IF I WERE KING (1938): UNA JOYA DEL SÉPTIMO ARTE INJUSTAMENTE OLVIDADA.

Era un quince de agosto del año….bueno, hace casi dos décadas, en tiempos mucho mejores para el televidente. ¡Qué tiempos aquéllos cuando la segunda cadena de la televisión española aún emitía grandes clásicos en versión original subtitulada! Pues bien, aquel quince de agosto se emitía un clásico del séptimo arte, una joya cinematográfica que desgraciadamente ha caído en el olvido a ambos lados del Atlántico, puesto que ni allí ni aquí ha sido editada en DVD y, al menos hasta donde alcanza mi conocimiento, aún no ha vuelto a emitirse en ninguna cadena de las distintas y endeudadas televisiones que pueblan nuestro rico y variopinto país, que diría el entonces crítico cinematográfico Carlos Pumares. Se trataba de un film dirigido en 1938 por Frank Lloyd (tan sólo tres años después de dirigir la exitosa Mutiny on the Bounty, con Charles Laughton y Clark Gable), y se titulaba If I were King.

La película narra las aventuras del poeta francés François Villon en un París sitiado por las tropas del duque de Orleans, quien pretende apoderarse del trono francés, regido por el siniestro Luis XI. Villon, interpretado a las mil maravillas por Ronald Colman, el alegre y despreocupado poeta que vaga por la capital francesa asaltando los almacenes que amontonan las vituallas destinadas al rey y a la nobleza, pero que es incapaz de derramar la sangre del funcionario encargado de la vigilancia de los almacenes reales, se ve envuelto sin quererlo en una turbia red política. Y es que en la corte del rey Luis XI (espléndido Basil Rathbone, en una inusual caracterización de un personaje totalmente alejada de las que nos tiene acostumbrados y por la cual recibió la nominación al óscar como mejor actor secundario) existe un traidor vendido a los intereses de Orleans. En una cálida noche parisina confluyen en una taberna popular un inspirado Villon que regresa de uno de los asaltos a los regios pósitos; un Luis XI acompañado de su asistente Tristan, quienes acuden disfrazados al lugar tras averiguar que el traidor acudirá allí esa noche; y Huguette, una mujer del pueblo enamorada del poeta francés. Cuando Villon acaba, sin saberlo, con el traidor, es recompensado por Luis XI, quien lo eleva al puesto de Gran Condestable de Francia, puesto desde el que deberá hacer frente a la crisis política derivada del asedio de París por el ejército enemigo. En su nuevo rol de Condestable, Villon prestará impagables servicios a Francia, además de conocer el amor tras caer rendido ante la belleza de Katherine de Vaucelles, una de las cortesanas de la reina.

En pocas ocasiones se ofrece una combinación de humor, aventuras, suspense y entretenimiento como en esta película. Ronald Colman, como siempre, está genial y sus continuas apariciones, especialmente las confrontaciones dialécticas con el rey Luis XI, son sencillamente geniales, siendo especialmente destacable la conversación que mantiene con el monarca en la taberna poco antes de averiguar la identidad del regio huésped, cuando éste le pregunta qué haría para mejorar el bienestar del reino. Pero sin duda los ratos más agradables nos los proporciona un impagable Basil Rathbone en su caracterización del soberano de la casa de Valois. Sus frases son antológicas, como cuando al reprender a Katherine de Vaucelles porque ésta defiende la entrega de las vituallas al pueblo y preguntarle ésta qué ocurrirá si el monarca derrota a Orleans, Luis XI contesta “Mis generales nunca ganan batallas”; o cuando uno de los generales le indica que si rindiese la ciudad el populacho le consideraría como un santo, su respuesta es “Muchas gracias, pero ya tenemos un San Luis. Dos provocarían confusión”; o como cuando Tristán, el cortesano más allegado al rey le pregunta si no confía en él, Luis XI responde “I trust you across the room”. Son incontables los momentos a recordar en una película de poco más de hora y media. Esa imagen del Padre Villon, el fraile que acogió y crió a François, arrodillado rezando en la catedral mientras su discípulo aprovecha esos momentos para cortejar a una dama que ora en la misma iglesia; las primeras audiencias de Villon en su nuevo rol de Gran Condestable, quien con el rostro oculto por un gran libro de leyes juzga con benevolencia a unos atónitos parisinos que hasta hacía pocas horas eran compañeros suyos de correrías, quienes abandonan el palacio con sonoros vivas al Rey, quien, entre asombrado y divertido, manifiesta a su corte que esa es su nueva justicia “No sólo liberamos a los delincuentes, sino que les pagamos con oro”, en alusión a las monedas que Villon entregó a Huguette, una de las procesadas; el discurso patriótico con el que Villon responde a las exigencias de rendición del enviado del duque de Orleans; las preocupaciones que rondan al poeta en la víspera de la batalla decisiva entre los sitiadores y el pueblo de París.

Aquella mágica noche disfruté enormemente del visionado de dicha película que, obvio es decirlo, procedía a grabar en mi viejo VHS. Guardo como oro en paño la copia de esta película en dicho formato, que espero poder cambiar de formato y pasar a DIVX. No obstante, espero y deseo que más pronto que tarde alguna distribuidora decida lanzar al mercado esta película en formato DVD. Los aficionados al séptimo arte se lo agradeceremos enormemente.

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