EL ASESINATO DEL ALMIRANTE CARRERO BLANCO.

Luis Carrero Blanco

El pasado lunes la primera cadena de Televisión Española emitía los dos capítulos de la miniserie “El asesinato de Carrero Blanco”, seguida de un documental sobre la vida del almirante. La serie estaba bastante bien realizada estéticamente y cuyo protagonista estaba magníficamente caracterizado. La realización, salvo algún que otro aspecto, me recordó en extremo el muy recomendable libro Carrero, las razones ocultas de un asesinato, que hace ya más de una década publicaron Carlos Estévez y Francisco Mármol en la editorial Temas de Hoy y que planteaba unos interrogantes sobre el magnicidio que, aún hoy, no han sido aclarados suficientemente. El asesinato tuvo lugar un día como hoy, un veinte de noviembre, en concreto a las nueve horas y veintiocho minutos del día veinte de noviembre del año mil novecientos setenta y tres. El autor de estas líneas contaba por entonces dos meses y medio de edad.

La familia del almirante Carrero está convencida de que si bien la banda terrorista ETA, que reivindicó el atentado, fue la mano ejecutora, hubo quienes desde la sombra guiaron y protegieron sus pasos. Así, es imposible que tres personas vinculadas a la organización se pasearan por la capital, cometieran errores garrafales que por mucho menos hubieran conducido a su detención y nada les ocurriese. Es impensable que (y así consta reflejado en la serie) cuando las fuerzas del orden tenían prácticamente consumado el cerco y captura de los terroristas una orden (que, según un testigo comunicó a los investigadores Estévez y Marmol “venía de arriba, de muy de arriba”) impusiese abortar la operación. Es difícil creer que la elaboración del túnel que tres personas realizaron en el semisótano de la calle Claudio Coello número 104 no despertase las sospechas no sólo por los ruidos, sino por el intenso olor a gas que la tierra desprendía y que impregnó incluso a los excavadores. Es chocante que pese a las continuas advertencias que desde la comisaría de Bilbao se hicieron a la Dirección General de Seguridad en relación a una acción directa y efectiva de ETA en la capital contra una alta personalidad (se barajaban los nombres del entonces príncipe Juan Carlos y del vicepresidente Carrero), se hiciese caso omiso desde las altas jerarquías. Pero si lo sucedido antes del atentado es chocante, lo que sucedió después es inquietante. Ni un solo control en las carreteras o en las fronteras, como lo prueba el hecho de que la hija del almirante, que se encontraba en Sevilla y que se desplazó urgentemente a Madrid al conocer el siniestro, se encontró en Barajas sin las más elementales medidas de seguridad; en las vías de comunicación entre las vascongadas y Madrid no existió ni un solo punto de control. Y lo peor de todo es lo ocurrido en la embajada española en Francia. Los servicios de seguridad franceses ofrecieron extraoficialmente (oficialmente el país galo no veía con buenos ojos el régimen franquista español, pero se trataba del asesinato del presidente del gobierno) a los españoles que extraoficialmente capturasen a los tres autores del atentado, que estaban identificados y localizados en el país vecino; el segundo de la embajada se lo comunicó urgentemente al embajador español, Pedro Cortina Mauri, quien no sólo no dio la más mínima importancia al asunto, sino que incluso llegó (aspecto éste no reflejado en la serie más que muy dulcificado) a abandonar la embajada para iniciar sus vacaciones, desobedeciendo una orden expresa del Ministro de Asuntos Exteriores (por entonces, Laureano López Rodo, hombre de confianza del almirante Carrero) en el sentido de permanecer en la embajada. A Cortina Mauri se le cesó en su puesto de embajador…..para ser nombrado nuevo Ministro de Asuntos Exteriores. Esa, entre otras cosas, fue la consecuencia del asesinato del almirante Carrero: finiquitar su línea de actuación mutando todo el gobierno en el que se encontraban personas abiertamente aperturistas como López Rodó y Fernández Miranda, quienes fueron abruptamente eliminadas de la primera línea política, catapultando a la presidencia a Carlos Arias Navarro, ministro de la gobernación (y máximo responsable, por tanto, de la seguridad del presidente del gobierno); el único ministro de Carrero que no había sido nombrado por éste, como lo prueba el hecho de que cuando Arias fue a darle las gracias a aquel por el nombramiento, la respuesta que obtuvo fue “dáselas al Caudillo”.

No obstante, con independencia de la opinión que uno tenga de Luis Carrero Blanco, hay algo que sí refleja la serie y que merece ser destacado: la austeridad espartana con la que conducía su vida. Vivía en un piso modesto, su escolta (como vicepresidente del gobierno y hombre fuerte del régimen) se limitaba a un policía de paisano, que se aumentó a dos cuando fue nombrado presidente en junio de 1973; ahorrativo hasta los tuétanos, reintegraba al tesoro las cantidades asignadas que le sobraban. También, cuando en familia comentaban el secuestro de un empresario por la banda terrorista, el almirante les soltó inesperadamente que “Si alguna vez me secuestran, no deis por mí ni un duro.” Quedará para la posteridad la serena imagen del presidente del gobierno en funciones, el asturiano Torcuato Fernández Miranda cuando, tras una agotadora jornada, manifestaba ante las Cámaras que “El odio puede soñar con posibles revanchas. Es inútil. Hemos olvidado la guerra en nuestro afán por construir la paz de los españoles. Pero no hemos olvidado ni olvidaremos nunca la victoria, que ha abierto el camino español de la paz y la justicia

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