BOTELLONES, CRISIS DE AUTORIDAD Y POLÍTICA EDUCATIVA.

Botellón

Los sucesos acaecidos el pasado fin de semana con la auténtica batalla campal que tuvo lugar en Pozuelo,  donde hubo destrozos al mobiliario público, desordenes públicos y atentado a la autoridad por jóvenes que estaban celebrando un “botellón”, nos muestran con toda su crudeza el monstruo que desde las altas cumbres del poder se ha venido creando (y, si me apuran, jaleando) al eliminar de la sociedad todos los valores. Y aquí las culpas no recaen exclusivamente sobre los jóvenes vándalos, que evidentemente la tienen, sino que debemos apuntar con el dedo a otras muchas personas.

¿Qué ven los niños desde la cuna? Pues nada más y nada menos que una sociedad sin los más elementales valores, el principal de los cuales está el respeto a la dignidad de los demás. Pero, claro, desde el poder se ha fomentado la anarquía más absoluta no sólo al eliminar hasta el más mínimo vestigio de autoridad sobre la base de la innecesariedad de castigos sobre la base de que los mismos son política y socialmente indeseables, sino en sobreproteger de manera totalmente inaudita e insensata no ya a los menores, sino a los no tan menores. Y así, tenemos que en las aulas profesores y directores tienen las manos atadas ante la rebeldía del alumnado y se ven obligados a tolerar comportamientos absolutamente intolerables de auténticos aprendices de maleantes a quienes los políticos no ven más que como “angelitos” oprimidos por un arcaico concepto de la autoridad cuando lo único que buscan es “desarrollar libremente su personalidad”; en las calles las fuerzas de orden público tienen igualmente las manos atadas, tanto por absurdos complejos históricos de la clase dirigente que lleva a las autoridades políticas a preferir bajas en las fuerzas del orden a una mínima intervención de éstas que pueda ser motejada de “fascista” como por el lógico temor de éstas a una denuncia por abusos; en los propios domicilios no digamos ya, donde si un padre o una madre se atreve a alzar la mano sobre su hijo para propinarle un mero cachete para castigar un comportamiento incorrecto, el omnipresente Estado, representado en esta ocasión por ese cuerpo de aguerridos y valientes luchadores que integran el Ministerio Fiscal, se echarán como buitres sobre carroña para humillar al sufrido progenitor y colocarle el sambenito público de maltratador solicitando para el mismo pena de cárcel. Si a ello unimos el enorme predicamento que de siempre ha tenido en nuestro país la ingesta abusiva del alcohol, pues ya tenemos el panorama completo. El menor y no tan menor se sabe intocable en casa, en la escuela, en la calle e incluso en los juzgados donde cuenta con la explícita comprensión y apoyo de la fiscalía, y esa sensación de ser los auténticos y verdaderos “intocables” aumenta cuando determinados comportamientos salen impunes. Mientras escribo estas líneas escucho unas declaraciones de un portavoz de la policía nacional en las que se lamenta por el hecho de que, aun estando el botellón prohibido y aun pese al hecho de que determinados comportamientos juveniles constituyen una clarísima infracción penal que reviste caracteres de delito, los fiscales lo consideran una mera falta que, en el mejor de los casos, acabará en una multa de doscientos euros. ¡Ah, esa valerosa fiscalía ante cuyo heroico comportamiento palidecen el valor de Hércules, Héctor, Aquiles, Eneas, Lancelot y Amadís!

Esto no es más de un pequeño botón de muestra de hasta dónde nos puede llevar una desdichada política educativa que extiende sus tentáculos incluso hasta en la más sagrada e inviolable intimidad del hogar familiar. Cuando la educación paterna se hace muy difícil al estar imposibilitados los padres de adoptar medidas correctoras al pender sobre los progenitores la espada de Damocles revestida de posible condena penal por delito; cuando la autoridad en las aulas está absolutamente proscrita al pender sobre el profesor la amenaza de sanciones disciplinarias si “osa” corregir o sancionar a un alumno; si en las calles la autoridad está proscrita al estar atadas las manos de la autoridad tanto por órdenes superiores como por la amenaza de posibles sanciones disciplinarias cuando no procesos penales, pues tenemos lo que tenemos: gente que hace suya la máxima de Ganivet, cuando el ilustre granadino decía que cada español le gustaría tener una constitución con un único artículo: “este español está facultado para hacer lo que le venga en gana”.

