AYER Y HOY DEL MITO DEL ENFRENTAMIENTO DE LA CLASE POLÍTICA

Así era el turno pacífico en Vetusta, a pesar de las apariencias de encarnizada discordia. Los soldados de fila, como se llamaban ellos, se apaleaban allá en las aldeas, y los jefes se entendían, eran uña y carne. Los más listos algo sospechaban, pero no se protestaba, se procuraba sacar tajada doble aprovechando el secreto.

(Leopoldo Alas, La Regenta, Capítulo VIII)

Con este sencillo párrafo ajustaba cuentas Clarín con el turnismo pacífico de los partidos dinásticos en la época de la Restauración borbónica. Pretendía con ello denunciar el comportamiento de la élite dirigente que simulaba enfrentamientos y querellas parlamentarias cuando, en realidad, cerraban filas en torno al sistema político que, en realidad, monopolizaban. Pero esa simulada discordia, ese teatral enfrentamiento encubría una comunidad de intereses y una camaradería íntima en los partidos que no se trasladaba a los “soldados de fila” o simpatizantes de base, cuyos enfrentamientos, que en ocasiones superaban la barrera dialéctica para degenerar en agresión física, distaban mucho de ser ficticios. Nos encontramos así con una sociedad donde en la cúspide los enfrentamientos políticos encubrían una profunda calma subyacente, mientras que en la base la presunta comunidad fraternal se descomponía por las luchas partidistas. La élite envenenaba así la convivencia de la base. Tal era la demoledora crítica de Clarín al sistema canovista. Como se ve, nada ha cambiado. ¿O si?

En cuanto a la tesis central, es decir, a la discordia entre las gentes fomentada por la clase política, nada ha cambiado. En efecto, vemos como las querellas, puyas, enfrentamientos, insultos, interpelaciones entre los miembros de la clase política, sean del signo que sean, cesan como por ensalmo para refugiarse en un raro consenso ante el más mínimo ataque, crítica o denuncia del sistema; si no, véanse los continuos e injustos improperios que se lanzan contra las obras de Alejandro Nieto cuando éste osa denunciar, como en su día Clarín, tal estado de cosas. Pero esos enfrentamientos distan mucho de ser ficticios cuando se trasladan a las bases de los partidos, a quienes las cúpulas envenenan con las superadas y decadentes consignas de siempre. ¡Lamentable!

Sin embargo, ¡Qué lejos quedan aquéllos políticos de la época de Clarín! Para nosotros los quisiéramos hoy. No hay en la época actual político alguno en la derecha que pueda equipararse a don Antonio Cánovas del Castillo, a Francisco Silvela o a Antonio Maura, de igual manera que no existe en la izquierda gente capaz de igualar la figura de don Práxedes Mateo Sagasta. ¡Qué añoranza de una época en la que los dirigentes políticos identificaban –como bien dice Raymond Carr- moral pública con moral privada!¡Qué lejos aquélla época en que los políticos tenían verdaderamente sentido del Estado y anteponían los intereses de éste a cualquier otro interés!¡Qué tiempos aquéllos en los que ambos partidos comprendían que lo mejor era la alternancia pacífica en el poder! En su lugar tenemos hoy una casta política corrompida hasta los tuétanos, que prima intereses personales sobre los generales y con ansias de perpetuarse en el poder a cualquier precio. Una casta de mediocres e intelectualmente deficientes que han hecho una profesión más de la antaño digna labor política, quizá por el hecho de que muchos serían incapaces de ganarse el pan en el sector privado y, por supuesto, de aprobar una oposición. Gente sin estudios superiores que gobierna comunidades autónomas y maneja presupuestos multimillonarios que distribuye para formarse una red clientelar con fines de autoprotección. Vergonzoso.

Sin embargo, y pese al empeño de la clase política por encubrir tan cadavérico espectáculo con la lujosa vestimenta de palabras tan caras a la gente como “democracia”, “interés general” y similares, son cada vez más los ciudadanos que perciben a los políticos como una casta privilegiada ajena a los intereses del común de los mortales y que vive aislada del mundanal ruido en un mundo ideal, propio de lo que el profesor Gustavo Bueno ha denominado “pensamiento Alicia”.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Opinión

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