LA HIPOCRESÍA DE LA CLASE POLÍTICA.

En la segunda mitad del siglo IV a. C., Demóstenes, uno de los más brillantes oradores del foro ateniense, arremetía inmisericorde contra aquellos que habían acaparado el poder público para su propio beneficio o enriquecimiento personal. Al referirse a ellos, lo hacía con estas palabras: “Pero mirad a los hombres que hacen esta política: unos han pasado de la indigencia a la riqueza, otros de la oscuridad a los honores, algunos se han hecho casas más impresionantes que los edificios públicos y su fortuna ha crecido en la misma medida en la que ha ido disminuyendo la de la ciudad”. Casi dos mil cuatrocientos años después de pronunciadas esas palabras, la valiente denuncia del gran orador griego no sólo continua vigente, sino que se muestra de rabiosa actualidad, e incluso podríamos en algún caso poner nombres y apellidos concretos. Recientemente veía una entrevista realizada al catedrático de derecho administrativo Alejandro Nieto donde incidía en la misma idea, aunque con otras palabras: “El día que los políticos confiesen que su objetivo es satisfacer su libido de poder y enriquecer a sus amigos y enriquecerse ellos mismos, entonces no habrá desgobierno, ya que hoy están cumpliendo sus objetivos a la perfección”. Tanto Demóstenes en su tiempo como Alejandro Nieto hoy fueron puestos en solfa por el poder político, y en el caso del profesor Nieto, de una forma bastante miserable: condenando su persona al ostracismo y a la muerte civil, corriendo un tupido velo de silencio sobre su importante obra donde pone en evidencia de forma cruda pero veraz la divergencia entre el discurso oficial y la situación real. Esa “Administración que sirve con objetividad a los intereses generales con el sometimiento pleno a la ley y al derecho”, según pomposa expresión del artículo 103 de la Constitución se revela en la práctica como un aparato en manos de una clase política que la utiliza como botín particular para el enriquecimiento de unos pocos. Hay partidos de izquierda que critican y fustigan a la institución monárquica por considerarla un anacronismo, pese a que en su seno hay castas tan hereditarias como la Corona, aunque tratan de justificarlas cubriendo con el barniz del adjetivo democrático lo que no es más que una designación a dedo por la élite burocrática que domina los partidos políticos. Así, por ejemplo, la dinastía Laura González (madre) y Noemí Martín (hija) en el Principado de Asturias, o el clan Sanjurjo en Gijón, siendo este último caso absolutamente sangrante, dado que en un contexto de crisis económica especialmente dolorosa en Asturias donde muchos ciudadanos casi no llegan a fin de mes una misma familia acaparaba nada menos que cuatro cargos públicos: Pedro Sanjurjo fue concejal de Hacienda del Ayuntamiento de Gijón durante el periodo 1999-2007 y de Urbanismo en los años 2007-2011, periodo en el que su mujer María José Ramos era diputada autonómica y Consejera de la Presidencia del Principado de Asturias; la hermana del señor Sanjurjo, doña Carmen, senadora socialista y el marido de ésta Concejal de Hacienda del Ayuntamiento en el periodo 2007-2011, puesto desde el que preparó a conciencia su candidatura a la alcaldía. Se daba pues la paradoja de que dos de las más importantes concejalías de la ciudad más importante del Principado (Hacienda y Urbanismo) se encontraban en manos de una misma familia, que tenía a la vez otro de sus miembros en la más importante Consejería autonómica. Desalojados del poder municipal en 2011, fíjense el poco tiempo que han tardado en encontrar acomodo.

Estamos en un momento de crisis económica donde todas las voces del espectro político piden austeridad, sacrificio y cargan todo el peso del poder sobre las espaldas de la sufrida clase media, a la que fríen a tasas e impuestos, que quizá debieran recuperar el vetusto y mucho más justo nombre de arbitrios, dado que eso y no otra cosa son, sino decisiones arbitrarias de una élite heredera de la antigua aristocracia titulada. Se anuncia el estudio del cobro de una cantidad por la circulación de vehículos en las autovías; se adelanta una subida de los impuestos indirectos para el 2013 a la vez que se han elevado los directos para este ejercicio. Pues bien, parafraseando a Martin Luther King, hoy tuve un sueño. Soñé que la clase política había decidido tener altura de miras y echar una decisiva mano a la hora de solventar la crisis para que ésta no siempre golpease a los mismos. Soñé que el Consejo de Ministros aprobaba un proyecto de ley en virtud del cual creaba un tributo que gravaría como hecho imponible el ejercicio por cualquier persona física de la actividad política, designando como contribuyente a todo individuo que desempeñase de forma efectiva cualquier tipo de cargo público representativo (ya fuese supranacional, estatal, autonómico o local) y estableciendo una tarifa variable en función de una escala progresiva que aumentase proporcionalmente en función al número de años que llevase ese contribuyente dedicado a la cosa pública. Soñé que todos los grupos políticos aprobaban sin discrepancias dicho proyecto de ley, que entraría en vigor al día siguiente de su publicación. Y es que está bien soñar de vez en cuando. ¿No creen?

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de Monsieur de Villefort Publicado en Opinión

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