RAMÓN MARÍA NARVÁEZ: UN CURIOSO EPISODIO BIOGRÁFICO.

La débil estructura de los partidos políticos en el siglo XIX y su escaso arraigo social hizo que los mismos tuvieran que apoyarse en el poder fáctico, léase, en el ejército. Y tanto el partido progresista como el moderado se apoyaron en líderes militares. El progresismo fió su éxito a Espartero y ulteriormente a Serrano, mientras que los moderados se apoyaron en el general Narváez. Mas si la historia ha sido benévola o, cuando menos, generosa con Espartero (una auténtica nulidad política) y con Serrano (que no dudó en ensayar por dos veces una dictadura personal al frente de la Jefatura del Estado), por el contrario no ha sido tan generosa con Narváez, cuya imagen debe más a la literatura y a la leyenda que a la historia.

Por ello es una lástima que el profesor Jesús Pabón falleciese en 1976 sin poder concluir su proyectada biografía sobre Ramón Narváez, obra de la que únicamente había concluido el capítulo introductorio y el dedicado a la infancia y juventud del general. No obstante, los apuntes y papeles que sobre el tema había dejado el profesor Pabón fueron recogidos por su discípulo, el historiador Carlos Seco Serrano, que los editó con el título Narváez y su época. En su brevedad, este imprescindible conjunto documental permite al lector intuir una imagen de Narváez muy alejada del brusco e impetuoso militar tal y como fue retratado por Baroja, Galdós o Valle-Inclán. Narváez fue, toda su vida, un liberal. Fue ese liberalismo el que le llevó en julio de 1822 a defender la Constitución pese a formar parte de la Guardia Real, el cuerpo al servicio del monarca que se había alzado a favor del soberano frente al régimen constitucional. Narváez hubo de sufrir exilio con el restablecimiento del absolutismo. Pero he de confesar que de todo este conjunto de datos, hay uno que me ha sorprendido. Uno que destruye esa leyenda en virtud de la cual, en su lecho de muerte, Narváez habría indicado que no podría perdonar a sus enemigos “porque los había matado a todos”, leyenda que, como bien dice Ricardo de la Cierva en sus novelas sobre Isabel II, habrían difundido sus enemigos vivos. Pero, como indicaba, esa frase no sólo es falsa, sino que no responde en modo alguno a la imagen de Narváez. Un curioso episodio de su vida lo demuestra.

El año 1843 una coalición de moderados y progresistas derriba al regente Baldomero Espartero y dicha unión de fuerzas acuerda que las Cortes proclamen la mayoría de edad de Isabel II, entonces una niña de trece años. El progresismo, bajo la tutela de Salustiano Olózaga, parecía imparable (faltaban poco más de veinte días para que se produjese el famoso affaire al que hemos dedicado un post anterior, y que determinó la caída de Olózaga y el postergamiento del progresismo), mas la estrella de Narváez sobre los moderados parecía ya indiscutible. Es por ello que el 6 de noviembre de ese año 1843, Narváez es objeto de un atentado del que sale ileso, aunque no así sus acompañantes, uno de los cuales es herido y otro fallecerá posteriormente a consecuencia de las heridas recibidas. Cuando aún Narváez no había ocupado la presidencia del Consejo, los Tribunales condenan al autor intelectual del magnicidio, Juan María Gérboles, quien, pese a ello, logró escapar dejando en el país a su esposa e hijos. Con el paso de los años, Micaela Muñoz, la mujer de Gérboles, se dirige por carta a Narváez solicitando el perdón de su marido para que éste pueda regresar a España. Narváez responde a dicha petición desde París, en carta de 9 de marzo de 1851. La respuesta (se le solicita nada más y nada menos que el perdón del instigador de un atentado contra su persona), es sorprendente para quien esté acostumbrado a la imagen galdosiana o valleinclanesca. La transcribimos íntegramente: ”Con mucha satisfacción mía declaro en este escrito que perdono el hecho a que se refiere la desgraciada esposa de Juan María Gérboles, a quien hace tiempo, desde que el suceso tuvo lugar, le había perdonado en mi corazón. Yo pensaba que ya no había ninguno que sufriese las consecuencias del proceso que por el atentado cometido contra mi vida se formó el año 43. Y para que, en lo sucesivo, no tenga necesidad de acudir a mi cualquiera que se encuentre en este caso, declaro que, no sólo perdono a todos los complicados en este hecho, sino que pido para ellos gracia a S.M. Y que será para mi la mayor satisfacción el que tengan término los sufrimientos de los desgraciados que hayan podido causarme cualquier daño u ofensa” (Jesús Pabón, Narváez y su época, Espasa Calpe, Madrid, 1983, p. 77). Gérboles es indultado y cuando Micaela Muñoz se dirige nuevamente a Narváez para agradecerle su gestión, éste responde: “Que he tenido mucho gusto en haber podido hacerle el bien que dice, y en ver que se muestra agradecida; y que siempre que pueda favorecer a su familia, lo haré de corazón”.

Alguien que no sólo declara epistolarmente haber perdonado en su corazón, sino que solicita el indulto para el instigador de un atentado contra su persona ¿Es concebible que diga en su lecho de muerte que no puede perdonar a sus enemigos porque los ha matado a todos? Como en tantas otras ocasiones, la leyenda ha arraigado hasta tal punto que es casi imposible desligarla de la historia. Como el celebérrimo “tributo de las cien doncellas” de tiempos de Mauregato, otra leyenda sin base histórica alguna y a la que en su momento dedicaremos un post.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Historia

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