CARLOS DÍVAR Y ABE FORTAS. ¿VIDAS PARALELAS?

La dimisión esta mañana del presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial, Carlos Divar, ha creado una crisis sin precedentes en tan desdichada y maltrecha institución. Si hoy doña Esperanza Aguirre abría el debate sobre la posibilidad de suprimir el Tribunal Constitucional y pasar sus atribuciones a una Sala del Tribunal Supremo, quizá sea hora ya igualmente de plantearse la supresión del Consejo General del Poder Judicial. Pero la razón última de este post no es incidir en estos argumentos, ya avanzados en el punto anterior, sino recordar una historia que sucedió al otro lado del Atlántico hace ya más de cuarenta años y que afectó a un magistrado del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, en concreto a Abe Fortas.

Abe Fortas provenía como muchos otros jueces norteamericanos del ejercicio de la abogacía, donde había tenido un extraordinario éxito como especialista en derecho societario, donde amasó una fortuna.  Nominado para el cargo de juez del Tribunal Supremo por el presidente demócrata Lyndon B. Johnson, tras ser confirmado por el Senado tomó posesión de su cargo el día 4 de octubre de 1965. Dos años y medio más tarde, en junio de 1968, el chief justice Earl Warren decidió renunciar a su puesto para permitir al presidente demócrata Johnson nombrar a su sucesor; Warren había sido nombrado a instancias del republicano Eisenhower (quien, según reconoció más tarde, con este nombramiento había cometido el mayor error de su carrera), pero no quería en modo alguno que la elección de su sucesor quedara en manos de un mandatario republicano, dada la más que probable victoria de Nixon en las elecciones presidenciales que tendrían lugar en noviembre de ese mismo año. Pero a Warren le salió el tiro por la culata: Johnson propuso a Abe Fortas como nuevo chief justice, pero el Senado alargó las deliberaciones sobre su nombramiento, mostrándose hostil hacia el candidato, más que nada por las frecuentes conversaciones que habían mantenido Johnson y Fortas, hasta el punto de que el sucesor de Kennedy en la presidencia no se había recatado en consultar con el magistrado del Tribunal Supremo cuestiones de carácter político. El caso es que el boicot a Fortas permitió que fuese el republicano Nixon quien eligiese al nuevo chief justice, Warren E. Burger, cuyos diecisiete años al frente de la judicatura federal fueron un auténtico desastre en cuanto a gestión interna de la institución.

Pero en lo que respecta a Fortas, éste tenía una mancha en su ropaje. Fortas había acudido a pronunciar varias conferencias a una institución universitaria, percibiendo por ello la nada despreciable suma de 15.000 dólares (casi la mitad del salario que percibía como magistrado) que, además, no fueron abonados directamente por la Universidad, sino por entidades privadas cuyos intereses económicos harían más que probable que pudiesen en su día tener asuntos en el Tribunal Supremo que pudieran comprometer la objetividad de Fortas. Éste ni se planteó renunciar a su cargo pese al tufillo que desprendía su retribución como conferenciante, pero en 1969, saltó otro escándalo de tipo económico que dinamitó de forma irreversible su imagen. Bob Woodward y Scott Armstrong lo explican de forma bastante detallada en su imprescindible libro: The brethren, dedicado a analizar los primeros años del Tribunal Supremo de los Estados Unidos durante la era Burger. El departamento de Justicia, pudo verificar que Fortas había percibido la cantidad de 20.000 dólares de una fundación creada por el industrial millonario Louis Wolfson, quien en esos momentos estaba siendo investigado por una comisión federal, que acabaría instando su procesamiento y logrando su condena. Aparentemente, las intenciones de Wolfson con ese pago eran las de garantizarse la benevolencia o ayuda de Fortas quien de forma inmediata procedió a devolver secretamente el dinero. El asunto se filtró a la prensa y de inmediato se planteó que, si bien las acciones del magistrado no revestían caracteres de delito, el daño a la reputación del juez era irreparable hasta el punto de que podría incluso justificarse el inicio de un impeachment. El recién elegido presidente Nixon se encontraba exultante: por un lado, se encontraría con una vacante inesperada en la más alta institución judicial norteamericana y ello le permitiría realizar un nombramiento adicional, pero por otro no deseaba ni mucho menos el inicio de un impeachment que lógicamente arrastraría la reputación no sólo de Fortas, sino del propio Tribunal Supremo por los suelos. Así que se optó por una acción mucho más discreta y efectiva: se facilitó al chief justice Earl Warren toda la documentación acreditativa de los pagos realizados a Fortas. Warren, cuyo aprecio a Fortas era evidente, captó el mensaje y convenció a su amigo y colega de que el asunto demandaba su inmediata e incondicional renuncia. En palabras de Woodward y Armstrong: “In Warren´s view, Fortas had two problems that had led him to such indiscretion. As a private lawyer in Washington and a known intimate to the President, Fortas had made a fortune. He had had to take almost a 90 percent cut in salary when he came to the Court, and he had not wanted to alter his life style. Second, Warren concluded, as a bright man who had come to Washington during the New Deal, Fortas had made rule for others to follow, but never thought they applied to him”. Incluso otro de sus colegas, el liberal William O Douglas, se lamentaba: “Dios mío, ¿Por qué Abe haría una cosa tan estúpida?”. Tras una semana de calurosos debates internos en el Tribunal Supremo, Fortas redactó su carta de dimisión.

Evidentemente, el comportamiento de Carlos Divar no puede compararse ni de lejos al de Fortas, si bien el de este último pueda recordarnos hasta extremos de un paralelismo asombroso cierta actuación de cierto ya exjuez (¿les suena de algo el tema de conferencias universitarias y pago a través de instituciones bancarias objeto de investigación en el juzgado cuyo titular era el conferenciante retribuido?). Divar pudo haber sido inconsciente o imprudente en sus viajes, pero no percibió dinero ajeno (al menos que se sepa) ni de instituciones ni de particulares objeto de una investigación. Pero tanto Dívar como Fortas cometieron el mismo error: no irse a tiempo y obligar a sus colegas a forzarles a marcharse. En Estados Unidos la marcha de Fortas se tomó de forma más o menos discreta, mientras que en España la marcha de Divar se rodeó de luz y taquígrafos.

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