YES, MINISTER: BRILLANTE CARICATURA DE LA POLÍTICA Y LA ADMINISTRACIÓN BRITÁNICA.

He de confesar que, cuando hace escasos quince días quien esto suscribe tomaba en préstamo en una biblioteca la serie británica Yes, minister, no podía sospechar hasta qué punto la sátira política encubría una triste realidad: que la cosa pública plantea los mismos problemas en todos los sistemas políticos, por muy diferentes que sean, y que la forma de abordarlos es casi siempre la misma, es decir, la equivocada. No obstante, existe una circunstancia que nos separa de los británicos: éstos han sabido reírse de sí mismos y satirizar hasta extremos sangrantes a su clase política, algo que en nuestro país sería impensable.

Esta excelente serie de humor británica nos acerca a la realidad política de la mano de James Hacker (excelentemente interpretado por Paul Eddington), quien, tras lograr un triunfo electoral, es designado como titular del Department of Administrative Affaires, es decir, el Ministerio de Administración Pública (que, como tal, no existe en Gran Bretaña).  Pues bien, cuando el reluciente y optimista Hacker penetra en las dependencias ministeriales cargado de proyectos se encuentra de sopetón con las tradiciones, corruptelas y frenos del civil service, encarnado en el Secretario Permanente Sir Humphrey Appleby (insuperable Nigel Hawthorne), que no cesa de poner objeciones, impedimentos y evasivas a todos los proyectos de reforma que el nuevo ministro tiene en su cartera. Y es que, a diferencia de nuestro país, donde la casta política domina al funcionariado, en esta serie queda patente que en Inglaterra es el funcionariado el que domina a la casta política. Véase, si no, por ejemplo, los continuos argumentos de sir Humphrey cuando el ministro Hacker intenta reducir personal (en un ministerio que tiene nada menos que ¡23.000 funcionarios!), en el sentido de que la reducción del funcionariado necesitaría de un estudio detallado y paciente y que, realizado ya en el pasado, concluyó que se necesitaba más personal. O una memorable discusión en la que el ministro reprocha a su secretario que un hospital recién construido tenía quinientas personas en cargos administrativos, pero carecía de personal médico y no albergaba ningún paciente. Las respuestas del secretario sir Humphrey son realmente hilarantes pero que nos suenan en extremo cercanas, como cuando, por ejemplo, contesta al ministro sobre la posibilidad de no aportar en el expediente administrativo a entregar en el Parlamento un informe desfavorable al Ministerio: “Por Dios, señor Ministro, nosotros no ocultamos información, porque eso es propio de sistemas totalitarios. Nosotros decidimos democráticamente no publicarlo”. Otra impagable escena es aquella en la que sir Humphrey inicia al ministro Hacker en las artes de esquivar las preguntas molestas en el seno de una comisión parlamentaria, ofreciéndole hasta cinco excusas que puede esgrimir dado el caso (la excusa de la “carga de la brigada ligera”: un error culpa de un solo hombre que ya ha sido objeto de depuración mediante procedimientos disciplinarios internos; la excusa “Munich”: se carecía de información esencial en el momento de tomar la decisión; la excusa “Anthony Blunt”: existen datos relevantes para el asunto que lamentamos no poder ofrecer porque afectan a la seguridad nacional). Aunque, finalmente, el propio ministro acaba sucumbiendo y aceptando las tretas de su taimado secretario permanente, como en el momento que justifica la no emisión de una entrevista que había celebrado en la BBC –en la que, sin saberlo, podía haber puesto en un compromiso a la primer ministro- argumentando que: “fui elegido por el público y a mí no me interesa que se emita esa entrevista, así que su emisión no interesa al público.” Como estas hay cientos y cientos de escenas en las que los británicos se ríen de sí mismos y de su casta funcionarial y política, algo realmente envidiable y que sería digno de emular aquí. Pero si hay algo que sorprende es la actualidad de algunos de los temas que abordan los episodios (por ejemplo, la cuota para las mujeres, la reducción de gastos en la Administración, la frontera entre lo político y lo administrativo), lo cual, si tenemos en cuenta que estamos ante una serie rodada en los años 1978-1980 dará una idea de lo antiguos que son algunos temas y del atraso que lleva nuestro país.

Una magnífica serie muy plagada de humor británico que hará las delicias de todo el mundo, pero que debería ser de visión obligada para cualquier persona que ocupe un puesto en la política o en el funcionariado.

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