¿En qué acabará todo esto? Si uno es optimista (o lo que es lo mismo, si es ingenuo) pensaría que ante este serio aviso los poderes públicos abordarán seriamente el tema, se replantearán totalmente la cuestión y dotarán de la necesaria autoridad a progenitores y docentes para que puedan, siempre dentro de unos límites, corregir disciplinariamente a quienes lo merezcan. Si uno es pesimista (o, lo que es lo mismo, apegado a la realidad) tendrá la seguridad de que todo permanecerá igual, y que la situación continuará agravándose hasta que cuando alguien coja el toro por los cuernos y quiera reaccionar, será demasiado tarde y acabará aplastado por la marea de gente sin valores, sin principios y sin sentido alguno del respeto que durante mucho tiempo se habrá creado.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Política

2 comentarios el “BOTELLONES, CRISIS DE AUTORIDAD Y POLÍTICA EDUCATIVA.

  1. Esto no es políticamente correcto, pero es necesario decirlo.Una pareja ( o dos, o tres,) de la Guardia Civil, actuando desde el mas estricto respeto a la Constitucion y el Estado de Derecho, habrían puesto fin en media hora a tal botellon y sus consecuencias.Basta con requerir la identificación y trasladar a “dependencias policiales” a quien no disponga de identificación o formular la correspondiente denuncia por la infraccion administrativa que se este cometiendo. ¿O no hemos visto este mismo proceso en otros lugares de España?.
    Cuestion distinta es la de que defender la tranquilidad y la calle cueste y tenga su correspondiente e inevitable apelación (fascista!)
    !Ah el viejo derecho a disfrutar todos la calle y no solo algunos jovencitos “progre-revolucionarios marxistas leninistas. trosquistas anarcos y demas apelativos pseudo políticos que se autoatribuyen…!

  2. Durante todo el siglo XX ha prevalecido la idea de que la ética no se puede aplicar a la política. Y, si entendemos por política el arte de llegar al poder, de gobernar, la afirmación es correcta. El poder que se conquista con la fuerza, con el voto, o simplemente, amontonando riquezas (pues hay distintas clases de poder), se conserva fundamentalmente por la fuerza (ejército y policía), aunque en los regímenes más democráticos, la fuerza está más disfrazada y la base social tiene mayores posibilidades de ejercer cierto control y una limitada capacidad de iniciativa. En este ámbito, los partidos, organizados para llegar al gobierno, no pueden obedecer normas morales de convivencia (no mentir, no poner el cazo, mantener lo prometido, ajustar la actividad al programa, etc.) porque, si lo hicieran, fracasarían.

    El fin justifica los medios, se dice, y el fin es bueno: está en el programa del partido. Pero ese programa, si es realmente bueno para las grandes mayorías, después de ganar no se realiza, ni se hacen esfuerzos para que se realice, porque el interés y la seguridad del Estado lo impiden. Ejemplo: si se busca una mayor justicia social, se corre el riesgo seguro de espantar a las inversiones de capital extranjero que el “país” necesita; si se amplían las libertades y las garantías democráticas, se puede irritar al vecino poderoso cuya política se orienta, en sentido contrario, a las corrientes internas de derechas, que son minoritarias, pero tienen una fuerza material y dinero y frente a las cuales suele ocurrir que el gobierno sea demasiado débil. Y así sucede que recursos que podrían emplearse en enseñanza y cuidado de la salud van a engrosar el presupuesto militar. El poder en sí -además- está reñido con la ética y con la dignidad de cada ser humano, pues establece una injusta superioridad de uno sobre otro, superioridad que, cualquiera que haya sido su origen, se mantiene no en base a mayor conocimiento o mejor criterio, sino a través de un aparato coactivo.

    Hay que tener muy clara una sencilla cosa, que la “política”, entendida como sistema de convivencia, ha de obedecer a criterios éticos, que es la constante y nunca cumplida exigencia instintiva y permanente de la gente. Y estos secuaces escondidos tras las ideologías propusieron para realizar un cambio profundo donde prevaleciera la justicia, la renuncia a lo más principal, la libertad, propusieron renunciar a la libertad, cuando la libertad es el fundamento mismo de la dignidad de cada persona y de toda ética social, porque es la condición necesaria de la responsabilidad.

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