EL FRACASO DEL CONSEJO GENERAL DEL PODER JUDICIAL.

En su prólogo al libro de Miguel Artola “La España de Fernando VII”, el historiador Carlos Seco Serrano indicaba que el sistema político español estaba tan estrechamente vinculado a su pieza clave, la monarquía, que cuando ésta falló todas las instituciones se desmoronaron como un castillo de naipes. En efecto, las renuncias de Carlos IV y Fernando VII en Bayona hicieron que todos los organismos públicos de nuestro país (en especial, el Consejo de Castilla, una de las piezas clave del sistema jurídico hispano) se sintieron huérfanas y no supieron actuar ante el vacío de poder, vacío que tuvo que ser cubierto por la reacción popular. En efecto, la subordinación de las instituciones al poder del monarca había llegado al punto de anular su propia personalidad, de manera que no supieron reaccionar a tiempo al faltarle la voz de su amo.

Durante varios días el Consejo General del Poder Judicial ha tratado infructuosamente de elegir a su nuevo presidente tras la dimisión de Carlos Dívar acaecida tras el escándalo ocasionado por el hecho de haber utilizado dinero público para sufragar varios desplazamientos, hecho éste que ulteriormente se ha demostrado realizaban todos y cada uno de los miembros de dicha institución sin que ninguno de los veinte vocales se dignase ofrecer explicaciones o seguir el ejemplo de su expresidente. Lo cierto es que el Consejo General del Poder Judicial es una de esas instituciones cuya evolución ha demostrado cómo la práctica cotidiana ha corrompido hasta extremos indecibles las teóricas bondades que motivaron su creación. Ideado constitucionalmente para garantizar la independencia del Poder Judicial trasladando al Consejo las atribuciones que tradicionalmente ostentara el Ministerio de Gracia y Justicia, muy pronto, tras la aprobación de la nefasta Ley Orgánica 6/1985 del Poder Judicial el nombramiento de vocales se convirtió en un entretenido juego de caciques políticos. Sin el más mínimo sentido del pudor las élites de los partidos se repartían sin otro criterio más que la cuota política el número de vocales del Consejo, llegando a la curiosísima circunstancia de que el órgano de gobierno de los jueces entraron miembros no sólo ajenos a la carrera judicial, sino que incluso alguno no ostentaba más mérito que el haber sido diputado al Congreso. La política se inmiscuía día sí y día también en el funcionamiento cotidiano del Consejo, hasta el punto de que el nombramiento de Carlos Dívar como Presidente del Consejo General del Poder Judicial fue anunciado no por los vocales, sino por el mismísimo Presidente del Gobierno como hecho consumado. Lo que en cualquier otro país del mundo hubiese producido sonrojo, aquí se tomó como un hecho normal. Pues bien, dimitido Dívar y puesto el Consejo ante la tarea de elegir un nuevo presidente, cuando por vez primera parece que no se está imponiendo ningún candidato oficial desde esferas ajenas a la propia judicatura resulta que el órgano de gobierno de los jueces no logra escoger un nombre entre todos los miembros d ela carrera judicial. Tan es así que una de las vocales, Margarita Robles, ha hecho público que el Consejo General del Poder Judicial está demostrando “cierto fracasoy dando una imagen de debilidad en estos momentos.

Realmente estamos ante una institución desconocida en gran número de países, siendo de hecho únicamente Italia quien posee un órgano similar, el Consejo Supremo de la Magistratura, de donde fue tomado por el constituyente español de 1978. Ahora bien, si los constituyentes deseaban garantizar con su creación la independencia del Poder Judicial la práctica de más de tres décadas de existencia ha revelado un profundo fracaso. Quizá sea ya la hora de acometer el listado de instituciones cuya supresión se hace cada vez más necesaria no sólo por criterios de ahorro económico, sino por simples criterios de utilidad. El Consejo General del Poder Judicial no ha servido para lograr los fines que su creación perseguía, sino todo lo contrario, ergo ha dejado de ser útil. Y carece de sentido prolongar artificialmente la vida de algo que ha dejado tiempo ha de ser útil. Quizá lo más generoso que se pueda decir hoy en día del Consejo General del Poder Judicial sean tres palabras: Resquiecam In Pace.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Opinión

Un comentario el “EL FRACASO DEL CONSEJO GENERAL DEL PODER JUDICIAL.

  1. Es que partimos de la falacia más falsa que hay: que es es el de la presunta independencia de los Jueces. Algo absolutamente falso pues no dejan de ser un apéndice del poder económico. Por eso son tan de derechas, con alguna excepción que es sacrificada de inmediato por intentar alterar el sacrosanto statu quo. Que conste que no lo digo yo, lo decía Marx hace 150 años. Quizás se equivocó con la doctrina comunista -algo cantado y contrario a la naturaleza e instinto codicioso del hombre- pero en cuanto a la descripción y funcionamiento de las superestructuras y metaestructuras del capitalismo, lo bordó. Cada día más vigente.

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