EL 23-F TREINTA AÑOS DESPUÉS.

El trigésimo aniversario de la intentona golpista del 23-F ha ocasionado una avalancha de declaraciones, testimonios, recuerdos y evocaciones retrospectivas no siempre respetuosas con la verdad histórica. Hace ya un año, cuando reflexionábamos sobre el tema en un post elaborado a propósito de una serie televisiva sobre los acontecimientos, indicábamos que la versión oficial del 23-F tenía “unos pilares tan sólidos como la que sostiene que al presidente Kennedy lo asesinó Lee Harvey Oswald sin ayuda alguna “, y mucho nos tememos que la verdad sobre la intentona golpista nunca se llegará a saber o, en el mejor de los casos, la conocerán nuestros nietos cuando todos los implicados directa o indirectamente en la asonada hayan pasado a mejor vida.

Es imposible entender el golpe sin conocer a fondo el entorno socio-político del momento, con un presidente contra las cuerdas, perdido definitivamente el favor real y sometido a un verdadero acoso y derribo tanto por sectores de su propio partido como del principal partido de la oposición (dicho sea de paso, Adolfo Suárez se había ganado a pulso la situación); un ejército profundamente descontento por las reformas militares de Gutiérrez Mellado y abatido por la lacra del terrorismo etarra, cuyos objetivos principales en aquellos años eran miembros de la cúpula militar que, además, tenían que soportar la gravísima humillación de ver cómo en los funerales se sacaban los cuerpos inertes de las víctimas por la puerta de atrás y de la manera más discreta posible; una situación económica gravísima; un desbordamiento del sistema de las autonomías que había desbordado con creces las previsiones de los más generosos de los constituyentes. Es en este momento, con un presidente noqueado, con una economía bajo mínimos, con unas fuerzas armadas abatidas por el terrorismo y humilladas por el gobierno, cuando en el seno de la élite política surge la idea de promover un gobierno de concentración, bajo la presidencia de un militar, que diese, en palabras de José Tarradellas, un “golpe de timón” de manera que, desde y dentro del sistema constitucional, se solventasen las dificultades económicas, se recondujese el caos autonómico y se finiquitase la lacra del terrorismo etarra. Junto a esa iniciativa digamos “constitucional” (pues en su concepción pretendía hacerse vía moción de censura en el Congreso, moción que apoyarían casi todos los grupos políticos) existía un golpe “duro” o “de los coroneles”, abiertamente contra la Constitución y contra el sistema. De hecho, en un informe titulado “Panorámica de las operaciones en marcha” se describían perfectamente las distintas tentativas golpistas existentes en el momento. Tentativas que en ocasiones saltaban incluso a la prensa escrita.

En ese contexto se produjo el golpe. En nuestra mente se encuentran las imágenes del asalto al Congreso, de los tanques por las calles de la ciudad de Valencia o la algo más cómica imagen del periodista deportivo José María García que, encaramado en el techo de un automóvil en los aledaños del Congreso, intentaba narrar los acontecimientos. No existen imágenes, sin embargo, de la División Acorazada Brunete, donde únicamente gracias a la labor del general Juste tras su conversación con Sabino Fernández Campo, y, sobre todo, la decisiva intervención del capitán general de Madrid, Guillermo Quintana Lacaci (quien, por cierto, sería asesinado por ETA tan sólo tres años más tarde) lograron mantener dentro de sus cuarteles abortando con ello definitivamente el golpe. Quedan, sin embargo, algunos puntos oscuros, como el silencio de los Estados Unidos (para quien el acontecimiento no era más que “un asunto interno” de los españoles) o la más que sospechosa intervención de los servicios de inteligencia del Estado nunca explicada del todo (no olvidemos que entre los implicados estaba el comandante Cortina, jefe de la Agrupación Operativa de Misiones Especiales, la joya de la corona del CESID).

Treinta años han pasado, y el susto inicial dio paso a la confianza, y posteriormente al olvido. La tesis oficial de una intentona auspiciada por dos militares golpistas de espaldas no sólo al resto de Fuerzas Armadas sino de la propia sociedad y que fue abortada por el rey se fue asentando en el subconsciente de los españoles, hasta que el amplio lapso de tiempo transcurrido ha facilitado que esa tesis haya sufrido una notable mutación: en la derrota de los golpistas habrían tenido un papel decisivo los partidos políticos, las autonomías y los sindicatos. Ese amplio lapso de tiempo ha facilitado también que se hayan edulcorado, cuando no alterado abiertamente biografías poco honorables; que quienes aún no habían superado la infancia se inventen actuaciones heroicas y comprometidas; que quienes medían el suelo ocultos tras la bancada presuman de arrojo ante los asaltantes; que personas que si por algo destacaron fue precisamente por sus clamorosas ausencias se vanaglorien de actitudes aguerridas similares a las de Will Kane en High Noon. Recordemos que fueron tres, y sólo tres personas quienes se enfrentaron abierta, clara y públicamente a los asaltantes: el antiguo Ministro Secretario General del Movimiento, un veterano dirigente comunista y un anciano veterano militar que había luchado en el bando nacional desde el inicio de la guerra civil, donde, como miembro de la quinta columna, había arriesgado mil veces su vida “pasando” a civiles a la zona nacional. Nadie más movió un dedo ante los asaltantes. Conviene recordarlo, y no extasiarse con floridas expresiones autoelegíacas que, amén de vergonzosas, son totalmente inciertas.

1 comentario en “EL 23-F TREINTA AÑOS DESPUÉS.

  1. alegret

    Tod esto no hubiera pasado sin un rey felón y una transición en condiciones, en los que los sediciosos mantuvieron todos sus privilegios.
    Qué pena y que asco de país.

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