JUAN BRAVO MURILLO O EL AUTORITARIO HONRADO.

Existe en nuestro país una tendencia a identificar honestidad con la asunción de valores democráticos, cuando ni una persona de ideas antidemocráticas tiene prima facie la condición de honesto ni a una persona de sinceras convicciones democráticas debe presumírsele de mano un carácter intachable. Democracia y honradez son dos conceptos distintos y, por tanto, tan honesto en su vida privada puede ser un autoritario como un demócrata.

Viene esta reflexión a raíz de la lectura (relectura, más bien, dado que es la tercera o cuarta vez que lo leo) del libro de Carlos Seco Serrano “Historia del conservadurismo español”, publicado hace una década por la editorial Temas de Hoy. Libro interesantísimo y muy revelador que, desgraciadamente, ha pasado y pasa desapercibido salvo en las élites académicas. Sin embargo, esa obra de lectura obligada para cualquier interesado en nuestro siglo XIX nos muestra la evolución y el devenir del conservadurismo hispánico, personificado en figuras tan dispares personal e intelectualmente como Francisco Martínez de la Rosa, Ramón Narváez, Leopoldo O´Donnell y Antonio Cánovas del Castillo. Figuras principales que aparecen rodeadas de otras no menos célebres como Jaime Balmes, Lorenzo Arrazola, Juan Bravo Murillo, Juan Donoso Cortés o José Luís Sartorios, entre otros. Pues bien, es interesante destacar el profundo contraste entre dos de las grandes personalidades que formaron parte del gran gobierno Narváez: Bravo Murillo y Sartorius. El segundo fue demonizado por su proyecto de reforma constitucional de 1852, inspirado en gran parte en las ideas vigentes en aquel momento en el vecino país galo, donde el presidente de la República francesa, Luis Napoleón, que accedió al poder tras la revolución de 1848, dio un golpe de estado proclamándose emperador de los franceses. Bravo Murillo intentó acabar con el militarismo imperante en la España de la época mediante la puesta en marcha de un sistema marcadamente autoritario, pero sobre la base de la primacía del poder civil, algo que no contentó ni a civiles ni, obvio es decirlo, a militares, lo que provocó su caída. Ahora bien, el autoritarismo de Bravo Murillo no empañó ni empañará la honradez personal que en todo momento acompañó su gestión, todo lo contrario que Sartorius, conde  de San Luís. Como bien indica Seco Serrano en una de las páginas más brillantes de su libro, Sartorius demostró que respetaba menos las libertades que su predecesor en la jefatura de gabinete pero, cuando menos, si de Bravo Murillo podía predicarse una honradez fuera de toda duda, el mandato de Sartorius se caracterizó por la arbitrariedad y la corrupción. Los escándalos (o “polacadas”) como los acontecidos con la concesión de ferrocarriles, hicieron que el propio moderantismo acabase apartándose de quien manchaba con su actuar a todo el partido.

Toda una lección de historia y de moral que ha de llevarnos a no confundir ni a mezclar comportamiento íntegro con convicciones personales.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Historia

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