CUARENTA AÑOS SIN JOHN FORD (III – FINAL)

The quier man

De las cuatro últimas películas emitidas por el canal TCM para conmemorar el cuadragésimo aniversario del óbito de John Ford me he perdido una, Caravana de paz, por lo que limitaré mi análisis a las tres restantes. Con ello finalizamos los post que durante este vacacional mes de agosto hemos dedicado a este genial cineasta.

1.- El delator (1935). En una oscura noche dublinesa cuya neblina la asemeja a un Londres cuyas tropas deambulan por Irlanda, un fornido pero algo retrasado irlandés, Gypo Nolan, desesperado por la falta de dinero y ansioso por sacar de la miseria a la chica a quien ama, en un rasgo de desesperación denuncia a su íntimo amigo, Frankie McPhillips, ante la policía inglesa. Cuando McPhillips es abatido a tiros ante los desesperados ojos de su hermana y de su madre, los miembros del I.R.A. encabezados por Dan Gallager tratan de identificar al delator. Gypo, arrepentido, trata de ahogar sus penas en juergas nocturnas aderezadas con alcohol y rodeado por personajes de la más baja estofa que no dudan de aprovecharse del escaso intelecto y el continuo estado etílico de Nolan. Esta cinta supuso sendos premios de la Academia tanto para John Ford por su dirección como al genial Victor McLaglen en su magistral interpretación de la patética figura de Gypo Nolan. La escena final en una iglesia católica a la que la madre del abatido McPhillips acudía a diario es sencillamente magistral.

2.- El fugitivo (1947). Uno de los proyectos más personales de Ford era precisamente la adaptación de la novela El poder y la gloria, de Graham Greene, para lo cual se rodeó de un reparto de habituales, encabezado por Henry Fonda y Ward Bond. En un país sudamericano sin identificar en el que la religión ha sido oficialmente proscrita y todos los ministros de culto de dicha confesión religiosa asesinados, un sacerdote católico cuyo nombre no llegaremos a conocer (encarnado por Henry Fonda) acude en solitario y oculto a su vieja iglesia. El sacerdote se debate entre el miedo físico inherente a todo ser humano y el cumplimiento de sus deberes como ministro de culto. Perseguido de forma inmisericorde por el ejército del país en general y por el teniente del mismo en particular (papel este último interpretado por Pedro Armendáriz), que ven en este único superviviente de la matanza de sacerdotes a una amenaza a la estabilidad, el fugitivo ve cómo sus esperanzas de salvación disminuyen cuando voluntariamente rehúsa tomar el barco que le conduciría a la salvación para suministrar la extremaunción a un feligrés que agoniza. Hasta en dos ocasiones, pese al conflicto interior que pesa sobre el personaje, sus obligaciones como sacerdote priman sobre los instintos de salvación. Pero el ejército no cesa en su persecución……..

Pese a la magistral aunque algo afectada interpretación de Fonda, la bellísima fotografía en blanco y negro (el plano inicial del fugitivo abriendo la puerta de su antigua iglesia, proyectando en sombra sobre el suelo la señal de la cruz) la cinta fue un auténtico fiasco comercial que obligó a John Ford a volver al terreno que mejor conocía, el western. Como dato anecdótico, en la escena final de la película, un grupo de fieles reunidos en la iglesia reaccionan con temor cuando alguien llama a la puerta del templo y, al abrir la misma, indica: “Soy el padre Serra, el nuevo párroco”, del cual únicamente podemos ver la silueta porque la luz sita a sus espaldas impide ver su rostro; el actor que interpretó al padre Serra en esta breve aparición hizo con ella su debut cinematográfico en lo que fue una larga y exitosa carrera en la que curiosamente llegaría a protagonizar un largometraje con Henry Fonda: se trataba nada más y nada menos que de Mel Ferrer.

3.- El hombre tranquilo (1952). No se trata de una película más, sino de la película por excelencia y la quintaesencia del cine de Ford en lo que fue un canto a la belleza de su tierra irlandesa y a las costumbres ancestrales de dicho país. Podemos decir sin temor a equivocarnos que se trata de una cinta familiar, pues el director se rodeó de su equipo de actores de confianza como John Wayne, Maureen O´Hara, Victor McLaglen, Ward Bond y Barry Fitzgerald, siendo los secundarios e incluso los figurantes personas que por familia o por trabajo se encontraban vinculados con los protagonistas, pues Arthur Shields (que interpreta al protestante reverendo Playfair) era hermano de Barry Fitzgerald; James O´Hara, que interpreta al padre Paul, era hermano de la actriz protagonista; el anciano barbudo de iracundo genio es Francis Ford, el hermano mayor del director y los niños que rodean a Maureen O´Hara en la escena de la carrera de caballos son en realidad los hijos de John Wayne.

El argumento del film no puede ser más sencillo: la tranquila rutina del idílico pueblecito irlandés de Innisfree se ve alterada por la aparición de un americano, Sean Thornton, quien pronto se revela como un vecino de la aldea de la cual había emigrado siendo niño. Al comprar Blanca Mañana, la casita en la que había nacido, se gana la enemistad de Will Danaher (Victor McLaglen), hermano mayor de Mary Kate Danaher (Maureen O´Hara) de la que Thornton se enamora, irritando aún más al fornido cacique local. La lucha entre dos culturas, la americana en la que se crió Thornton, mucho más abierta y tolerante que la irlandesa con sus arraigadas y algo anticuadas costumbres (la solicitud de permiso para la boda ante los familiares de la novia, el cortejo en público, la dote) es el leit motiv de la película, que podría resumirse como la lucha de un extraño por ser aceptado en la comunidad. Estamos ante una cinta que puede verse muchísimas veces sin perder ni un ápice de frescura, y que mezcla de una forma magistral comedia, drama, aventura para culminar en una gloriosa pelea que, como indica uno de los personajes, “por verla habría viajado kilómetros.” Curiosamente, para uno de los personajes más despreciables, aunque inofensivos, de la cinta Ford eligió denominarle con su propio apellido, O´Feeny. Con todo, y dicho sea animus iocandi, esta joya del séptimo arte, contiene algunas líneas e incluso algunas escenas que seguramente hoy no pasarían en nuestro país la ley de igualdad de género. Así, por ejemplo, Sean Thornton se refiere a Mary Kate Danaher como “mujer de la casa”; la necesidad del consentimiento del hermano mayor para la celebración del matrimonio (“no hay permiso, no hay boda”), o la divertidísima escena en la que el duque arrastra a su esposa hacia las posesiones de su hermano ante la mirada atónita de todo el pueblo, y donde una mujer se acerca a Thornton para ofrecerle “un palo para pegar a su encantadora esposa”.

El hombre tranquilo, un título que ningún aficionado al séptimo arte debería dejar de ver cuando menos una vez al año.

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