EL PASTELERO DE MADRIGAL: UN ¿FALSO? REY DON SEBASTIÁN.

El 4 de agosto de 1578 tuvo lugar al norte de Marruecos la batalla de Alcazarquivir, choque conocido popularmente como “La batalla de los tres reyes” por enfrentarse en ella el monarca portugués don Sebastián y los dos rivales que se disputaban el trono marroquí, el depuesto Muley al-Mutawakil y el actual sultán Abd el-Malik. Al-Mutawakil, en su afán por recuperar el trono, solicitó la ayuda de España, pero Felipe II, haciendo en esta ocasión honor a su apodo de “rey prudente”, no quiso embarcarse en el proyecto. Sin embargo, el depuesto sultán marroquí logró la colaboración del jovencísimo monarca portugués, quien con sus veinticuatro años unió a su ardorosa juventud una educación religiosa que inculcó en su mente la idea de cruzada. En contra de los consejos y avisos que le fueron ofrecidos, y pese a carecer de experiencia militar alguna, Sebastián se puso al mando de un ejército donde una parte no desdeñable estaba integrada por individuos carentes de preparación militar. Según una difundida leyenda, el monarca portugués manifestó en la víspera del enfrentamiento la batalla no la librarían los ejércitos, sino que sería un enfrentamiento entre la cruz y la media luna. Sea como fuere, el choque acabó con la derrota de los portugueses y en el mismo fallecieron no sólo los dos pretendientes al trono marroquí, sino el propio rey don Sebastián. La crisis originada benefició en esta ocasión a España, dado que al fallecer sin descendencia el monarca portugués, se desencadenaron una serie de acontecimientos que llevaron al rey Felipe II a reclamar sus derechos al trono del país vecino (Juana de Austria, la madre de don Sebastián, era hermana del rey español) y un ejército al mando del duque de Alba penetró en tierras lusitanas, logrando en una rapidísima campaña hacerse con el país vecino. Las cortes portuguesas reunidas en Thomar juraron a Felipe II como rey de Portugal el 15 de abril de 1581.

No obstante, y como sucede en el caso de fallecimiento de personas a una edad temprana, en trágicas circunstancias y rodeadas de una aureola cuasimítica (algo parecido ocurrió en el caso de Luis XVII que, pese a haber fallecido en el Temple en 1795 –como se ha demostrado recientemente mediante pruebas y análisis de ADN- contó con una pléyade de sujetos que afirmaban ser en realidad el delfín hijo de Luis XVI y María Antonieta) , la leyenda de que don Sebastián había sobrevivido y se ocultaba con una falsa identidad. Surgieron así varios casos de personas que afirmaban ser don Sebastián. El más conocido de todos, aunque sólo fuese por su ulterior trascendencia literaria, es el caso de Gabriel Espinosa, el célebre pastelero de la ciudad de Madrigal, quien, sometido a un proceso por el alcalde de casa y corte Rodrigo de Santillán, fue finalmente ajusticiado el día 1 de agosto de 1595. Su dignísima actitud al afrontar la muerte (similar a la que casi un cuarto de siglo más tarde afrontaría en la capital de España don Rodrigo Calderón) no hizo más que alentar los rumores de que Gabriel Espinosa era auténticamente el rey don Sebastián. Quizá no fue Espinosa más que un instrumento en manos de quienes deseaban ofrecer un rostro que oponer a Felipe II para separar Portugal de las corona española. Pero lo cierto es que su destino fue objeto varios siglos después de varias obras literarias que le aseguraron un lugar en la fama. Una de ellas fue debida a la pluma de José Zorrilla, y es la celebérrima pieza teatral Traidor, inconfeso y mártir.

Acabo de finalizar la lectura de esta pequeña pieza teatral, donde el autor sabe urdir magistralmente dos tramas paralelas que confluyen en la misteriosa figura de Gabriel Espinosa. Zorrilla juega a lo largo de la obra con una estudiada ambigüedad, de manera que hasta las últimas líneas de la obra no sabe el lector (o el espectador) si Gabriel es en realidad un simple pastelero o si, por el contrario, es verdaderamente el rey don Sebastián. La dualidad del personaje, las respuestas que ofrece durante su interrogatorio a Rodrigo de Santillana (manifestando en ocasiones unas respuestas y una actitud impropias de un simple pastelero) hace que todos realmente se acaben cuestionando si en realidad estamos ante el verdadero rey portugués. Sin embargo, su destino está trazado y su horizonte no es otro que la muerte, como el propio Espinosa asume con total lucidez, realismo y, sobre todo, con una tremenda resignación en unos célebres versos que explican la tragedia de su existencia:“Escuchadme: si yo fuera/el rey Don Sebastián, morir debía/por la quietud del reino, y mi alma entera/ser mártir a ser rey preferiría/Si soy un impostor y perjudico/con mi existencia la quietud de España/debo morir también, debo una hazaña/de mi impostura hacer y sacrifico/mi vida a sostener esta patraña/que mi historia desde hoy hará famosa […] ahogad la duda, morir debo/si no por Sebastián, por Espinosa”.

Existen otras dos aproximaciones literarias al tema. Una es la novela Ni rey ni Roque, debida a Patricio de la Escosura. La segunda, es fruto del “Dumas español”, del rey del folletín decimonónico, es decir, de Manuel Fernández y González, y lleva un título más significativo y acorde al tema, El pastelero de Madrigal. Tanto Fernández y Gonzalez como Escosura y Zorrilla vivieron en el siglo XIX, pero sin duda alguna de las tres aproximaciones literarias a la figura de Gabriel Espinosa la más típicamente romántica es la del autor de don Juan Tenorio. El lector comprenderá lo que digo una vez haya leído las tres obras, algo de lo que no se arrepentirá.

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