JOHN GRISHAM: THE KING OF TORTS Y LA CRÍTICA A LAS DEMANDAS COLECTIVAS.

Si en un post anterior hacíamos una reseña de La apelación, la novela (en mi humilde entender no de las mejores del autor) en la que John Grisham abordaba el tema de la elección de jueces, hoy quisiera centrar mi atención en su anterior obra The King of torts, traducida en España como El rey de los pleitos, y que aborda fundamentalmente el tema de las demandas colectivas.

Clay Carter es un joven abogado que presta sus servicios en la Oficina del Turno de Oficio de Washington, con un salario anual de poco más de cuarenta mil dólares anuales merced a un golpe de suerte entra en el mundo de las demandas colectivas, un coto cerrado para grandes abogados. Cuando un misterioso personaje le facilita información acerca de la existencia de empresas farmacéuticas que sacan al mercados productos que causan efectos secundarios no deseados (como un fármaco desintoxicador que produce alteraciones psíquicas, un producto para la menopausia que produce cáncer de mama, píldoras que producen tumores en la vejiga), el joven Clay Carter deja su puesto en la Oficina del Turno para dar el salto al ejercicio privado, montando su propio bufete que gestione las demandas colectivas de un incontable grupo de personas (que se cuentan por miles, e incluso por decenas de miles) frente a los potentes laboratorios farmacéuticos. La estrella de Carter comienza su ascensión, puesto que ha entrado en un mundo explotado por unas pocas manos de privilegiados que, eso sí, logran unas minutas multimillonarias al fijar sus honorarios en un porcentaje de las indemnización que se consiga (hágase el lector una idea imaginando, por ejemplo, un abogado que lleve dos mil casos y consiga una indemización de sesenta mil dólares por caso). De una vida austera y monótona, Clay Carter da el salto a la élite privilegiada con un despacho en uno de los más importantes edificios de Washington, un lujoso edificio como vivienda particular, deportivo último modelo, acompañante de lujo e incluso jet privado. Hay momentos en los que Carter llega a hacer gala de una soberbia que le hace antipático a nuestros ojos. Pero no es oro todo lo que reluce. Si este polémico campo de actuación tiene sus enormes ventajas en forma de elevadísimas minutas, también entraña una serie de riesgos y peligros que todo letrado sabe debe afrontar.

Es evidente que en esta novela el autor hace una crítica demoledora al sistema de demandas colectivas nada infrecuentes en el sistema norteamericano de responsabilidad civil (el tort law estadounidense, de ahí el título de la obra) y donde el interés económico del letrado puede llegar a prevalecer frente al del cliente. No es una crítica a la profesión letrada, sino a ese pequeño porcentaje de la profesión que ha llegado a cobrar astronómicos emolumentos por obtener indemnizaciones a veces muy inferiores a lo que se debiera e incluso con la disconformidad del cliente. En este sentido es verdaderamente esclarecedora la escena que enfrenta a un joven Clay Carter, encumbrado por la prensa a la categoría del “rey de los pleitos”, con el veterano Dale Mooneyham; el primero aborda una demanda colectiva frente a una empresa farmacéutica con tres mil doscientos afectados, mientras que el segundo presenta una demanda contra la misma empresa con un único cliente. La filípica que Mooneyham dirige a Carter en el que abiertamente muestra su desprecio por Carter sirve por todo un tratado. Y es que, en efecto, no sólo se pierde la relación personal con el cliente, sino que en ocasiones el interés particular del letrado por blindar sus honorarios puede llevarle a rechazar acuerdos favorables para el cliente con consecuencias fatales para ambas partes, como ocurre cuando Carter, en una demanda colectiva dirigida frente a una empresa constructora que reconocía abiertamente su responsabilidad en el suministro de material defectuoso y que se mostraba propicia a cerrar un ventajoso acuerdo, rechaza una solución amigable para no ver mermada su previsión de honorarios; la empresa se declaró en suspensión de pagos y nadie obtuvo una satisfacción a sus pretensiones. En verdad esta novela, escrita en un ágil estilo narrativo, ofrece muchos temas de reflexión para el jurista, amén de proporcionarle un buen rato de entretenimiento.

El autor de este blog, pese a que no ha ocultado ni oculta su admiración por el sistema jurídico norteamericano, coincide punto por punto con la crítica que John Grisham hace de esta institución. Aunque en nuestro ordenamiento los jueces tienden a sobreproteger al cliente frente al letrado (en algunas ocasiones por motivos tan espurios como una malsana envidia por la cuantía de las minutas de ciertos bufetes, que la mente del juzgador extiende automáticamente a toda la profesión, como si el humilde letrado individual que está solo en su despacho actuase de la misma forma que los megadespachos que abarcan en su seno decenas de profesionales) lo cierto es que no puedo por menos que coincidir en la demoledora filípica que tan famoso autor, que además ejerció como letrado, somete a las demandas colectivas. Eso sí, también expreso en voz alta mi deseo: en el sentido que ojalá nos pareciésemos al sistema estadounidense al menos en un aspecto: en que un letrado del turno de oficio cobre unos cuarenta mil dólares anuales (algo más de veintiocho mil euros). Con que sólo se pareciese en eso, ya me conformaba, pues no me cabe la menor duda que si John Grisham tuviera conocimiento de las “compensaciones” que un letrado del turno percibe en nuestro país por encargarse de determinados asuntos, sin duda la situación le inspiraría para una comedia; o, mejor dicho, para una tragicomedia, trágica para los letrados españoles, cómica para los lectores norteamericanos.

Anuncios

Un comentario el “JOHN GRISHAM: THE KING OF TORTS Y LA CRÍTICA A LAS DEMANDAS COLECTIVAS.

  1. Esa “malsana envidia” por los honorarios de los bufetes, se extiende a toda la profesión. No hay más que ver lo que tardan las tasaciones de costas.
    En Oviedo, hay una Secretaria de una Sala ( no digo más) que se jacta de atender a las peticiones de tasación de costas únicamente cuando no tiene nda que hacer)
    Lo que es un auténtico chollo, por lo menos en Asturias es convertirte en “administrador concursal” en los procesos de declaraciones de quiebra o concursos. No es una especialidad, de hecho lo puede hacer cualquiera con dos dedos de frente, son elegidos por los jueces quien sabe con que criterios, sus honorarios son créditos preferentes contra la masa (eso, que cobran los primeros)y las minutas, puesto que se aplican los aranceles en razon a la cuantía, son absolutamente escandalosas en función al trabajo realizado.
    Eso, sí que es una mafia.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s