realizado su carrera como edecán del General Washington; firme partidario de un poder federal fuerte que superara la débil confederación y partidario a ultranza de la federación sobre los estados, era el sostén ideológico del partido federalista. Hamilton llevaba la política en la sangre, y no dudaba en traicionar a su propio partido si ello le convenía. En las elecciones de 1800 Hamilton no tuvo empacho en hundir al propio candidato fde su partido federalista, el presidente John Adams (quien un año antes había cesado a dos de los miembros de su gabinete por entender que  eran más fieles a Hamilton que al presidente o al país), lo que ocasionó que los federalistas sufriesen una espectacular derrota a manos de los republicanos, cuya victoria se debió en gran parte a la titánica labor de Aaron Burr, quien había logrado obtener los votos compromisarios de los estados de Nueva Inglaterra (el empate a 73 votos compromisarios entre Jefferson y Burr ocasionó la paradoja de que una Cámara de Representantes federalista tuvo que elegir entre dos candidatos republicanos, empate que precisó para solventarse de nada más y nada menos que treinta y siete votaciones ). No obstante, la vicepresidencia era y en gran medida sigue siendo un puesto decorativo pues, como decía el propio John Adams en sus tiempos de vicepresidente, dicho cargo era el más inútil que había creado la mente humana. Por ello, cuando Burr se vio privado de todo poder político efectivo, intentó recuperar su base política optando a la elección como gobernador del estado de Nueva York. Hamilton, que no dudaba en atacar justa o injustamente a todo aquel que se interpusiese políticamente en su camino, inició una campaña de desprestigio contra Burr, a quien atacó no sólo desde el punto de vista político, sino incluso a nivel personal. La gota que colmó el vaso fue cuando en una carta publicada en el Albany Register, Charles D. Cooper, tras hacerse eco del antagonismo entre Hamilton y el vicepresidente, manifestó que “podría indicar cosas todavía más despreciables que Hamilton ha dicho del señor Burr”. Aaron Burr remitió una carta a Hamilton solicitando una explicación, a lo que éste contestó evasivamente con una epístola en la que, aludiendo a su rechazo a los duelos, trataba de calmar a Burr aludiendo a la vaguedad del término “despreciable”, susceptible de muchos matices. Burr consideró la respuesta un insulto más, por lo que el duelo quedó formalizado y ambos fijaron como fecha del lance el día 11 de julio de 1804 en Weehawken, con el resultado que ya conocemos. No obstante, por muy extraño que parezca, ambos coincidieron en la fiesta de celebración del 4 de julio, donde públicamente se mostraron muy cordiales el uno con el otro. ¿Cuáles fueron, pues, esas “cosas más despreciables” que Hamilton dijo de Burr? No se sabe, y ello ha dado motivo a multiples teorías. La más osada la formuló Gore Vidal en su excelente e indispensable novela sobre el personaje, dando a entender a través de un personaje secundario que Hamilton estaría acusando veladamente a Burr de incesto, de acostarse con su propia hija Theodosia, la persona a quien Burr más unido se mostró en toda su vida. Joanne B. Freeman, por su parte, insiste en que el duelo fue pura, lisa y llanamente por motivos políticos, como tantos y tantos otros que tuvieron lugar en esos convulsos años de naciente república.

Sea como fuere y con independencia de los motivos que llevaron a ambos contendientes a tan drástica medida, el duelo tuvo consecuencias fatales para ambos. Hamilton falleció y con el desaparecería igualmente el partido federalista, que no fue capaz de encontrar un ideólogo a la altura. Aaron Burr, por su parte, aún disfrutaría de una larga existencia hasta su muerte en 1836, pero su carrera política quedó truncada para siempre. Hamilton había preparado muy bien una posible derrota, vendiendo la imagen de una persona reticente a los duelos y que acudiría con el ánimo de fallar su disparo, imagen, por cierto, absoultamente falsa; Hamilton ya había participado anteriormente en otros lances de honor y, en cuanto al fatalmente celebrado contra Burr, las manifestaciones en el sentido de que no pretendía acertar a su oponente no concuerdan con su actuación en los momentos inmediatamente anteriores al disparo (recordemos que se había colocado las gafas para mejorar su visión y buscado ubicación en un lugar idóneo donde el sol no deslumbrase). Durante muchos años se ha contrapuesto la imagen de un beatífico, honesto e íntegro Hamilton frente a un depravado, libertino e inmoral Burr, cuando lo cierto es que ambos podían presumir de tener una vida privada bastante desordenada y disoluta. Sólo hubo una diferencia, una sola, y es la que el novelista Gore Vidal pone en boca de un anciano Aaron Burr en una conversación con el periodista William Legget: “la diferencia entre el coronel Hamilton y yo es que en el instante decisivo, la mano de Hamilton falló; la mía nunca lo hace”.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Historia

6 comentarios el “AARON BURR Y ALEXANDER HAMILTON: EL DUELO.

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  2. No me consta ninguna. Existe una del año 1946, titulada “La primera dama” (Magnificent doll) donde uno de los protagonistas es precisamente Aaron Burr, encarnado por David Niven. Pero el guión del mismo parece de ciencia ficción, Hamilton únicamente aparece medio minuto para decir que se opondrá a las pretensiones de Burr a la presidencia (cuando Burr no realizó movimiento alguno para ser presidente), se menciona de pasada que Burr mata a Hamilton en duelo y al abordar el tema de la conspiración por traición el film va incluso más allá de los propios enemigos de Burr: llega a desear su propia muerte para inflamar con ella la guerra civil!!!. En definitiva, buena película cinematográficamente hablando, pero un bodrio desde el punto de vista estrictamente histórico.
    Sí es muy recomendable la serie John Adams, interpretada por Paul Giamatti, sobre los primeros años de la república estadounidense

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