MY FAIR LADY

Uno de los grandes musicales de Broadway trasladados a la gran pantalla es el clásico My Fair Lady, basado en una obra teatral de George Bernard Shaw. Si en los escenarios de la gran avenida triunfó gracias a las interpretaciones de Rex Harrison, Julie Andrews, Stanley Holloway y Robert Coote, en el séptimo arte la adaptación de George Cukor conservó a dos de los actores que habían llevado la obra teatral al más rotundo de los éxitos.

¿Quién no conoce la historia del profesor Henry Higgins, el experto en fonética y en lingüística capaz tanto de reconocer la procedencia de un individuo simplemente por la forma de hablar, como de enojarse porque los ingleses no enseñan a sus hijos a hablar correctamente? ¿Quién no recuerda al coronel Pickering, estudioso de las lenguas vernáculas de la India y autor del “sanscrito escrito”, que regresa del lejano oriente para conocer al autor del “alfabeto universal Higgins”? Y, sobre todo, ¿Quién no conoce a la encantadora Eliza Doolitle, la joven florista del Covent Garden que aspira a tener un comportamiento y un hablar más refinado que le permitiese regentar su propia tienda de flores? Y es que en un Londres de comienzos del siglo XX donde la diferencia de clases no sólo se reflejaba en las residencias y en la vestimenta sino en el acento, una corrección en el idioma que alejase todo acento cockney era tan necesaria como un lujoso atuendo o una ostentosa mansión.

Y así, en una lluviosa noche, a la salida de una representación de Fausto en Covent Garden, los destinos de Henry Higgins, el coronel Pickering y Eliza Doolitle quedan ligados para siempre cuando el primero afirma sin dudarlo que en seis meses puede hacer pasar a la vulgar florista por duquesa en un baile de embajada. Toda la historia se centra en dos acontecimientos que van acercándose poco a poco: las agotadoras y en ocasiones brutales sesiones de aprendizaje que el profesor Higgins somete a Eliza Doolitle y el progresivo enamoramiento que ésta va desarrollando hacia el frío profesor. Fonética, idioma, humor, amor, moral, todos esos ingredientes salpican esta obra maestra del séptimo arte. Escenas de gran contenido social como la que sigue a los títulos de crédito, y donde por vía de contraste se refleja cómo en un mismo lugar la clase alta sale de la ópera mientras la clase trabajadora va poco a poco recogiendo sus aperos para retirarse, momento que concluye con el lamento del profesor Higgins por la degeneración del idioma. Una de mis secuencias favoritas es la que tiene lugar en Ascott, no sólo por la espléndida coreografía y vestuario (Audrey Hepburn declaró que el vestido que llevó para rodar sus escenas de Ascott fue el más maravilloso que lució en toda su carrera), sino porque a lo largo de su desarrollo muestra de manera muy hábil e irónica cómo Henry Higgins, la persona que teóricamente ilustra a la joven florista cómo debe comportarse ante miembros de la clase alta, es el único que desentona en dicho ambiente. Aunque no desmerecen para nada el baile de embajada y, sobre todo, el monólogo final del protagonista.

La película se beneficia, además, de unas interpretaciones que rozan la perfección. Rex Harrison, que obtuvo el oscar al mejor actor, encarna a un recto e inflexible Higgins, tan obsesionado por hacer de Eliza una duquesa que es incapaz de reconocer que poco a poco se ha “ido acostumbrando” a ella (por cierto, que el papel de Higgins fue ofrecido a Cary Grant, quien contestó no sólo rechazando la oferta alegando que su acento era cockney y el rol necesitaba un inglés académico, sino que manifestó que se negaría a ver la película si el papel no se lo daban a Rex Harrison). Una Audrey Hepburn absolutamente encantadora que logró hacer olvidar a Julie Andrews, aunque su voz fuera doblada por Marni Nixon. Un Wilfrid Hyde-White espléndido como el coronel Pickering y un Stanley Holloway igualmente insuperable en su papel de Alfred Doolitle, el basurero padre de Eliza que diserta sobre moralidad mientras solicita de Higgins cinco libras por sus “derechos como padre”, que sobrevive gracias a A Little bit of luck y que finalmente suplica a sus amigos la noche antes de su boda que, pase lo que pase, get me to the church on time. Y no quisiera olvidar a Jeremy Brett, posteriormente célebre en su interpretación de Sherlock Holmes en su versión televisiva, quien encarna al joven Freddie Einsford-Hill, el joven aristócrata que se queda prendado de Eliza Doolitle cuando ésta acude a las carreras de Ascott como “prueba” antes del baile de embajada.

Si, como ya he dicho, una de mis secuencias favoritas es la que transcurre en Ascott, existen dos números musicales que me encantan: uno es el lamento inicial de Higgins, cuando se pregunta “Why can´t the English teach their children how to speak?”, y el segundo es la bellísima romanza de Freddie, “On the street where you live?”. Existe también algún recitativo que hoy sería tachado de políticamente incorrecto, como cuando el profesor, desesperado por la desaparición de Eliza, se pregunta “Why can´t a woman be more like a man?” una sucesión de frases donde se pondera la nobleza y bonhomía de lo masculino sobre lo femenino. Pero estamos, en definitiva, ante uno de los grandes musicales y ante una de las mejores películas del Hollywood clásico. Y aunque se anuncia para el 2012 un remake de dicho film, no creo que sea capaz de superar ni en calidad técnica ni en las interpretaciones al original. Y es que, aunque uno pueda estar dividido o tener dudas entre Julie Andrews o Audrey Hepburn (conste que yo me inclino por la segunda), sólo habrá un profesor Higgins, y ese es y será siempre el gran Rex Harrison.

A continuación, ofrecemos al lector tres secuencias de la película: la gavota de Ascott, el why can´t the english teach their children how to speak? y la romanza de Freddie, On the street where you leave?.

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