LAS SANDALIAS DEL PESCADOR: PELÍCULA Y NOVELA.

Las sandalias del pescador

Es quizá un ejercicio muy deseable comparar la versión cinematográfica de Las Sandalias del pescador, film dirigido en 1968 por Michael Anderson, con la novela del mismo título que sirvió de base para la adaptación a la gran pantalla. El film de Anderson se centra mucho más en los aspectos visuales, puramente estéticos de la pompa y litúrgica vaticana así como el papel de la Iglesia en unos tiempos de crisis. La novela de West aborda en efecto el tema de la crisis política mundial, pero de adentra en aspectos mucho más concretos y que afectan a personas con nombre y apellidos.

Es curioso que el personaje del cardenal Lakota lo interpretase Anthony Quinn cuando el actor en quien originariamente se pensó para encarnar a dicho personaje fue el británico Rex Harrison, personaje que quizá se adecuara más a la descripción que de Lakota se hace en la novela (y a quien, por cierto, en el libro se le describe como portador de una barba que luce para ocultar las cicatrices que le ocasionaron los tormentos que sufrió durante sus diecisiete años de cautiverio en la Unión Soviética, lo que hace manifestar a otro personaje que estamos ante el primer Papa barbudo en muchos años), y sorprende no poco que se dotara de una relevancia absolutamente inusual al personaje de Kamenev, encarnado nada menos que por Lord Laurence Olivier, cuando en la novela el personaje que encarna jamás aparece físicamente, sino a través de cartas recibidas por el pontífice ucraniano, mientras que el presidente chino Peng (a quien encarna el actor Burt Kwouk, más conocido como el criado oriental del inspector Clouseau en los films de la Pantera Rosa) no existe en la novela ni tan siquiera como simple mención. Sin duda alguna el duelo interpretativo entre Quinn y Olivier eleva la intensidad de la película.

Como ya hemos indicado, el film combina aspectos puramente estéticos con un hecho general y dos historias personales. El hecho general es la crisis política derivada del problema de abastecimiento chino, ocasionando un clima de tensión política que presagia un conflicto bélico chino-sovietico con posibilidades de extenderse a nivel mundial. Las historias personales se centran en la relación de amistad-fraternidad que surge entre el cardenal Lakota (después elegido Sumo Pontífice con el nombre de Kiril I) y el joven sacerdote David Telemond, así como en el triángulo protagonizado por el periodista George Faber, su esposa Ruth y la joven Ciara. Pues bien, si la primera parte del film es impagable dado que describe de forma absolutamente visual el proceso que la curia vaticana sigue en el momento de fallecer el Papa hasta la elección del sucesor, lo cierto es que la misma es quizá la que más se aparta de la novela. El libro comienza con las palabras “el papa había muerto”, siendo así que el film incluso aventura la presencia del pontífice a quien Lakota sucede, que es encarnado por sir John Gielgud. La presencia de David Telemond (a quien por razones que se desconoce se muta el nombre, dado que en la novela se llama Jean) desde los mismos comienzos del film como la persona que se desplaza a Moscú a recoger a Kiril Lakota es invención de los guionistas que, por cierto, escamotean otro dato esencial: Telemond (una especie de Theilard de Chardin que pretende cohonestar la profundidad de la fe católica con los avances de la historia y la paleontología –es decir, aunar fe y razón-) pertenece a la orden de los Jesuitas, y tras veinte años de viaje por el mundo es llamado a Roma por el padre general Emmerich, y su aparición en el libro es bastante tardía, pues se introduce ya superada la primera mitad de la obra.

Si en la película llaman la atención la profunda resignación a la vez que el sentido de la realidad que emana el personaje de Kamenev en contraste con la profundidad de la fe arraigada en Kiril Lakota, la novela es mucho más rica en matices. Lakota nunca vacila en su fe, pero ésta no es quizá tan sólida en el libro como en la pantalla, mientras que Kamenev es la persona que pretende culminar su carrera dentro de la jerarquía comunista llevando al país a su culmen mediante un acto de audacia política sin límites: entrar en contacto informal con el presidente de los Estados Unidos (a quien en la novela se denomina simplemente “Robert”) a través del Sumo Pontífice Lakota. En este sentido, las cartas que al papa dirige Kamenev son ciertamente un ejemplo de audacia extrema combinada con un profundo sentido de la realidad.

Aún tratándose de una misma obra, la película no desmerece en nada la novela salvo, a mi juicio, en un aspecto: lo tocante al periodista George Faber, a quien en la película se presenta como un reportero de televisión casado con una doctora y a quien le presentan a una joven que en principio parece destinada a ser su amante. En la novela el conflicto es mucho más rico en matices, porque, para empezar, Faber es el decano de los periodistas, no está casado pero sí viviendo una aventura con la joven Ciara, joven casada con un ministro de la República italiana de quien se pretende alejar solicitando de los tribunales eclesiásticos la nulidad matrimonial basándose en que su marido nunca tuvo intención de consumar el matrimonio al ser un reconocido sodomita. La riqueza de esta trama secundaria de la novela , los esfuerzos de Ciara por liberarse de las ataduras del matrimonio, unidos a los deseos de Faber de acelerar la disolución de dicho vínculo para poder contraer matrimonio con la joven mientras mantiene una profunda amistad con una joven doctora, es uno de los puntos más destacables de la novela.

Con todo, es aconsejable tanto la lectura de la novela como la visión de la película. A mí, personalmente, hay una escena que, aunque recogida de forma expresa en la novela, en la película cuentan con matices novedosos que agigantan la personalidad del cardenal Lakota. Me refiero a la “escapada” del pontífice Kiril I del Vaticano para recorrer la noche romana vestido con una simple sotana de sacerdote. Es entonces cuando acude a la humilde vivienda de un moribundo. Cuando le da la extremaunción y en la familia le dicen que son judíos, el “hombre de la sotana” (como jocosamente se refiere el papa Kiril I a sí mismo en esta breve escapada) entona un cántico judío al que se unen todos los presentes. Tan sólo por ver esa escena y la soberbia interpretación de Quinn merece la pena visionar esta película.

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