EL MAEZTU REGENERACIONISTA VISTO POR PEDRO CARLOS GONZÁLEZ CUEVAS.

Acabo de leer un interesantísimo artículo de Pedro Carlos González Cuevas publicado en el número 114 (agosto de 2011) de la revista El Catoblepas, y que lleva por título La nacionalización de las masas en el primer Maeztu (1898-1904). En poco menos de diez páginas el autor (que ya había publicado hace ya casi ocho años una biografía del personaje, titulada Maeztu, biografía de un nacionalista español), uno de los mayores expertos en la historia del pensamiento conservador español, desgrana no sólo el marco histórico en el que se desenvuelve la trayectoria vital del joven Ramiro, sino que expone con toda su crudeza los logros y los fracasos del régimen instaurado por Cánovas en 1874. Es cierto que el régimen canovista, apuntalado constitucionalmente en 1876, logró estabilizar políticamente a la nación; mas ello trajo consigo no sólo el fomento de la “oligarquía y caciquismo” (en parte por la debilidad de la sociedad española, en parte por los propios intereses de la casta política dominante) sino que, en palabras de Carlos Seco Serrano, este definitivo apuntalamiento del régimen liberal se hizo a costa de orillar la revolución social que se estaba produciendo, si bien en este aspecto fueron precisamente los gabinetes conservadores (de Cánovas, Silvela y Dato) quienes fueron poco a poco esbozando lo que posteriormente serían las grandes instituciones sociales del país. He de confesar que me ha sorprendido una afirmación del profesor González Cuevas, en concreto cuando sostiene que “La sociedad española careció de un aparato estatal fuerte, capaz de penetrar en todos los rincones del país y desarrollar políticas económicas y culturales adecuadas para crear adhesiones y deslegitimar los movimientos secesionistas contrarios al ideal nacional”, no porque tal afirmación sea desacertada, sino porque precisamente con ella resume la tesis central que el catedrático de derecho administrativo Santiago Muñoz Machado desarrolla en su libro El problema de la vertebración del estado en España, del siglo XVIII al XXI.

Pero centrémonos en ese vitoriano y español que fue Ramiro de Maeztu (1874-1936) vilmente asesinado la noche del 29 de octubre de 1936 por el gravísimo delito de haber sido colaborador y director de Acción Española. Fue uno de los periodistas más brillantes de nuestro país, formado de manera autodidacta tras la ruina económica familiar, que privó a Maeztu del sostén que garantizó a Ortega y Gasset una formación universitaria, por lo que Ramiro tuvo que aprender directamente en la escuela de la vida, con prácticas pero dolorosas lecciones. Andrés Trapiello, en sus valiosos pero en ocasiones erráticos estudios Las armas y las letras y Los nietos del Cid, afirma textualmente que “Maeztu fue un invento del franquismo, un muerto ilustre que oponer a otro muerto ilustre que fue García Lorca” (sic),  disparatadísima afirmación que supone no sólo desconocer la obra y trayectoria vital del vitoriano, sino intentar equiparar churras con merinas (García Lorca fue un grandísimo poeta, algo que jamás fue Maeztu, mientras que éste se dedicó toda su vida al periodismo político, sector que el poeta granadino jamás abordó). La fama de Maeztu es muy anterior a 1936, y ya sus artículos publicados a finales del siglo XIX y principios del XX le habían catapultado a la cúspide del periodismo político español. De hecho, González Cuevas afirma acertadamente que “Fue, a nuestro entender, esta última [se refiere a “la otra España” auspiciada por Maeztu] la alternativa más coherente y radical a la crisis provocada por la derrota española ante Estados Unidos”; e Inman Fox, en su estudio preliminar a la selección de los artículos que entre 1897 y 1904 publicara Maeztu, afirmaba igualmente que quizá tan sólo Ortega y Unamuno superaran a Maeztu en cuanto a profundidad de ideas e intensidad de pensamiento.

