OLIVER WENDELL HOLMES jr Y LA SENDA DEL DERECHO.

El juez Oliver Wendell Holmes jr. ha sido sin lugar a dudas uno de los mejores jueces de la historia norteamericana junto con John Marshall. Existen sin duda muchos otros magistrados que han dejado su impronta no sólo en la historia jurídica, sino que han dejado una indeleble huella en los ya más de dos siglos de existencia del Tribunal Supremo de los Estados Unidos (pensemos, por ejemplo, en Joseph Story, Roger B. Taney, Stephen Field, Joseph Bradley, John Marshall Harlan, Hugo Black, Earl Warren, William Brenan). Sin embargo, la labor de Holmes trascendió del propio estamento judicial para revelarse como un excelente creador o, al menos, precursor, del realismo jurídico norteamericano. Por ello es de agradecer la reciente publicación en castellano por la editorial Marcial Pons, del breve trabajo La senda del derecho (The path of the law), conferencia pronunciada por el entonces juez del Tribunal Supremo de Massachussets el 8 de enero de 1897 con motivo de la inauguración de un nuevo edificio de la Universidad de Boston y que ulteriormente sería publicada en la Harvard Law Review.

El magnífico estudio preliminar de José Ignacio Solar Cayón nos sitúa históricamente en el estado del pensamiento jurídico estadounidense, dominado entonces por el Classical Legal Thought, teoría que propugnaba la autonomía del derecho frente a otras ramas del conocimiento, en especial de la política. El conjunto del saber jurídico se componía de unas reglas estables que se extraían tanto de la jurisprudencia norteamericana como del viejo Common law británico, de tal manera que la labor del juez consistía únicamente en subsumir el caso concreto en juiciado en cualquiera de las categorías enunciadas en esas reglas generales, reglas absolutamente puras e impolutas de todo contacto con la política. Por otra parte, la jurisprudencia del Tribunal Supremo de los Estados Unidos se caracteriza en esos instantes por un estricto y absoluto respeto a las reglas del laissez faire, como lo demostraba la célebre sentencia Lochner v. New York, donde precisamente lo más característico y decisivo fue el voto discrepante del propio Holmes.

Es en esos instantes cuando Holmes ofrece su particular visión del saber jurídico, ofreciendo un concepto del derecho absolutamente pragmático y realista. Lo anuncia ya en las primeras líneas de su trabajo: “El objeto de nuestro estudio, entonces, es la predicción: la predicción de la incidencia de la fuerza pública a través de la actuación de los tribunales”, para remachar un poco más tarde el concepto de derecho: “Las profecías acerca de lo que los tribunales harán realmente y nada más pretencioso que eso, es lo que yo entiendo por derecho”. Un derecho que no sólo interesa al ciudadano respetuoso con las leyes (el law abiding man) sino incluso a quien se muestre poco respetuoso por las mismas (al bad man), a quien interesará sobremanera las posibles consecuencias de sus actos. La disertación de Holmes se extiende abarcando algunos aspectos interesantísimos, como la relación entre el derecho y la moral, donde no sólo se limita a realizar disertaciones o disquisiciones filosóficas a la que son tan propensos los profesores cómodamente instalados en la tranquilidad de su despacho, sino que desciende a la arena del derecho práctico, de la cotidianeidad con ejemplos concretos que iluminen o den claridad a sus posiciones. Eso sí, el Holmes práctico se vuelve inusualmente utópico en las líneas finales de su trabajo, que no tienen desperdicio: “Y, habiendo conocido muchos hombres de éxito, estoy seguro de que la felicidad no puede alcanzarse únicamente siendo abogado de grandes compañías y teniendo unos ingresos de cincuenta mil dólares anuales. Una inteligencia suficientemente grande para conseguir el premio necesita  otros alimentos distintos del éxito. Son los aspectos más remotos y generales del Derecho los que le confieren un interés universal. A través de ellos llegaréis no sólo a convertiros en grandes maestros en el ejercicio de vuestra profesión, sino a conectar vuestra materia con el universo y a captar un eco del infinito, un destello de su insondable proceso, un indicio del Derecho Universal”.

