LA PRINCESA ISABEL EN EL CAÓTICO REINADO DE ENRIQUE IV.

La próxima emisión en la televisión pública de una serie dedicada a la infancia y juventud de la reina Isabel I de Castilla me ha llevado a revisitar la clásica biografía Isabel I, Reina, debida al gijonés don Luis Suárez Fernández, un prestigioso medievalista especializado precisamente en esta delicada época histórica. Si algo me ha sorprendido es precisamente los acendrados paralelismos entre aquellos turbulentos años de la segunda mitad del siglo XV con la primera década de albores del siglo XXI.

Aún cuando no existía propiamente el estado moderno, sí que existía lo que entonces se conocía como poderío real absoluto, siendo precisamente el nacimiento del estado moderno el culmen de la lucha (a veces incruenta, a veces sangrienta) entre el poder regio y el poder nobiliario. Pues bien ¿quién no ve en el reinado de Enrique IV un trasunto de la convulsa etapa que nos ha tocado vivir? Un monarca débil, aúlico, propenso al compromiso, que no duda en someter su voluntad a un personaje tan siniestro como don Juan Pacheco, marqués de Villena, la persona que más había socavado la autoridad no sólo real si no moral del soberano que pasara a la historia con el sobrenombre de El impotente. Fue Pacheco el que ya en 1462 promovió un acta notarial alegando que las Cortes de Castilla habían jurado como princesa de Asturias y heredera al trono a una persona (la princesa Juana, a quien la historia conocerá ulteriormente como la Beltraneja) que según la visión unilateral de Villena carecía de todo derecho a la sucesión; fue Pacheco quien promoviera el vergonzoso espectáculo de la farsa de Avila, donde un muñegote ataviado con los ropajes y adornos regios fue despojado de los mismos y derribado del tablado al son de “fuera, puto”; fue Pacheco quien, tras intentar promover los derechos del príncipe Alfonso (hijo menor del segundo matrimonio de Juan II de Castilla) a quien incluso llegó a proclamar monarca, regresa de nuevo a la vera de Enrique IV al verificar que dicho príncipe comenzaba a dar síntomas de independencia que al de Villena no gustaban demasiado; fue Villena quien, tras haber sido el instigador y promotor de la ilegalidad del nombramiento de Juana como princesa de Asturias, luchara por sus derechos tras el fallecimiento de Enrique IV, persuadido de que con Isabel en el trono sus ambiciones y aspiraciones de poder se verían frenadas en seco.

Y es que el turbulento reinado de Enrique IV y los primeros años del reinado de Isabel I suponen una lucha enconada entre dos bandos nobiliarios tras los cuales subyacían dos concepciones distintas del poder regio. Por un lado, el poderoso clan de los Mendoza sostenían que era menester reforzar las prerrogativas y poderes de la Corona, entendiendo que para afianzar el poder de los nobles debía reforzarse primero el del Trono; por el contrario, el bando acaudillado por el ubicuo Pacheco se oponía argumentando que un monarca fuerte se impondría a la nobleza y, por tanto, convenía una autoridad débil que no tuviese facultad alguna que oponer a las banderías y estados regidos por los diferentes señores. El reinado de Enrique IV, incapaz de tomar decisiones y entregándose a personajes tan siniestros como Pacheco, es una época donde el poder regio alcanzó sus cotas más bajas y donde las banderías nobiliarias y territoriales sumieron al poder en una guerra civil que únicamente finalizó cuando Isabel y Fernando pusieron fin a dicha época reforzando las prerrogativas de la Corona, embridando a los nobles y sometiendo a todos los poderes al Trono. Toda una lección de historia narrada de una forma rigurosa, ágil y eficaz por el historiador gijonés.

Por cierto, me quedo con una frase que, aún aplicada al arzobispo Carrillo, es tan aplicable al siglo XV como a cualquier época ulterior y a las que están por venir: “Carrillo adolecía de una enfermedad frecuente en los políticos y que consiste en identificar el bien de los pueblos con la permanencia de su persona en el poder”.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Historia

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