LOS “PREMIOS A LA DEFERENCIA JUDICIAL” FRENTE A LA ADMINISTRACIÓN.

Este sábado comencé a leer un artículo que la Charleston Law Review dedica al juez Stephen Breyer, y en el mismo se hacía referencia a un artículo publicado el año pasado por Cass R. Sunstein y titulado Judicial Partisanship Awards en relación con los magistrados del Tribunal Supremo norteamericano. Según manifiesta este autor, su análisis se basa en un muestrario de más de veinte mil resoluciones judiciales y, a través del mismo, Sunstein “instaura” dos premios: el premio al partidismo y el premio al retraimiento judicial (judicial restraint). Pues bien, respecto al primero de ellos, que tendería a reconocer el voto según criterios partidistas,  curiosamente el ganador es Clarence Thomas (conservador) seguido muy de cerca por John Paul Stevens (liberal), y, muy pero que muy de lejos por Antonin Scalia. Pero la sorpresa viene en el segundo de los galardones, el correspondiente al retraimiento judicial, que tendería a reconocer al magistrado que ha desestimado más recursos frente a los actos de las agencias administrativas, es decir, quien más veces ha avalado la actuación de la rama ejecutiva. Pues bien, el vencedor indiscutible en esta materia es el liberal Stephen Breyer (con un porcentaje del 82 por ciento de resoluciones que avalan el actuar administrativo) seguido muy de cerca por otro reconocido liberal, el ya retirado David Souter; muy alejados quedan los conservadores, puesto que el primer magistrado (en este caso, magistrada) sería la igualmente ya retirada Sandra Day O´Connor en el quinto lugar; el último lugar, es decir, el magistrado que más ocasiones desautoriza a la Administración es…….¡sorpresa, sorpresa, el magistrado conservador Antonin Scalia!. Ello da pie a Sunstein para preguntarse ¿Quiénes son realmente los activistas? Claro está que el sistema administrativo norteamericano tiene sus propias características que lo diferencian del nuestro, pues al otro lado del Atlántico las agencias administrativas tienen un personal cuya independencia e imparcialidad está altamente garantizada y donde prevalecen criterios de expertos y técnicos en vez de móviles políticos, tal y como ocurre en nuestro país. Expresiones tales como “tiene razón, pero que se la den en los Tribunales” son absolutamente impensables.

Ahora bien, sería deseable que alguien en nuestro país se decidiese a abordar un análisis semejante al realizado por Sunstein. ¿Quién se llevaría el premio al juez más partidista? Lo ignoro, pero respecto al galardón que reconociese el juez más proclive al retraimiento judicial y a quien más avalase con su actuación el actuar administrativo, yo me atrevo a proponer un candidato que estoy seguro carecería de rival en este aspecto: el Juzgado de lo Contencioso-Administrativo número Uno de Gijón, quien a la hora de avalar el actuar administrativo carece de inmediato rival y se llevaría el galardón casi sin competencia. Su última, interesantísima y novedosa doctrina, que próximamente desarrollaremos en un post independiente, podríamos denominarla el “dogma de la infalibilidad del agente denunciante” y consiste nada más y nada menos que en sostener que aunque las pruebas vayan por un lado y las manifestaciones del agente por otro, da igual lo mucho que se esfuerce el justiciable y las pruebas que aporte, pues siempre prevalecerán las manifestaciones de la autoridad aunque se vean contradichas por las pruebas; en otras palabras, si el agente dice que lo vio es que lo vio. Y esto en temas menores o de relativamente escasa importancia, pues si se abordan materias más delicadas como la gestión de personal, es tal la confianza del justiciable en la actuación del magistrado que la tendencia cada vez más frecuente y generalizada en la materia es huir literalmente de dicho fuero. Y es que, en estos temas, cada vez que uno entra en sala tiene la misma sensación que cuando Sidney Carton, asumiendo el sacrificio autoimpuesto, subía uno a uno los peldaños que le conducían al cadalso para ser víctima de la guillotina.

Por ello, ofrezco al lector las imágenes finales de la adaptación que de la celebérrima obra de Dickens se realizó en 1935 con una maravillosa e insuperable interpretación de Ronald Colman.

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