Holmes fue justamente célebre por sus votos particulares, votos que discrepaban del parecer mayoritario del Tribunal Supremo cuando se enfrentó a las primeras tentativas de institucionalizar una legislación social que protegiese a los trabajadores. Así, cuando el Tribunal Supremo, guiado por el principio laissez faire, declaró inconstitucional la fijación de una jornada máxima de trabajo en Lochner v. New York, Holmes reaccionó de forma inmediata con su célebre voto particular defendiendo la constitucionalidad de la medida. Ello no quiere decir que el ciudadano Oliver Wendell Holmes estuviese de acuerdo con el texto normativo en cuestión, ya que, como el propio juez indicaba en una carta de 28 de noviembre de 1926 (cuyo párrafo clave está reflejado en el estudio preliminar a la obra): “Ha sido un gran placer para mí sostener la constitucionalidad de leyes que considero malas por completo, porque de esa manera he ayudado a marcar la diferencia entre lo que yo prohibiría y lo que permite la Constitución”. Holmes escribía estas líneas justo medio año antes de su decisiva intervención en el caso Buck v. Bell (274 US 200), hecha pública el 2 de mayo de 1927 y donde el Tribunal Supremo presidido por William Howard Taft (curioso personaje que fue el vigésimo séptimo presidente de los Estados Unidos y, ulteriormente, décimo chief justice) que tenía por objeto verificar si la legislación aprobada por el estado de Virginia que permitía la esterilización de los internos en instituciones mentales que se demostrase adolecían de enfermedades mentales hereditarias (“who shall be found to be afflicted with an hereditary form of insanity or imbecility”), era contraria a la decimocuarta enmienda constitucional (la equal protection clause). Holmes fue el ponente de la sentencia, y su resolución fue tajante en el sentido de sostener no sólo la constitucionalidad de la norma, sino incluso del acierto de la medida con una frase que ha pasado a los anales de la antología judicial, en concreto la que se refiere a las tres generaciones de incapaces como ya suficientes: “It would be strange if it could not call upon those who already sap the strength of the State for these lesser sacrifices, often not felt to be such by those concerned, in order to prevent our being swamped with incompetence. It is better for all the world if, instead of waiting to execute degenerate offspring for crime or to let them starve for their imbecility, society can prevent those who are manifestly unfit from continuing their kind. The principle that sustains compulsory vaccination is broad enough to cover cutting the Fallopian tubes. Jacobson v. Massachusetts. Three generations of imbeciles are enough

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4 comentarios el “OLIVER WENDELL HOLMES jr Y LA SENDA DEL DERECHO.

  1. Cúantos Holmes haría falta en nuestro erial. Es vergonzoso que no haya nadie como él. Y el que se acerca, le expulsan por prevaricación.
    Qué verguenza de pais. Nunca llegaremos a nada.

  2. Estimado amigo: Estoy de acuerdo contigo en que harían falta muchos jueces en nuestro país como el eminente Oliver Wendell Holmes jr. Pero discrepo contigo en eso de que al que se acerca le expulsan por prevaricación; ni al polvillo de la suela del zapato le llega el inefable ya ex-juez, y soy profundamente generoso.
    El problema es, como siempre, cultural y social. El prestigio que el Juez (con mayúscula) tiene en los países de la órbita anglosajona (prestigio ganado a pulso, dicho sea de paso, en una continua lucha en pro de los derechos del individuo frente al poder público) por desgracia no la tienen sus homólogos de los países continentales. Es triste, pero es así.
    Por cierto, el padre del juez Holmes, Oliver Wendell Holmes sr fue un gran médico y un magnífico poeta.

    • Estimado Monsieur: Por casualidad (rastreando si algunos de los trabajos que me han entregado los estudiantes había sido “fusilado” de alguna página de Internet) me he topado con su blog, que me ha precido muy interesanta y que, a partir de ahora, revisaré de vez en cuando. Me alegro de que le haya gustado mi estudio preliminar. Veo, además, que tenemos algunos intereses comunes, como el relativo al Derecho Norteamericano. Creo que le pueden interesar dos de mis libros (viendo, además que en una de sus entradas se refiere específicamente a la decisión del Tribunal Supremo en West Coast v. Parrish):
      – Política y Derecho en la era del New Deal: del formalismo al pragmatismo jurídico (editorial Dykinson)
      – El realismo jurídico de Jerome Frank. Normas, hechos y discrecionalidad judicial (editorial del BOE).
      Saludos.

  3. Estimado José Ignacio:
    Es un honor para este blog su intervención y permítame ante todo felicitarle por el estudio preliminar del libro, que me ha parecido magistral.
    En efecto, como puede observar el derecho norteamericano es una de mis pasiones, y suelo mirar siempre que puedo las novedades jurisprudenciales del Tribunal Supremo norteamericano así como los episodios más importantes de su devenir histórico.
    Tomo nota de ambos trabajos; de la época del New Deal tengo en mi poder el libro de Jeff Shesol “Supreme power”, una aproximación a los antecedentes y a la tramitación del Court packing plan de Roosevelt.
    Muchísimas gracias, y un cordial saludo

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