VIEJA POLÍTICA: DIAGNÓSTICO, RESPONSABLES Y REMEDIO SEGÚN ORTEGA

Vivimos unos tiempos en que la clase política se encuentra en total desprestigio a los ojos de la ciudadanía. A ese desprestigio ha contribuido la propia clase política, que ha degenerado en casta que se ha situado a espaldas de la propia fuente de legitimidad del poder, autoprotegiéndose en una especie de burbuja que le inmunice frente a todo tipo de ataque. La crítica a la clase política ha sido mutada por ésta de forma harto falaz en crítica al propio sistema cuando no a la propia idea de democracia. Cuestionar hoy en día el número de diputados, senadores, parlamentarios autonómicos, concejales o aspectos tangenciales como si deben o no percibir emolumentos por dedicarse al ejercicio de cargos representativos ha pasado a convertirse en algo tabú. A tal punto se ha llegado que la casta permite poner en cuestión el propio estado, instituciones tales como la Corona, pero jamás el número o retribución de parlamentarios.

Esta situación me ha traído a la memoria un artículo que, con el título Sobre la vieja política, publicase don José Ortega y Gasset en el diario El Sol el día noviembre de 1923, dos meses después de que Miguel Primo de Rivera y Orbaneja diese el golpe de Estado que le convirtió en dictador. Mucho se ha pontificado sobre el perjurio del monarca Alfonso XIII por aceptar dicha situación, olvidando que el noventa por ciento de la población compartía el desprecio a la élite política de la restauración, que había convertido el sistema político en un entretenido juego caciquil a repartirse entre las distintas banderías de los dos partidos dinásticos. A esa situación se refería precisamente Ortega en esa síntesis, cuyas ideas básicas podrían trasladarse a la España de hoy. He vuelto a leer detenidamente esta pequeña pieza del periodismo político español que se encuentra en el Tomo III de las Obras completas de don José que hace poco menos de diez años publicara la editorial Taurus en coedición con la Fundación Ortega y Gasset.

Pues bien, este artículo tiene como centro nuclear el que a su vez era el centro nuclear del pensamiento orteguiano: la existencia de una minoría selecta y culta que ha de prevalecer sobre la mayoría no tan preparada como esa élite intelectual (cuyo liderazgo pretendía nada modestamente atribuirse don José). El filósofo reconocía que en cuanto al grado de conexión del Directorio militar con la opinión pública era absoluto en cuanto a finiquitar la vieja política: “La masa española piensa, en efecto, que la culpa de los males patrios la tienen los políticos, y que, extirpados estos, el pueblo español vivirá feliz y en buen orden. Si el movimiento militar ha querido identificarse con la opinión pública y ser plenamente popular, justo es decir que lo ha conseguido por entero. Nada puede halagar tanto a la gran masa de españoles como que se les diga eso: que unas cuantas personas, con nombres propios y notorios, son los responsables de sus desventuras”. Pero don José era mucho don José, y junto a esa mayoría de la población están las élites intelectuales para las cuales el señor Ortega pide sean escuchadas, dado que son precisamente esas personas las más valiosas: “Todo esto está muy bien, y es perfectamente claro. Pero no lo es menos que España no se compone sólo de esa gran masa. Junto a ella, mejor dicho, frente a ella, existe una pequeña masa de españoles, una serie de reducidas minorías. Da la casualidad de que estas exiguas minorías se componen de los españoles más valiosos, de hombres con la conciencia sobremanera limpia y que, además, son en sus varios oficios, profesiones y clases lo que más honra a la raza. Estas minorías tienen también derecho a ser atendidas, siempre que sus opiniones y deseos sean razonables y aparezcan formulados con mesura”. Bien, ya tenemos formulada la dicotomía masa garrula/minoría culta. Entrando de lleno en el núcleo esencial del problema, esto es, la “vieja política”, resulta que don José identifica la misma con el propio ser nacional y responsabiliza de la misma a esa masa de garrulos (por tal los tiene don José, aunque no utilice tal palabra) del problema: “Advertencias de este linaje nos llevan a la convicción de que es completamente ilusorio reducir la vieja política a una detentación del Poder público por unos cuantos centenares de audaces. Si fuera esto, carecería de importancia, y hubiera sido muy fácil curar el mal. Mas es preciso reconocer con entereza la pura verdad: la vieja política era y es el sistema de gobernación que espontánea y entrañablemente corresponde al modo de ser de los españoles. Pensar otra cosa es ganas de hacerse torpes ilusiones y es, además la mayor falta de patriotismo: cobardía para mirar de frente la realidad nacional”. Ya tenemos el diagnóstico y nos queda por identificar al responsable, que para Ortega es precisamente el pueblo español, es decir, los gobernados. “La raíz y causa de todo el régimen estaba y están en los gobernados, no en los gobernantes. El cinismo, la desaprensión, la incompetencia, la ilegalidad, el caciquismo, etcétera, procedían, proceden y procederán de la gran masa que vive desde hace mucho tiempo, con anterioridad a la instauración de la vieja política, en un grado de desmoralización superlativo. Y lo más pernicioso que puede hacerse es halagar sus torcidos instintos, dándole a entender que ella es virtuosa y que sus males proceden de individuos determinados y, al fin y al cabo, sobresalientes.” Ya tenemos el diagnóstico y el responsable. Queda, pues, el remedio, y este no pasa por otra cosa que por la mutación de las costumbres del pueblo. “No es lo importante castigar los abusos de los gobernantes, sino sustituir los usos de los gobernados. Exactamente los mismos defectos que al aparecer en las funciones del Estado atribuimos a la vieja política los encontramos en todas las operaciones privadas de los ciudadanos […] No; la curación de España es faena mucho más grave, mucho más honda de lo que suele pensarse. Tiene que atacar estratos del cuerpo nacional mucho mas profundos que la política, la cual no representa sino la periferia y cutis de la sociedad”. En definitiva: la curación de España pasa por orillar al grueso de la población: “Para rehacer España es forzoso resolverse a no contar con el español medio. Solo una concentración de todas las minorías selectas que formen una legión sagrada y arremetan contra la masa –por supuesto, sin otras armas que la nuda y pura voluntad- puede hacer de la materia corrompida que es nuestra raza un nuevo Poder histórico”.

Como en tantas otras ocasiones, la vehemencia y elitismo de don José traicionaron su pensamiento. Pero es que, además, el tiempo ha demostrado lo erróneo de su tesis. Durante la transición fue precisamente una élite política la que implantó el sistema democrático e instauró un sistema de libertades pero, paralelamente, se autoprotegió y blindó de manera espléndida contra la masa. Desde entonces han pasado treinta y seis años, pero el problema de la vieja política persiste. No son pues, las minorías quienes tienen en su mano la solución, sino que precisamente esa minoría de políticos se han convertido en el problema, y como tal lo percibe la ciudadanía. Y lo realmente trágico es que la solución del problema pasa por el problema mismo. Ésta, y no otra, es la tragedia de nuestro país, de nuestro pueblo y de nuestra política.

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