MANUEL GODOY: SEMBLANZA DEL GENERALÍSIMO EN EL ANIVERSARIO DE SU FALLECIMIENTO.

El próximo mes de octubre se cumplirá el centésimo sexagésimo aniversario de la muerte en París de Manuel Godoy y Alvarez de Faria, el hombre que en una época lo fue todo en España y que murió abandonado por todos en un humilde cuarto en la capital francesa. Toda una lección para los poderosos que creen ser los favoritos de la fortuna.

Manuel Godoy Alvarez de Faria, duque de Sueca y Alcudia, generalísimo de los ejércitos (el primero de nuestra historia, es muy poco conocido este dato entre la población) y príncipe de la paz. Nacido en 1767 en el seno de una familia hidalga en Badajoz, y entró en el servicio de los guardias de corps en 1784. Una caída del caballo acaecida en noviembre de 1788 cuando servía como escolta de Carlos y María Luisa, los príncipes de Asturias, hizo que éstos se interesaran por el joven cadete. Ya como reyes, Carlos IV y María Luisa (cuya influencia sobre su esposo y sus ya tempranos manejos en la política nacional fueron ya puestos de relieve, entre otros, por Jovellanos en varios textos inéditos que han sido objeto de reciente publicación en el tomo XII de sus Obras completas) no olvidaron al joven “Manuel”, a quien colmarían no sólo de honores, sino  de cargos. En noviembre de 1792, y ante la crisis de los partidos tradicionales (el “aragonés” o nobiliario y el “golilla”) los reyes se inclinaron hacia el joven guardia de corps como persona que sustituiría al conde de Aranda en la Secretaría de Estado, con la difícil tarea de frenar el contagio revolucionario francés a la vez que realizar lo posible y lo imposible para salvar la vida del desdichado monarca galo Luis XVI. Cuando los revolucionarios guillotinan al rey francés, España se ve obligada a declarar la guerra a Francia, que tras unos prometedores inicios favorables a España, finaliza de forma desastrosa con la paz de Basilea, momento en el cual se le concede el inusual título de príncipe de la Paz (el principado era un título que se reservaba de forma exclusiva para el heredero al trono; incluso los restantes hijos del monarca recibían el título de “infantes”, como los infantes don Carlos y don Francisco de Paula, por ejemplo). Desde ese momento Godoy, cuya fortuna y poder estaba inexcusablemente ligada a los monarcas, intentó con diversa suerte prolongar en el interior las líneas básicas del despotismo ilustrado vigentes en la época de Carlos III, pero ni tenía la experiencia ni la capacidad de los ministros carloterceristas. En 1798 abandona la Secretaría de Estado, pero en 1800, tras un breve periodo de alejamiento del poder, retoma éste sin otro cargo que el de generalísimo de los ejércitos; en otras palabras, que frente al gobierno “oficial” del reino se encontraba el gobierno “real” formado por el que la reina María Luisa denominó algo imprudentemente en una de sus cartas “la trinidad en la tierra”, léase, los monarcas y su sempiterno “Manuel”. Es de sobra conocida la historia de los recelos y odios que el todopoderoso favorito real (a quien el pueblo conocía por el mote de “el choricero”) se granjeó en el seno de la propia familia real (en concreto del príncipe Fernando) y en un amplio núcleo de la alta nobleza. Godoy logró salir vencedor en el primer round al descubrir las tramas del príncipe Fernando en lo que se conoció como “la conjura de El Escorial”, que estalló en octubre de 1807 y donde Fernando, cobardemente, se arrepintió ante sus padres delatando a sus compañeros de fechorías. No obstante tan sólo cinco meses más tarde los derrotados en El Escorial salieron vencedores en Aranjuez, donde unos amotinados liderados por el conde de Montijo (bajo el disfraz de “Tío Pedro”) iniciaron el movimiento que privó a Godoy del poder y a Carlos IV de la corona. Los acontecimientos posteriores son de sobra conocidos. Godoy acompañó en su exilio a los reyes Carlos IV y María Luisa, a quienes acompañó hasta el fallecimiento de ambos en 1819 (María Luisa designó heredero universal a Godoy, pero el testamento fue impugnado por Carlos IV, quien fallecería tan sólo unas semanas después que su esposa). Godoy jamás regresó a España pese a que en 1847 Isabel II le devolvió todos sus títulos y honores, salvo el de príncipe de la paz.

La tradicional imagen negativa de Godoy, en tonos muy negros, se ha visto últimamente algo más iluminada sobre todo a partir de los años cincuenta del siglo pasado, cuando la Biblioteca de Autores Españoles publicó las Memorias del Principe de la Paz con un luminoso estudio preliminar de Carlos Seco Serrano, estudio que veinte años más tarde, en 1978, sería objeto de publicación autónoma con el título de Godoy: el hombre y el político. En dicho ensayo el profesor Seco Serrano salía al paso de la interpretación tradicional que atribuía el ascenso de Godoy a sus amores con la reina María Luisa, y aceptando como válida la que el propio interesado ofrecía en sus memorias: ante la crisis de los partidos tradicionales carloterceristas, los monarcas Carlos IV y María Luisa optaron por una tercera vía, la de elegir a un personaje cuya suerte estuviese ligada a la de los monarcas; sin llegar a rechazar del todo los amores de Godoy y la soberana (aunque los limita en el tiempo poniéndoles punto final en 1797) el profesor Seco Serrano rechaza las interpretaciones del “erotómano” Villaurrutia, historiador decimonónico que solía reducir las interpretaciones de la historia a ocultos secretos de alcoba. Hace tan solo un par de años fueron reeditadas las Memorias del Príncipe de la Paz, ya casi imposibles de encontrar ni aún en tiendas de antiguo, gracias a Emilio La Parra (a quien, por cierto, tuve el honor de conocer en Gijón hace tres años en un curso de verano sobre Asturias en los orígenes del constitucionalismo español), autor de uno de los más luminosos estudios sobre la figura del favorito, Manuel Godoy, la aventura del poder. Bien es cierto que apareció una versión abreviada de las Memorias con un estudio introductorio de Carlos Rúspoli (que une a su condición de historiador la de descendiente del autor de las memorias).

Por cierto, que a la hora de abordar el clima de enfrentamiento existente en los últimos años del reinado de Carlos III entre el partido “golilla” (liderado por José Moñino y Redondo, conde de Floridablanca, e integrado por miembros ennoblecidos por el monarca en base única y exclusivamente a sus méritos) y el partido “aragonés” o nobiliario (encabezado por Pedro Pablo Abarca de Bolea, conde de Aranda, e integrado por miembros de la nobleza tradicional o de sangre), el profesor La Parra lo describe magistralmente con estas líneas: “La pugna aludida no pasaba de ser un enfrentamiento ´cortesano, sin conexión alguna con las inquietudes populares, desarrollado dentro de los límites del orden establecido sin objetarlo, y de acuerdo con los procedimientos habituales en una monarquía de antiguo cuño como la española. Todo transcurría en el plano ´de arriba`( el integrado por el rey, su corte y los nobles y funcionarios poderosos), pues en este sistema nada contaban los de ´abajo`, las masas, como se dirá más tarde”. ¿Acaso tal situación no nos es extraordinariamente familiar?

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de Monsieur de Villefort Publicado en Historia

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