LOS RIESGOS DE LA DESCONTEXTUALIZACIÓN DE UNA OBRA.

La verbena de la Paloma

Toda obra es hija de su tiempo, ya sea la misma literaria, artística o de cualquier tipo. Ello incluye los textos legislativos. Cada norma ha de analizarse no sólo en virtud de su contenido material, sino del contexto histórico en el que la misma fue aprobada, porque sólo comprendiendo la realidad social que circunda la aprobación de una Constitución, de una ley o de una disposición general puede entenderse globalmente la misma. Es imposible interpretar en todo su sentido el texto constitucional de 1978 si uno no tiene en cuenta el momento histórico y las circunstancias político-sociales en las que se aprobó. Un estudiante que se adentre por primera vez a estudiar el Código Civil no podrá entender algunos de sus preceptos si no se le explica que fue aprobado en una época en la que la propiedad liberal era el centro del sistema económico. Uno no puede entender en su totalidad determinados textos sin adentrarse, aunque sea mínimamente, en analizar cómo, dónde y cuándo fueron aprobados. Lo mismo ocurre con cualquier tipo de obra literaria o artística. Es imposible que alguien pueda hacerse una idea de qué significó la primera parte del Quijote si no hace el esfuerzo de situarse en el contexto histórico-cultural de la España de comienzos del siglo XVII, como tampoco podrá entender La Regenta si no se sitúa mentalmente en la España del último cuarto del siglo XIX.

Viene toda esta larga disertación a cuento de una a mi juicio nefasta costumbre que está poco a poco abriéndose paso en el mundo actual, que es el de descontextualizar determinadas representaciones líricas disfrazando las mismas de “actualizaciones”. Recientemente podíamos ver cómo una puesta en escena de La verbena de la Paloma, venerable obra de Tomás Bretón y joya lírica de nuestro género chico, se hacía de una manera tal que su escenografía recordaba más a Trece rue del Percebe que al Madrid decimonónico, con lo cual buena parte de la letra sonaría extraña a oídos que prestasen mínimamente atención a lo que se decía. Otro desgraciado ejemplo de esta nefasta costumbre fue cierta representación de Il viaggio a Reims, ópera de Rossini ambientada en la Francia de 1825 y cuya puesta en escena se situó en el interior de un avión en los años cincuenta del siglo XX, con lo cual ya me podrán explicar cómo se cohonesta dicha situación con el grito final de todos los viajeros al entonar ese “Carlos X” a cuya coronación a la catedral de Reims se desplazan. Quizá el caso más sangrante fue una puesta en escena de una de las más bellas zarzuelas de Francisco Asenjo Barbieri, El barberillo de Lavapiés, ambientada en Madrid en 1777 donde el barbero Lamparilla (que fue paje de un obispo y criado de un bedel, y ranchero de un convento y criado de un cuartel, sastre cuatro días, monaguillo medio mes, y ni el mismo diablo “sabe lo que he sido y lo que se”) asiste impávido a los amoríos de dos jóvenes a quienes separa levemente la lucha política entre aragoneses y golillas, es decir, entre Aranda y Floridablanca; pues esta “novedosa” puesta en escena hace del barberillo un republicano con la bandera tricolor tatuada, con lo cual o bien se modifica la letra (pues las referencias a Floridablanca y Aranda pierden todo el sentido) con lo cual se adultera la obra, o bien se está cometiendo un disparate monumental.

No puede pretenderse descontextualizar una obra. Bien es cierto que existen temas, principios o ideas que subyacen en las mismas y cuya vigencia puede reputarse intemporal, pero cualquier tipo de manifestación artística siempre responde a unas coordenadas histórico-temporales muy concretas, y alterarlas supone mutilar la obra. Parece ser que poco a poco esta costumbre está ganando adeptos, pero mi humilde opinión es que con ello se está haciendo a la larga un grave daño a la obra representada.

En fin, que como sincero homenaje a la representación auténtica, encabeza este post la versión cinematográfica que de La verbena de la Paloma protagonizara en 1935 un inolvidable Miguel Ligero en el papel del boticario don Hilarión.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Opinión

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