NO SABEMOS CONVERSAR: DE LARRA A HOY PASANDO POR AZORÍN

Estos días me he puesto a leer con fruición un breve ensayo de apenas ciento cincuenta páginas del maestro José Martínez Ruiz, “Azorín”, que con el título Rivas y Larra, analiza con su peculiar estilo la obra de los dos grandes exponentes del romanticismo español: el poeta y dramaturgo frente al articulista. Me llamó la atención un párrafo de la página ochenta y uno de la obra (cito por la tercera edición publicada en la editorial Espasa Calpe, colección Austral). Azorín analiza la España de Larra de una manera harto peculiar: mediante un listado de vocablos ordenados alfabéticamente, desgrana a través de los artículos de Fígaro cómo éste veía tales conceptos en su tiempo. Llegamos a la palabra “conversación”. Azorín indica lo siguiente: “Aquí de nuestro querido amigo Xenius y de su bellísimo ensayo De la amistad y del diálogo. Los españoles, querido Xenius –estamos de acuerdo- no saben conversar. Lo que hacen es gritar y decir cosas desagradables unos de otros. El diálogo suave, placentero, intercalado de silencios henchidos de reflexión….¡eso no! Todo estrépito, barahúnda, brutalidades (que entre nosotros se llaman franquezas), carcajadas estrepitosas por donosuras insignificantes y gargajeos ruidosos”, afirmación que ilustra con citas extraídas del artículo de Larra La vida de Madrid.

Qué poco hemos cambiado en estos ya casi dos siglos que separan la vida de don Mariano José de Larra de la actualidad. Los españoles siguen, por lo general, sin saber conversar o dialogar. Basta para comprobar este aserto ver cualquier pseudotertulia que emita cualquier canal de televisión. Se verá que en el noventa por ciento de los casos personas de un nivel intelectual ínfimo pontifican urbi et orbi, sin importarles la veracidad o certeza de lo que manifiestan, e interrumpiendo a gritos a sus opositores. De esta manera no hay diálogo, sino pelea de gallos donde unos “contertulios” pisan a otros mientras piden tolerancia y respeto cuando les llega su turno. El rigor ha degenerado hasta extremos difíciles de tolerar; el turno educado y respetuoso ha descendido a peleas de gallos y el lenguaje límpido y ayuno de términos malsonantes se ha igualado en un ejercicio de la manolería mas zafia a jerga de la taberna de más baja estopa. Se crucifica socialmente al prójimo, siendo lo más triste que quien lo hace es el que debería cerrar más la boca.

En fín, la España de Fígaro. La España de hoy. Casi dos siglos nos separan y en algunos aspectos no hemos cambiado tanto.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Opinión

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