EL USO Y ABUSO DEL DERECHO DE JUSTICIA GRATUITA.

 – Me asignaron un abogado, que consiguó rebajar mi fianza. La pagué, me largué de la ciudad y no volví nunca más […] – ¿Se acuerda del nombre del abogado? – ¿Todavía está comprobando datos, pastor? – Si -¿Cree que miento? -En absoluto, pero nunca está de más comprobar datos. – No, del nombre no me acuerdo. En mi vida he tenido muchos abogados, pero no he pagado un céntimo.

(John Grisham, La confesión, Mondadori, España, 2011)

Este es el auténtico drama de la profesión, y ese drama se llama justicia gratuita. No por la institución en sí sino porque, como en tantas otras ocasiones, el sistema se ha pervertido hasta el punto de hacerlo irreconocible. De igual manera que las expropiaciones urgentes han pasado a ser de la excepción a la regla general (paradójicamente el proceso expropiatorio ordinario se ha convertido en una pieza de museo), la justicia gratuita pasará a convertirse, máxime en estos tiempos de dificultades económicas, en el sistema ordinario. Si en la práctica cotidiana el sistema ya se prestaba a abusos intolerables que ni los responsables políticos ni los entes teóricamente representativos han tenido mucho interés en remediar, imagínense cuando las solicitudes de justicia gratuita se multipliquen. El problema es que nadie parece darse cuenta del riesgo que ello supone para la profesión. Los aumentos de solicitudes de justicia gratuita determinarán un mayor volumen de reconocimientos de tal derecho, lo que implica menos clientes particulares. Ahora bien, si las partidas presupuestarias destinadas a remunerar las intervenciones de los letrados designados para la defensa de las personas o entidades que tienen reconocido tal derecho no sólo no aumentan, sino que se congelan o disminuyen, no hay que ser un genio de las matemáticas para saber que las retribuciones van a ser menores. Si a ello añadimos igualmente que la retribución que percibe un letrado cuando defiende un asunto en el que el beneficiario ostenta la justicia gratuita es en ocasiones diez veces menor que lo que podría percibir por el mismo asunto si acudiese como letrado particular, pues imagínense.

La cuestión es que, en muchas ocasiones, como el beneficiario de la justicia gratuita tira con polvora ajena (no retribuye al letrado y está exento del pago de costas) aún sabiendo que carece de razón opta por arremeter con todo y contra todo. Recuerdo el primer cliente que me llegó con la asistencia jurídica gratuita, el propietario de una plaza de garaje a quien le habían presentado una solicitud inicial de procedimiento monitorio por impago de cuotas; cuando le pregunté si en efecto debía esas cantidades, la respuesta que me dio fue que sólo pagaba la mitad, porque no consideraba justo el acuerdo adoptado en comunidad en el sentido de que todas las plazas pagasen lo mismo, porque la plaza de su vecino era el doble que la suya y sin embargo pagaban lo mismo. Ante mi respuesta (su pretensión no tenía sentido, porque lo lógico sería que instase la convocatoria de una junta de propietarios e intentase revocar el acuerdo anterior) me dijo que ni hablar, que quería hacerlo en la oposición al monitorio y que (textualmente) “que el juez lo viese en persona”; fueron inútiles todos los esfuerzos desplegados para explicarle que mientras el acuerdo comunitario estuviese vigente debía pagar las cuotas o, en caso contrario, podían reclamárselas; opté por presentar un escrito alegando la evidente insostenibilidad de la pretensión. El caso es que cuando el personal del colegio me preguntó más tarde por qué yo no quería defender a esta persona y ante mi respuesta (la pretensión del cliente no tenía el más mínimo sentido y estaba abocada al más rotundo fracaso sin la más mínima duda) me dicen textualmente: “pues tiene una cantidad de fincas…”. También me he encontrado en la situación contraria, donde como abogado demandante he visto cómo el demandado estaba asesorado por un abogado particular pero para evitar las costas presentaba una solicitud de justicia gratuita, dándose la paradoja de que en un mismo asunto se veían involucrados tres profesionales, uno de ellos con la única misión de rubricar lo que firmaba otro compañero. Una compañera me contaba (aunque de esto no puedo dar fe directa, la persona que me lo contó me merece toda la fiabilidad) la indignación que la invadió en cierto caso donde un matrimonio había solicitado y le había sido concedida la justicia gratuita para instar judicialmente el divorcio y a la hora de liquidar la sociedad de gananciales existían bienes por valor de setenta millones de pesetas. Anécdotas así hay cientos, y contarlas todas ellas me llevaría demasiado tiempo.

Sin embargo, pese a que la valoración de los letrados que prestan el servicio de justicia gratuita ha aumentado y todos (Colegios Profesionales, Administraciones y Jueces) reconocen la mejora cualitativa que ha experimentado este servicio, la retribución de los profesionales se encuentra estancada, de tal manera que, por ejemplo, un divorcio contencioso se retribuye en 300 euros, y eso cuando se paga, dado que en muchas ocasiones el desembolso efectivo de la cantidad por la Administración se demora nueve o más meses. Y, por desgracia, ninguna forma efectiva de protesta se nos permite ya que, a diferencia del resto de profesionales de la Administración de justicia (funcionarios, secretarios judiciales, jueces, magistrados y fiscales) que en caso de conflicto retributivo pueden esgrimir el derecho de huelga y paralizar totalmente el servicio, si un colegio profesional opta por no prestar el servicio inmediatamente salta el Ministerio Fiscal esgrimiendo que la prestación de este servicio es un “timbre de honor” y que de paralizarlo se estarían vulnerando derechos fundamentales.

Y es que existe mucha, mucha gente que, como en el caso de Grisham, se beneficia de actuaciones al amparo del derecho de justicia gratuita y ni tan siquiera se acuerda del nombre de quien se encargó de su defensa. Pero hay un hecho que no se le olvida y que incluso pregonará a los cuatro vientos: que no ha abonado un céntimo.

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Un comentario el “EL USO Y ABUSO DEL DERECHO DE JUSTICIA GRATUITA.

  1. Magnífico artículo.

    En 20 años de ejercer la justicia gratuita, hasta que lo dejé, no recibí más que desdenes y desprecios de los clientes, incluso cuando ganaba los pleitos. Sólo uno -un caballero venido a menos, por otra parte- tuvo la deferencia de regalarme una pluma.

    Me pregunto: ¿para cuando notarios del turno de oficio o dentistas. O es que siempre tenemos que ser los más idiotas?.

    No se me olvida un cliente de oficio que vino a verme con un Jaguar.

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