UN LUSTRO SIN REHNQUIST.

Mañana día 3 de septiembre de 2010 se cumplirán cinco años del fallecimiento del chief justice William Hubbs Rehnquist. El cáncer terminó con su vida cuando aún ostentaba el cargo de magistrado del Tribunal Supremo de los Estados Unidos. Curiosamente, el último juez de dicho organismo que falleció en el ejercicio del cargo fue Robert H. Jackson (el célebre fiscal de los juicios celebrados en Nüremberg frente a los altos dirigentes del III Reich), para quien Rehnquist había trabajado como law clerk en 1952.

Fue en 1971 cuando William Rehnquist, entonces un joven ayudante del Attorney General, accedió al cargo de magistrado del Tribunal Supremo a propuesta de Nixon, quien lo remitió al Senado junto con el de Lweis F. Powell. Nixon, cuya campaña de law and order tenía como uno de sus principales objetivos reorientar la jurisprudencia del alto tribunal para finiquitar los excesos de la era Warren, fracasó en su empeño, puesto que ni Harry Blackmun ni Lewis Powell se caracterizaron por su extremismo, hasta el punto que, pese a ser ambos inequívocamente conservadores, se situaron en el “centro” del Tribunal. Rehnquist, por el contrario, se mantuvo firme en su ideario conservador y elaboró numerosos votos particulares frente a opiniones mayoritarias. Dotado de una prodigiosa erudición, aficionado a la historia de su país y a las apuestas, Rehnquist era tan conocido por su ideología conservadora como por su buen carácter y su excelente sentido del humor. William Brennan, el inequívoco líder del ala liberal, mantuvo excelentes relaciones con el conservador Rehnquist, mientras que su correligionario Harry Blackmun solía manifestar que en una institución donde prácticamente no existía sentido del humor, Rehnquist destacaba con creces con sus bromas y ocurrencias, de las que no se libraba ni tan siquiera el estirado y pomposo Warren Burger.

Cuando en 1986 es elevado al cargo de chief justice, Rehnquist mejoró casi de manera inmediata la gestión interna del Tribunal. La época Burger se había caracterizado por una total ausencia de liderazgo, la deficiente gestión del Tribunal así como por los continuos escándalos ocasionados por las designaciones de magistrados para redactar sentencias (normalmente competencia del chief justice, salvo cuando éste se encuentra en minoría, en cuyo caso el encargado de realizar la designación es el magistrado más veterano de los que se encontraban en la mayoría; Burger no tenía reparos en saltarse la regla o en mudar el voto para controlar las asignaciones). Rehnquist cortó de plano esa mala praxis hasta el punto de que todos los magistrados, sin excepción, calificaron como “justo” el proceso instaurado por el nuevo presidente. Su sentido del humor le ayudaba en muchas ocasiones a contar anécdotas, chascarrillos u ocurrencias que en puntuales momentos de tensión lograban reducir la tensión, volviendo nuevamente a la concordia (cuentan que cuando le contaron el rumor de que Bill Clinton pretendía nombrar a su esposa Hillary cabeza de uno de los departamentos, la respuesta de Rehnquist fue tan rápida como contundente: “Caligula nombró a su caballo cónsul de Roma”; o en aquella otra ocasión que un letrado manifestó que las afirmaciones de su colega no engañaban a nadie y mucho menos al Tribunal, se encontró con que Rehnquist le indicaba: “no nos sobreestime”; o quizá la más hilarante en que una pobre letrada fue literalmente bombardeada a preguntas por los distintos jueces del Supremo y se encontró con que había transcurrido su tiempo sin que la hubiesen dejado hablar; Rehnquist trató de animarla: “Lo ha hecho perfectamente en los cuatro minutos que le hemos dejado sin preguntas”). Todas las personas que sirvieron a su lado rindieron elogios a su figura, como magistrado, como Presidente del Tribunal y como persona. Su más enconado rival, el senador Edward Kennedy, sus adversarios ideológicos John Paul Stevens, Ruth Bader Gisburn o Stephen Breyer, sus correligionarios y un gran número de quienes le sirvieron temporalmente como law clerks dejaron su testimonio por escrito en los números especiales que las distintas revistas jurídicas norteamericanas dedicaron Rehnquist con motivo de su fallecimiento. El testimonio quizá más emotivo fue el debido a Ruth Bader Gisburn publicado en la Harvard Law Review.

Autor de cuatro libros de historia (entre ellos, una breve pero ciertamente interesante historia del Tribunal Supremo de los Estados Unidos), enamorado de la vida y de su familia, William Hubbs Rehnquist pasará a la historia como uno de los grandes chief justices. Ciertamente que en su época hubo resoluciones discutibles (como la dictada en el caso Bush v. Gore –de la que muchos en nuestro país hablan sin haber leído-). Pero hemos de recordar que, sin duda alguna, uno de los grandes nombres de la judicatura norteamericana fue Roger B. Taney, el sucesor del gran John Marshall al frente del Tribunal Supremo, quien vio mancillada su reputación por el caso Dred Scott hasta el punto que el Congreso pretendió incluso negarle la colocación de un busto en la entonces sede de la institución judicial; tuvieron que pasar los años para que dicha injusticia se reparase. El tiempo sin duda alguna acreditará que, sin perjuicio de su conservadurismo, Rehnquist fue uno de los grandes Presidentes del Tribunal Supremo.

Anuncios

Un comentario el “UN LUSTRO SIN REHNQUIST.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s