LA MARCHA RADETZKY.

Si no hay nada mejor para comenzar el año nuevo que el célebre concierto que desde la capital del antiguo imperio de los Habsburgo nos ofrece cada uno de enero la Orquesta Filarmónica de Viena, no hay nada mejor para adentrarse en la agonía del reino de Francisco José I que las páginas del escritor Joseph Roth, especialmente en su celebérrima La marcha Radetzky, una novela crepuscular que narra los últimos coletazos del imperio danubiano. Una magnífica reseña de la novela se publicó hace ya casi dos años en la magnífica bitácora Hislibris, pero quisiera volcar en este blog mis propias reflexiones sobre la novela.

El argumento de la obra es en realidad muy sencillo. Un oscuro oficial esloveno que sirve en la infantería austríaca comete en la batalla de Solferino lo que en principio parecería un desacato: poner las manos sobre los hombros del emperador y arrojarlo al suelo, lo que le hubiera valido un consejo de guerra si no fuera porque con ello salvó la vida de Francisco José I al detener con su cuerpo una bala dirigida al corazón del emperador. Joseph Trotta es ennoblecido y ascendido, pero ese ascenso en lugar de colmarle le entristece, al abrir un abismo entre su persona y la de su padre, un veterano inválido de una familia campesina de Sipolje. Joseph Trotta se aparta del ejército e impide que su hijo, Franz von Trotta, se dedique a la vida militar, reservándole para la carrera funcionarial. Por su parte, Franz von Trotta, que hará toda su carrera funcionarial al servicio del emperador como jefe de distrito de una población, reacciona de manera contraria a su padre, e ingresa a su hijo, Carl Joseph, en el cuerpo de caballería austríaca sin alcanzar a comprender que el joven Trotta no está hecho para la vida militar. Abrumado por ser el nieto del héroe de Solferino, sin dotes intelectuales ni personales destacadas y de un carácter abúlico y dubitativo incapaz de afrontar los problemas, Carl Joseph va de conflicto en conflicto viendo cómo son su padre, el viejo jefe de distrito, y los funcionarios de la cancillería imperial (para quienes el apellido Trotta es sagrado dada su vinculación al emperador) son quienes solucionan realmente las meteduras de pata del joven, totalmente inadecuado para la vida militar. Sus destinos en el regimiento de caballería y, posteriormente (a consecuencia de un asunto de honor del que el joven Trotta, inconscientemente, fue la causa) a un regimiento de infantería en las fronteras del imperio lindantes con la Rusia zarista, finalizan abruptamente de una manera poco brillante. De esta manera, la novela va describiendo de forma paralela las desventuras del joven Carl Joseph, su agonía íntima y sus continuas dudas e inquietudes, con la crisis vivida por su padre Franz Trotta, quien como jefe de distrito contempla, a medida que los años avanzan, que el mundo en el que vivió está condenado irremediablemente a desaparecer.

Entre las andanzas de ambos Trotta, Joseph Roth intercala sus reflexiones sobre la crisis del imperio austro-húngaro, cuya volatilización en distintas nacionalidades es una negra sombra que planea a lo largo de toda la novela. Las oscuras y dramáticas profecías de Chojniki, que tanto alarman al jefe de distrito, acerca de la irrupción de las nacionalidades, son un punto de partida que Roth desarrolla, sobre todo, en dos capítulos que a mi juicio son los fundamentales de la obra: el decimoquinto y el decimosexto. En el primero, la agonía de la vieja Austria nos es expuesta a través de los ojos y de los pensamientos nada más y nada menos que del anciano emperador Francisco José I, consciente de que su inminente desaparición precederá a la inevitable disolución de Austria-Hungría; en el segundo, es el jefe de distrito Franz Trotta quien contempla cómo pedazo a pedazo la monarquía de los Habsburgo hace aguas por todas partes. Las lejanas trompetas bélicas anuncian el inevitable conflicto bélico que marcará el canto de cisne de la antigua Austria. Sin embargo, Roth se resiste a finalizar la novela con el relato de tal desaparición, que se insinúa, pero no se llega a narrar, como si el autor se resistiera, en un ataque de nostalgia, a describir tal acontecimiento.

Como jurista, recomendaría encarecidamente a quienes leyeran esta imprescindible novela que a continuación procedieran a leer de manera seria, reposada y reflexiva la obra de Francisco Sosa Wagner El estado fragmentado, publicada (curiosamente) en la editorial Trotta hace un par de años, y donde se ofrece en los dos primeros capítulos una historia del devenir del imperio austro-húngaro y de su caída.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Literatura

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