LA CRISIS SOCIO-POLÍTICA O “PARÁLISIS PROGRESIVA” MÁS DE CIEN AÑOS DESPUÉS.

Estos días releía The failure of the founding fathers, excelente ensayo de Bruce Ackerman, en cuyo capítulo quinto se contenía este aserto: “Una cosa es redactor una Constitución; otra que sobreviva; y otra distinta que sobreviva en un mundo para el que no estaba pensada”. Aunque dicha afirmación se realizaba al analizar el contencioso presidencial de 1800 y cómo el texto constitucional estadounidense contribuyó más a la génesis de la crisis que a su solución, lo cierto es que dicha afirmación puede trasladarse a cualquier texto constitucional y a cualquier sociedad; ello también puede cohonestarse con la afirmación de Thomas Jefferson, una de las personalidades más interesantes a la vez que hipócritas que ha dado la política norteamericana, en relación a que los textos constitucionales deberían ser objeto de revisión cada veinte años. En efecto, no sólo las constituciones, sino todas las leyes son hijas de su tiempo, de tal manera que su redacción suele reflejar las ansias, las preocupaciones y las soluciones que una sociedad ofrece en un momento muy concreto. Y aunque existen circunstancias y problemas comunes a todas sociedades y a todas épocas, otras son coyunturales y circunscritas a un momento, lugar y sociedad muy concretos. La Constitución estadounidense de 1787 fue elaborada por la élite intelectual de la época, pero con unos fundamentos ideológicos (rechazo a la democracia –tal y como la entendemos hoy en día- y expresa condena de los partidos políticos) que en apenas una década fueron superados por la realidad. El éxito de la sociedad norteamericana (como la de la británica) ha consistido en adaptar sucesivamente el texto normativo a la realidad social que le circundaba.

Nuestra Constitución de 1978 fue elaborada en un momento muy concreto: en la transición política, cuando toda la sociedad demandaba un cambio de un sistema autoritario a otro democrático. Fue una época de consenso donde todos hubieron de renunciar a parte de sus aspiraciones para construir un sistema en que todos pudiesen convivir libremente. Pero poco o nada queda de aquella sociedad y en la política pronto el ansia de cambio llevó al desencanto. En treinta y cuatro años hemos visto cómo los partidos políticos y los sindicatos han renunciado a la labor que les era propia para convertirse en castas parasitarias que viven a costa de los presupuestos (estatal y autonómicos) y como la clase política vive aislada en una torre de marfil ajena a los problemas que acechan al ciudadano de a pie; como los tribunales se aíslan conscientemente de los problemas de la sociedad y se han prestado voluntariamente a servir de coartada a los poderes fácticos para mantener el status quo de las élites privilegiadas, donde la aristocracia titulada ha sido sustituida por la cúpula de los partidos; cómo el Tribunal Constitucional no ha dudado en saltar muchas veces sobre el texto constitucional por oscuros intereses políticos y donde lo que menos ha importado ha sido el texto y el espíritu constitucional, sino lo que requería la voz de su amo. Todo ello ha contribuido al aumento de la brecha existente entre la sociedad y su clase dirigente, pero a la vez ha contribuido a instalar en la gente de la calle un desanimo generalizado que le lleva a un pesimismo innato a la vez que a una nada aconsejable resignación. Y el problema es que esa Constitución elaborada por unos políticos que debían resolver el espinoso asunto de un cambio de sistema político sin rupturas traumáticas deseaban consolidar su obra hasta tal punto que construyeron un texto constitucional virtualmente irreformable, de tal manera que su modificación es prácticamente imposible salvo en cuestiones de detalle, lo que encorseta a toda una sociedad en unos moldes que pueden llegar a quedar estrechos; algo así como si una persona pretendiera embutirse toda su vida en el traje de su primera comunión.

En este ambiente, quizá sea ilustrativo volver la vista a un artículo que Ramiro de Maeztu escribiera allá en el mes de abril del año 1897 y que significativamente tituló Parálisis progresiva. Su actualidad es tan rabiosa que basta una cita: “Parálisis…Nos complace la palabra. No de otra suerte puede calificarse ese amortiguamiento continuado de la vida colectiva nacional, que ha disuelto virtualmente en veinte años los partidos políticos, haciendo de sus programas entretenido juego de caciques. Parálisis… Así se explica la espantosa indiferencia del país hacia los negocios públicos.., la abstención del cuerpo electoral…, el desprecio de los lectores de periódicos hacia el artículo político […] Parálisis moral, evidenciada en esos abonos increíbles para las corridas de toros”. Como puede observar el lector, podemos trasplantar esas palabras escritas hace ciento quince años a fecha de hoy. No sólo eso, sino que podríamos incluso hacer nuestras las palabras finales de Maeztu: “España prefiere su carrito de paralítica, llevado atrás y adelante por el vaivén de los sucesos ciegos, al rudo trabajo de rehacer su voluntad y enderezarse. Para serla agradable, no turbemos su egoísmo de enferma con vanos reproches y aunque la enfermedad acrezca…¡silencio!…ni una palabra. Dejémosla dormir; dejémosla morir. Cuando apunte otra España nueva, ¡enterremos alegremente a la que hoy agoniza!”

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de Monsieur de Villefort Publicado en Opinión

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