THOMAS JEFFERSON ¿BRILLANTE ESTADISTA O SINIESTRO HIPÓCRITA?

Thomas Jefferson, virginiano, redactor de la célebre Declaración de Independencia aprobada el 4 de julio de 1776, donde se manifestaba que todos los hombres nacían iguales.. Una persona que aspiraba a que todo individuo tuviese un pequeño territorio que le permitiese vivir de manera autosuficiente. Ha pasado a la historia como un estadista, como un defensor ardiente de la igualdad del individuo y como un adalid de las libertades de éste frente al Estado. ¿Lo era realmente?

A lo largo de toda su vida a Jefferson le persiguió su vergonzosa actuación como gobernador de Virginia durante la guerra de independencia, cuando en 1781 al aproximarse las tropas británicas, el paladín de la independencia norteamericana huyó literalmente del territorio dejando huérfanos a sus habitantes. La persona que con prosa vibrante había consignado por escrito que “todos los hombres son creados iguales” era un terrateniente con vastas plantaciones y no menos de doscientos esclavos, aunque para ser honestos ciertamente no los debía considerar como inferiores, puesto que mantuvo relaciones íntimas con una de sus esclavas, Sally Hemings, con quien tuvo varios retoños.

Tras la derrota británica y la independencia de las colonias, Thomas Jefferson fue el primer embajador norteamericano en Francia, donde el virus revolucionario penetró hasta los tuétanos en el cuerpo de Jefferson, quien se convirtió así en un ardiente defensor de la revolución francesa hasta el punto que una de sus frases más célebres fue precisamente aquélla en la que reconocía que “El árbol de la libertad debe regarse de cuando en cuando con la sangre de patriotas y tiranos, pues es su fertilizante natural”. George Washington le nombró en 1789 primer Secretario de Estado (la denominación del departamento encabezado por Jefferson era la de Secretary of Foreign Affairs, al que la ley de creación calificaba como executive department), desde donde propugnó una política profrancesa y antibritánica, así como una defensa ardiente de los derechos de los estados frente al poder federal como mecanismo garante de la libertad individual, tesis que le enfrentaron a Alexander Hamilton, Secretario del Tesoro, un paladín del sistema británico (de hecho y según ciertos testimonios, Hamilton filtraba al embajador británico las deliberaciones del gabinete norteamericano) y de la alianza con Inglaterra amén de un partidario a ultranza de reforzar el poder federal frente a los estados. Esa divergencia que se convirtió en enemistad furibunda no impidió que Jefferson accediese a los deseos de Hamilton de crear un Banco Federal y que la federación asumiese la deuda de los estados a cambio de que la futura capital de la nación se situase en el sur, en tierras virginianas, aunque después se creó un pequeño territorio independiente que daría lugar al Distrito de Columbia. Thomas Jefferson, que dimitió como Secretario de Estado en 1793, se retiró a su residencia de Monticello, donde no cesó en manifestar que su vida pública había terminado y que no ansiaba más que la paz de su retiro virginiano. Pamplinas, puesto que desde Monticello no dejó de estar informado de lo que se cocinaba en los aledaños del poder, alentando acusaciones contra sus adversarios políticos, a quienes tildaba de “monárquicos” y “probritánicos” así como de desear convertir nuevamente a los Estados Unidos en colonia británica.

Jefferson fue el candidato a la presidencia en 1796, siendo derrotado por John Adams y de nuevo en 1800, en unas muy reñidas elecciones donde la victoria de los republicanos de Jefferson se debió exclusivamente a los esfuerzos del candidato a la vicepresidencia, el político neoyorkino Aaron Burr, quien curiosamente empató a voto compromisario con Jefferson y fue una Cámara de Representantes federalista quien hubo de deshacer el empate. Como presidente, Jefferson hizo todo lo contrario de lo que predicaba: fomentó y alentó una política imperialista del continente (compra de Luisiana y expedición al oeste de Lewis y Clark), intento de cercenar la independencia de la judicatura al poder político y, finalmente, una política tiránica que llegó a intentar incluso la suspensión del derecho de habeas corpus en 1807. No dudó en promover el impeachment del juez del Tribunal Supremo Samuel Chase para con ello amedrentar al resto de magistrados, a quienes consideraba un bastión federalista que debía someterse a los dictados del pueblo. Su vergonzosa actuación en el juicio frente a Aaron Burr, donde incluso antes de someter a éste a un juicio justo manifestó en un mensaje al Congreso que la culpabilidad de  su antiguo vicepresidente “estaba fuera de toda duda”, y donde no dudó en presionar  a testigos para que declarasen en falso contra el acusado, da buena prueba del respeto del mismo por el due process of law. Su tesis de que el presidente está por encima de los ciudadanos y que no podía comparecer en juicio fue brillantemente refutada por John Marshall (¡otro gallo hubiera cantado de plantearse ese tema en nuestro país, tanto entonces como actualmente1) quien le propinó toda una lección jurídica amén de darle un sonoro bofetón al indicar no sólo que el presidente era un ciudadano más y que si se le llamaba debía comparecer, sino que se permitió contrastar la situación estadounidense con la inglesa y el principio de irresponsabilidad del monarca con base en el principio King can do no wrong, algo que debió irritar sobremanera a Jefferson dada su aversión a la monarquía y al sistema inglés.

A lo largo de su vida Jefferson elaboró multitud de escritos en los que trató casi todos los temas, dejando una ingente obra que refleja su pensamiento, pero que no siempre estaba acorde con su comportamiento real.  No en vano el profesor Leonard Levy tituló en 1963 su obra clave sobre el personaje Jefferson and civil liberties: the darker side, inaugurando una visión de Jefferson totalmente alejada de la idílica imagen que del mismo se tenía hasta entonces, dado que hace hincapié en las contínuas actuaciones del presidente en contra de los derechos de libertad de expresión y de prensa, derechos que con tanto ardor defendía cuando se encontraba extramuros del poder allá por los años 1798 y 1799.

Y es que Jefferson, al igual que Hamilton, tenían una faceta bastante más siniestra y oscura que la imagen de impolutos estadistas de la que han gozado inmerecidamente durante mucho tiempo. Y es que, igual que hay que aplaudir sus aciertos y ensalzar sus logros, deben vituperarse con la misma energía sus desvaríos. Y tanto Jefferson como Hamilton tuvieron muchos.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Historia

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