LECCIONES DE LA HISTORIA: ARISTOCRACIA v. PLEBE EN EL OCASO DE LA REPÚBLICA ROMANA.

Senado romano

Corría el siglo I a.C cuando la república romana sufrió una crisis política sin precedentes. El gobierno de la república estaba monopolizado por la clase aristocrática, los optimates, un reducido grupo de familias que acaparaban los puestos en el Senado y en el consulado; cierto que existían órganos de representación de la plebe, como el tribunado, pero su papel en el seno de las instituciones había caído en franco desuso. Bastaba pertenecer a cualquiera de las familias patricias para que el vástago de cualquiera de ellas iniciase el cursus honorum que culminase en la más alta magistratura republicana: el consulado. Ahora bien, ese sistema entra en crisis cuando el reducido territorio de la urbe romana se extendió mediante procesos de absorción y conquistas dando lugar a un vasto conglomerado de provincias y protectorados, y, sobre todo, cuando a finales del siglo II y principios del siglo I a.C la Roma se vió amenazada por varias tribus germanas. Las familias patricias y todo el sistema ideado para que el gobierno republicano no escapase de las manos de los aristócratas entra en colapso. Es entonces cuando, muy a su pesar, Roma se vio obligada a confiar en una persona a la que despreciaba. Esa persona era Cayo Mario.

Mario, a quien las familias aristocráticas despreciaban abiertamente por su origen itálico y por hablar un deficiente griego, había nacido en Arpinum y desarrollado una más que exitosa carrera militar. Mario se había curtido, entre otros, en el sitio de Numancia, y había puesto fin de una manera brillantísima al conflicto que existía entre Roma y el rey Yugurta de Numidia. Mario era un brillante militar, pero no un político profesional; un hombre del pueblo, no de la élite aristocrática, pese a formar parte de ella por vía de matrimonio, dado que su mujer era de la gens Iulia, un clan aristocrático venido económicamente a menos y cuyo linaje se remontaba, según la leyenda familiar, a la propia diosa Venus. No obstante, la amenaza que supuso la invasión de las tribus de cimbrios y teutones y, sobre todo, el desastre militar de Arausio, donde la rivalidad por el mando entre dos familias patricias (entre ellas el cónsul Quinto Servicio Cepio, más preocupado por el enriquecimiento personal que por la salvación de su patria, como lo demuestra el hecho de que se dedicase a saquear la ciudad de Tolosa para hacerse con el oro que, según la tradición, reposaba en dicha ciudad) hizo que las estructuras políticas se tambalearan y se buscase la salvación en el hombre nuevo, en la persona que, sin ser aristócrata por familia, sí había logrado auparse única y exclusivamente a través de los méritos. En definitiva, era la hora de Cayo Mario.

Mario logró hacer de la necesidad virtud y logró lo que hasta entonces parecía imposible: ser elegido segundo cónsul para liquidar el conflicto númida con Yugurta y primer cónsul durante cinco veces consecutivas durante la amenaza de cimbrios y teutones. Mas, como decía el historiador español Antonio Blanco Freijeiro, un colega suyo no logró superar unas oposiciones a cátedra por atreverse a pronunciar una frase algo delicada: “Mario, como buen general, no tenía cabeza”. Frase algo injusta, pues existen generales de altísimo nivel intelectual, pero que aplicada al caso concreto de Cayo Mario revelaba algo mucho más evidente: Mario era una persona ideal y necesaria para salvar a Roma del desastre militar, pero carecía de las dotes para solventar la crisis política. Mario salvó a Roma, se convirtió en el primer hombre de Roma e incluso se le conoce como el tercer fundador de Roma, pero cuando en el último año de su consulado hubo de permanecer en la capital (en las ocasiones anteriores su presencia en el campo de batalla al frente de sus tropas hizo que fuese elegido in absentia), fue un auténtico desastre. El infarto que sufrió a finales del año 100 a.C hizo que renunciase a presentarse a un nuevo consulado. Mario desapareció brevemente de la primera escena política, pero su legado fue inmenso: supo catapultar a la primera escena de la política a personas no pertenecientes a ninguna gens aristocrática, y su reforma del ejército, abriéndolo a las masas populares y finiquitando el monopolio militar de los optimates, fue el primer paso para el ascenso de la plebe como fuerza política. La batalla que a continuación se planteaba entre aristócratas que buscaban consolidar el monopolio rector de la vetusta e inadecuada estructura política y los populares que pretendían acceder a más altos puestos quedaba planteada. Ello costó al pueblo romano una dictadura (la de Lucio Cornelio Sila, de la gens Cornelia, defensor de los privilegios de los aristócratas) y dos guerras civiles que finalizaron con la liquidación del régimen republicano y su sustitución por el imperial.

Existen muchos puntos de contacto entre la época final de la república romana y el actual. Monopolio del poder por la clase aristocrática (actualmente no existe aristocracia titulada, pero sí que existen linajes o gens políticas –los Pujol, los Chaves, los Pajín- que transmiten el monopolio político de padres a hijos; lo cual me sirve para reflexionar que muchos de quienes abominan del régimen monárquico son los creadores de auténticas dinastías monopolísticas de la res pública), búsqueda del enriquecimiento personal que prima incluso sobre la propia salvación de la patria (desgraciadamente la experiencia nos demuestra que el lamentable ejemplo de Quinto Servilio Cepio y el aurum Tolosanum no está ni mucho menos superado), y crisis de las estructuras que se demuestran arcaicas y superadas por la realidad social circundante, así como decadencia de la clase patricia y auge de las masas populares.

Lo único que es deseable es que el precio del auge de las masas, de esa auténtica “rebelión de las masas” que se está produciendo ante no ya el deterioro, sino franca y abierta degeneración de los políticos de uno y otro signo, no finalice con el mandato de otro Lucio Cornelio Sila y con el legado de conflictos civiles que ahogaron en sangre a la república romana. Eso sí, al igual que Marco Tulio Cicerón, esgrimamos el derecho a entonar en voz alta a nuestros más que indignos dirigentes “Quosque tándem abutere patientia nostra?

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de Monsieur de Villefort Publicado en Historia

3 comentarios el “LECCIONES DE LA HISTORIA: ARISTOCRACIA v. PLEBE EN EL OCASO DE LA REPÚBLICA ROMANA.

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