CINE Y CRISIS.

En 1929 se produjo el famoso crack bursátil de Wall Street, y la depresión económica que subsiguió a dicha crisis se llevó por delante el patrimonio e incluso la vida de muchos ciudadanos estadounidenses. Franklin Delano Roosevelt fue elegido presidente de los Estados Unidos con su programa electoral basado en un New Deal, que a la postre le llevó a protagonizar uno de los enfrentamientos más sonados y abiertos entre el Tribunal Supremo, presidido en aquélla época por Charles Evans Hughes, y un presidente norteamericano. Es una época cuya grandeza y miseria están perfectamente reflejadas en la célebre novela Las uvas de la ira, de John Steinbeck, y cinematográficamente aparece muy bien descrita en el film La leyenda de Bagger Vance, de Robert Redford, donde los crueles efectos de la gran depresión sobre familias pudientes y menesterosas se plasma visualmente de una forma magistral. Se ponía fin así a una década conocida de forma popular como los felices años veinte.

Las masas de desempleados que abarrotaban las calles en la época de la depresión encontraron una vía de escape en el séptimo arte, que en aquellos años logró convertirse en el bálsamo de muchas personas y de muchas familias. El salto del cine mudo al sonoro facilitó esa tarea. Se trataba, pues, de ofrecer consuelo, al menos durante un par de horas, a gente que el resto del día pasaba por momentos extremadamente difíciles. Por ello, Hollywood trató de acercarse a ese gran núcleo de población con temas que pudieran servir de linimento: políticos corruptos que acaban pagando sus fechorías, millonarios cuya soberbia es destruida por la solidaridad de los humildes, o incluso en una curiosa incursión en el género de ciencia ficción con ciertos tintes realistas, el descubrimiento de un enclave donde la eterna juventud y la felicidad reinan a escondidas del resto del mundo en las montañas del Himalaya. Es la edad de oro de Frank Capra, con títulos que han pasado a la historia: Vive como quieras, El secreto de vivir, Caballero sin espada, u Horizontes perdidos. Esta técnica de evasión hacía posible que gente de todas las edades olvidase por un momento sus problemas y pudiese disfrutar de unos instantes de tranquilidad y, por qué no decirlo, de esperanza. En una época de crisis económica brutal, en los grandes estudios cinematográficos se vivió una auténtica edad de oro.

Ocho décadas después vivimos una crisis de magnitudes superiores a la de los años treinta del siglo XX. Sin embargo, los ciudadanos no podemos refugiarnos en el séptimo arte para evadirnos ni tan siquiera unos instantes. La crisis parece haber afectado a los grandes estudios y a los guionistas, que se refugian en la producción de remakes de títulos clásicos (con calidad bastante inferior al original) o en espectáculos donde los efectos especiales generados por ordenador trata de suplir la carencia interpretativa de los protagonistas. No existe en la actualidad quien pueda resistir una mínima comparación con Clark Gable, Gary Cooper, James Stewart, Ronald Colman, David Niven o Edward Arnold, por citar tan solo algunos de los más populares rostros de la década de los treinta. Tampoco ayuda el elevadísimo precio de las salas cinematográficas, en franca regresión y abierta retirada tras la aparición de los VHS y, sobre todo, de los DVD. La televisión tampoco ayuda mucho, pues lo cierto es que las televisiones públicas y privadas han degenerado su emisión hasta extremos vergonzosos, con programas basados en el abierto insulto y en la zafiedad más abyecta.

En definitiva, que la crisis actual, a diferencia de la existente hace ochenta años, se extiende a los medios audiovisuales. Mala señal.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Cultura

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