INGLATERRA Y EL PARLAMENTARISMO.

Las elecciones legislativas celebradas el pasado día 6 de mayo de 2010 en Inglaterra han puesto fin a trece años de mayoría laborista al devolver la primacía en la Cámara de los Comunes al Partido Conservador, si bien la ausencia de una mayoría absoluta obligará al líder de los conservadores, David Cameron, a buscar apoyo en la minoría liberal encabezada por Nick Clegg. Hoy mismo leo en la prensa que una entrevista entre el todavía primer ministro Gordon Brown y el liberal Clegg terminó con una acalorada diatriba del primero cuando el segundo le sugirió que dimitiera del liderazgo laborista. Sea como fuere, y pase lo que pase, es indiscutible que las normas parlamentarias aconsejan que sea el líder de la formación más votada quien intente formar gobierno recabando los apoyos de los Comunes.

Recordemos que es precisamente Inglaterra la cuna del parlamentarismo en el sentido moderno del término. La glorious revolution de 1688, revolución conservadora que destronó a Jacobo II para restaurar los derechos y libertades pisoteados por los monarcas de la casa Estuardo, entronizó a Guillermo III y a María como monarcas con el compromiso expreso de éstos de acatar los derechos y libertades de los ingleses, que se consagraron un año más tarde en el Bill of Rights de 1689. Y es precisamente este país un ejemplo de transición gradual de un sistema de monarquía mixta o equilibrada hacia un sistema de gobierno parlamentario, evolución pacífica, sin sobresaltos y sin mutación alguna de las normas del derecho escrito. De un sistema de checks and balances, donde el gobierno debía más lealtad al monarca que al Parlamento, se va dando paso poco a poco a un ejecutivo en manos de un gabinete que cada vez va dependiendo más de la confianza del Parlamento y, en especial, de la Cámara de los Comunes que del monarca. Y así, durante todo el siglo XVIII se verificará una mutación constitucional consistente en que la dirección política se irá desplazando de las regias manos de los tres primeros monarcas de la dinastía Hannover hacia un gabinete cada vez más responsable ante la cámara baja, siendo un hito en este aspecto la dimisión de Lord North en 1782 tras una crisis interna derivada de la derrota británica en Yorktown y la independencia de las colonias de Norteamérica. Una parlamentarización que continuará su desarrollo a lo largo del siglo XIX al margen del derecho escrito y de una manera gradual, pausada, sin sobresaltos ni conflictos bélicos de carácter civil. Todo un ejemplo.

Precisamente el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales acaba de reeditar la traducción que Adolfo Posada realizara de la obra de Walter Bagehot The english constitution, edición que cuenta con un esclarecedor estudio preliminar de Joaquín Varela. Esta obra, continuadora de una corriente iniciada con Edmond Burke, Jeremy Bentham y J.J. Park, entre otros, sí contiene un estudio del sistema constitucional británico desde el punto de vista de las convenciones constitucionales y no analizando exclusivamente el derecho escrito. Y es que el divorcio entre realidad jurídica y realidad política es inherente al sistema inglés, una peculiaridad que hace a este país único desde el punto de vista jurídico-político.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Política

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