Y es que, en efecto, el lector de Hacia otra España (1899) y de la recopilación Artículos desconocidos (1897-1904) –publicada por Castalia en 1977- se sorprenderá de la profundidad, honestidad intelectual y, sobre todo, de lo actual de las tesis de Maeztu. Su crítica inmisericorde al sistema político de la Restauración, su atinadísimo análisis de la guerra frente a los Estados Unidos –de hecho Maeztu fue el único que no se dejó arrastrar por falsas imágenes de un patrioterismo ajeno al mundo real, y quien propugnó abiertamente el abandono de Cuba que evitase el conflicto bélico-, su agudo y penetrante análisis de los nacionalismos periféricos (llegó a calificar a los políticos nacionalistas de frustrados aspirantes a funcionarios estatales), su crítica al catolicismo español (si bien, como el propio Maeztu reconoce en uno de sus artículos, más por motivos económicos que otra cosa) y a su máximo defensor y exponente Menéndez Pelayo (al que describió como “triste coleccionador de muertas naderías”), el negrísimo panorama que describe en torno al sistema educativo nacional (que no sirve más que para implantar en los estudiantes conocimientos inútiles, y ayuno de conocimientos prácticos) demuestran que estamos ante una figura muy apegada al terreno, a la situación política y social concreta, pero que es capaz de elevarse y proponer una solución regeneracionista que desarrolle económicamente el país. Y es precisamente en esto donde Maeztu se aparta de sus compañeros de generación (como, por ejemplo, Azorín) que tornan sus ojos a la Castilla eterna. Maeztu pone como modelo para regenerar el país precisamente Bilbao, la industrial ciudad del Nervión y a cuyas chimeneas, fábricas y barrios obreros dedica una emotiva loa en el tercer capítulo de Hacia otra España. Es la época en que Maeztu muestra su admiración hacia el ideal socialista, que ennoblece al obrero (y en este sentido, es de destacar el artículo en el que contrapone el simple trabajador al obrero socialista), pero esa admiración hacia ideal socialista no le impide una severa crítica al socialismo español por su alejamiento de las élites intelectuales (y, en este sentido, el ejemplo de lo ocurrido con Unamuno es suficientemente revelador). Es este otro de los aspectos fundamentales del pensamiento de Maeztu que, posteriormente, heredaría y desarrollaría de forma algo más sistemática Ortega y Gasset: la ciega confianza en una élite intelectual que liderase a las masas en la búsqueda de un sistema liberal más representativo y justo.

En definitiva, que este breve trabajo de González Cuevas supone una magnífica síntesis del pensamiento del primer Maeztu, no obstante lo cual el lector interesado en profundizar más en el tema puede optar por acudir al primer capítulo de la biografía que el propio González Cuevas dedicó al vitoriano o, si desea acudir a fuentes primarias, adentrarse en las páginas de Hacia otra España y en los Artículos desconocidos. Y, en este particular, el autor de este blog desea alzar la voz para realizar una protesta: el abandono y olvido en que se encuentra la figura y obra de Ramiro de Maeztu. Las recopilaciones de sus artículos datan de los años cincuenta y sesenta (y con criterios sistemáticos más que cronológicos lo que, dada la evolución intelectual de Maeztu, puede inducir a confusión como bien indicaba Inman Fox, otro estudioso de la obra del vitoriano), y hoy en día únicamente pueden encontrarse, y con cierta dificultad, ediciones de su Defensa de la hispanidad (libro que recopila varios de sus trabajos publicados en Acción Española y que fue objeto de un sentido elogio epistolar por parte de alguien como Antonio Machado en las antípodas ideológicas de don Ramiro) y La crisis del humanismo. Ya es hora de que la losa de silencio que pesa sobre Maeztu y que incluso se manifestó en propia vida del autor se alce definitivamente y sus obras puedan estar al alcance del público.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Historia

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