INVOLUCIÓN JURÍDICA: VUELTA A LAS RECOPILACIONES Y A SOLUCIONES LEGISLATIVAS DE ÍNDOLE MEDIEVAL

La reciente adquisición, por parte del humilde redactor de estas líneas, de la excelente edición fascímil que de la Novisima Recopilación realizó en su día la editorial del Boletín Oficial del Estado, han motivado estas reflexiones a vuela pluma que deseo compartir con todos los lectores. Recuerdo que en mi primer año de facultad, al cursar tanto Historia del Derecho como Introducción al Derecho Civil, se nos decía por los docentes de ambas asignaturas que, buena prueba del retraso existente en nuestro país y del desenganche respecto a las ideas y criterios vigentes en la Europa de principios del XIX era precisamente que, en auge el fenómeno de la codificación (téngase en cuenta que el Código Civil francés, la obra maestra de Napoleón, fue aprobado en 1804), en la península ibérica aún nos encontrábamos anclados en el vetusto sistema de las recopilaciones, publicándose en 1805 la Novísima Recopilación de las Leyes de España.

Es evidente que el ideal ilustrado de regulación armonizada de una materia, contenida en un único código, redactado en un lenguaje claro y comprensible se encuentra en una notoria regresión cuando no en franca retirada. No en vano Santiago Muñoz Machado se refiere en el segundo volumen de su monumental Tratado de Derecho Administrativo y Derecho Público General a la crisis del fenómeno codificador. Nuestro Código Civil aún persiste y se encuentra vigente, es cierto, pero más como principio informador que como norma aplicable, pues cada vez son menos las ocasiones en que dicho cuerpo legal es citado en un pleito como derecho aplicable. Se multiplican las leyes especiales, se aumenta en progresión geométrica la legislación mediante el penoso método de aprobar textos legales o reglamentarios de dudosa oportunidad, utilidad escasa y vigencia temporal cada vez más reducida. La obsesión del político-legislador de regularlo todo, amén de la nefasta costumbre de legislar a golpe de presión mediática o a impulsos del caso concreto nos lleva a lo que nos lleva: a un inmenso corpus legislativo que tiene como única virtud el que nadie es capaz de manejarlo en su integridad. Como bien dice el profesor García de Enterría hoy es imposible a cualquier jurista, por muy buena voluntad que ponga, asomarse diariamente a los distintos boletines oficiales que publican normas aplicables en nuestro territorio (Diario Oficial de las Comunidades Europeas, Boletín Oficial del Estado, Boletines Oficiales de las distintas Comunidades Autónomas, Boletines Oficiales de las distintas provincias). En fín, que manejar el ordenamiento jurídico patrio es cada vez una tarea más difícil., cuando no imposible Y así, más que códigos legales armónicos, todas las legislaciones que manejan hoy los jueces, fiscales y abogados no son más que remedos de las antiguas recopilaciones o, por decirlo de otra manera, novísimas recopilaciones de leyes vigentes, sistematizadas de la misma forma que aquélla benemérita publicación de 1805 que tantas críticas recibió.

Buena prueba de que cada vez más se acude a superadas instituciones del pasado para solucionar problemas del presente nos lo ofrece la regulación de la nueva Oficina Judicial, que se nos vende poco menos que como la panacea que, con su mera puesta en marcha, solucionará de manera inmediata los males de la justicia. Pues bien, véase lo que respecto a esa “novedad” (que pretende, según la pomposa declaración de principios de la Ley 13/2009 modernizar la Administración de Justicia) manifiesta Alejandro Nieto:

El segundo argumento no es funcional sino histórico y pone de manifiesto que esta pretendida modernización no es sino una regresión en el tiempo. En el siglo XVII era, como se sabe, una costumbre generalizada en toda Europa que, una vez finalizados los trámites procesales dirigidos por el juez o tribunal –que, pese a su nombre, no era el que resolvía sino el que tramitaba- se enviaran los autos a un eximio jurista, y más ordinariamente a una Universidad o Facultad de Derecho, para que ésta, exclusivamente a la vista de los papeles recibidos, dictara un dictamen-sentencia, tal y como se había realizado ya antes en los siglos XIII y XIV. Ahora bien, en el siglo XVIII desaparecieron casi por completo estas prácticas puesto que para la mentalidad “moderna” el juez no podía actuar como un mero árbitro que apareciera al final de un proceso formado por otros sino que había de ser él mismo quien lo dirigiese personalmente como única garantía de su autenticidad y del derecho de los litigantes. En otras palabras, no se admitía la separación entre sentencia y procedimiento, entre resolución y trámite. Así es como se ha venido actuando en los siglos XIX y XX hasta que el proyecto de marras ha decidido dar un salto hacia atrás y volver a la Edad Media enarbolando paradójicamente la bandera de la modernización: todo sea por el culto a las etiquetas y por el afán obsesivo de desatascar los juzgados al precio que sea (Alejandro Nieto, El malestar de los jueces y el modelo judicial, p. 112).

Quizá la próxima idea del legislador sea resucitar el sistema de Administración polisinodial que caracterizó el gobierno español durante los siglos XVI y XVII; o rescatar del polvo de la historia la idea del valimiento, tomando como modelo las figuras de don Francisco Gómez de Sandoval y Gaspar de Guzmán (no tanto la de Manuel Godoy y Alvarez de Faria pues, no olvidemos, fue el primer dirigente político español que ostentó el título de “generalísimo“); mejor aún, alguna preclara mente sugerirá que para mejorar la seguridad ciudadana nada mejor que echar mano nuevamente de la figura del cuadrillero de la Santa Hermandad, cuando no del Somatén;  ya se oyen voces en el Ministerio de Agricultura que llegan a la inevitable conclusión de que los males de nuestro campo se solucionarían únicamente con resucitar el Honrado Concejo de la Mesta. En fin, que por muy fantasioso que parezca, los juristas del siglo XXI volverán a tener como libro de cabecera esa obra clásica intemporal que es El espíritu de las leyes, de Charles Louis de Secondat. Cuando no otra Novísima Recopilación que, sin duda, en el clima de “legislación motorizada” que vivimos, se hace más necesaria que nunca.

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