LA CONSPIRACIÓN: REDFORD, EL ASESINATO DE LINCOLN Y LOS TRIBUNALES MILITARES

En su última película, The conspirator, estrenada en abril de 2011, Robert Redford ha recreado un acontecimiento histórico de hondo calado en la nación estadounidense para criticar una medida de nuestro presente más inmediato. Y, qué mejor para ofrecer una crítica a los tribunales militares instaurados tras los acontecimientos del once de septiembre de 2001 (tribunales militares que, por cierto, han sido reinstaurados por Obama pese a que la prensa hispana ha optado por mirar hacia otra parte para no dañar la imagen de su idolatrado mandatario) que los tribunales militares instaurados durante y tras la guerra de secesión estadounidense. Pero la película es algo mucho más que eso: es una brillante adaptación cinematográfica del juicio militar frente a varias personas acusadas haber conspirado para asesinar al presidente Lincoln

Durante sus diez primeros minutos la película recrea con fidelidad asombrosa los acontecimientos que tuvieron lugar la noche de aquel fatídico 14 de abril de 1865, donde se produce el asesinato de Lincoln y los intentos de asesinato del vicepresidente Andrew Johnson y del secretario de Estado William H Seward, hasta en los detalles más minuciosos. Así, vemos a John Wilkes Booth (personaje digno de una de las tragedias de Shakespeare) dejar los caballos a la salida del Teatro Ford, penetrar sin problemas en un local donde estaba acostumbrado a representar los más diversos papeles en su faceta de conocidísimo actor e integrante de una familia de actores, penetrar sin dificultades en el palco presidencial, atrancar la puerta con un atril de madera, disparar contra el presidente, apuñalar en el brazo izquierdo al mayor Rathbone, saltar hacia el escenario dislocándose la pierna y, tras su grito de Sic Semper tyrannis (lema del estado de Virginia) huir de la escena del crimen; vemos también a Lewis Powell (en la película aparece identificado como Lewis Payne), intentando acabar con la vida del Secretario de Estado William H. Seward, postrado en cama recuperándose de las graves heridas que había sufrido en un accidente de circulación (dato éste que la película, por ignotas razones, omite), y cómo el encargado de atentar contra Johnson decidió abortar la operación disuadido por la presencia de varios miembros del ejército. Pero vemos igualmente cómo el secretario de guerra Edwin S. Stanton (insuperable Kevin Kline en sus brevísimas apariciones) abandona el carruaje que le conduce hacia el lecho mortuorio del presidente y se dirige a pie en medio de una multitud hacia el edificio Petersen (donde había sido trasladado un agonizante Lincoln para evitar su óbito en un teatro), donde monta el centro de operaciones destinado a dar caza a los asesinos. Tras ese trepidante cuarto de hora inicial, la película se centra en el juicio a que fueron sometidos los siete procesados, juicio que en realidad fue un court martial o juicio militar ante militares, y no en un juzgado civil con jurado. En realidad, más que en el juicio en sí la película se centra en uno de los siete procesados, en concreto en Mary Surratt, la dueña de la pensión donde se habían reunido los conspiradores; en realidad, y objetivamente hablando, el gobierno carecía de pruebas concretas que permitiesen vincular a Mary Surratt con el magnicidio presidencial, mas con su detención pretendían lograr que el verdadero conspirador, su hijo John Surratt, se entregase.

La película es formalmente correcta y ofrece detalles que no son tan conocidos por el publico español, como por ejemplo, que John Wilkes Booth, David Herold y John Surrat (y, aunque en la película no se dice, el doctor Samuel A. Mudd, el médico que curó a Booth en su huída y facilitó ésta al ocultar la información a las fuerzas federales) habían intentado secuestrar a Lincoln en 1864 para forzar a la Unión a pactar con la Confederación, utilizando al presidente como baza para un intercambio de prisioneros. Pero omite (o deliberadamente oculta) datos esenciales. Es cierto que fue el secretario de guerra Stanton quien no reparó en medios para capturar, juzgar y condenar a los acusados, privándoles de derechos tan fundamentales como el proceso penal con jurado y el derecho de habeas corpus, pero  fue Lincoln quien inició esta práctica al haber suspendido tales derechos al inicio del conflicto bélico allá en 1861; esta iniciativa presidencial fue desautorizada por el entonces chief justice Roger B. Taney, quien en su calidad de juez de circuito reprochó al presidente tal actitud, recordándole en su celebérrima resolución dictada en el caso Ex parte Merryman que únicamente el Congreso, y no el presidente, ostenta tal facultad. Lincoln no hizo caso alguno de Taney y continuó con tal práctica, hecho éste que fue relegado al olvido, entre otras cosas por el aurea de santidad que aureola a Lincoln debido a su trágico final. Quizá en este sentido sea imprescindible como complemento a la película la lectura del libro All the laws but one: civil liberties in wartime, escrito en 1998 por el entonces chief justice William H. Rehnquist (el título del libro se extrae de un célebre discurso de Abraham Lincoln dirigido al Congreso el 4 de julio de 1861 como respuesta a la desautorización jurídica que el presidente había sufrido a manos del chief justice Taney y para justificar su actuación suspendiendo el habeas corpus: “Are all the laws, but one, to go unexecuted, and the government itself go to pieces, lest that one be violated?”). Rehnquist inicia su recorrido con el viaje de Lincoln a Washington para tomar posesión de su cargo presidencial y ofrece una amplia perspectiva del tema desde bases históricas y jurídicas, centrándose en el periodo de la guerra de secesión, pero extendiendo brevemente sus reflexiones en acontecimientos que tuvieron lugar durante la primera y la segunda guerra mundial (en especial, los internamientos de japoneses en campos de concentración –medida esta apoyada de forma entusiasta por el entonces gobernador del estado de california, Earl Warren). Por evidentes razones cronológicas el estudio no aborda los pronunciamientos del Tribunal Supremo norteamericano en Boumediene v. Bush y en Al Odah v. United States, donde se reconoce el derecho de todo detenido a solicitar el habeas corpus y a beneficiarse de un proceso judicial con todas las garantías ante un tribunal civil, declarando inconstitucionales los juicios militares.

He aquí el trailer de la película, cuyo visionado recomendamos al lector

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