LA DOCUMENTACIÓN PRIVADA DE LOS JUECES ESTADOUNIDENSES Y SU PAPEL COMO FUENTE DE CONOCIMIENTO

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Uno de los elementos esenciales para conocer el funcionamiento interno del Tribunal Supremo de los Estados Unidos es la documentación personal de los magistrados que en cada momento histórico han integrado el mismo. En efecto, téngase en cuenta que las deliberaciones de los nueve jueces tienen lugar en el seno de la denominada Conference room, donde no se permite el acceso a nadie más que los magistrados, de tal modo que lo que allí ha tenido lugar sólo puede trascender bien porque alguno de los participantes en la deliberación accede a descorrer el tupido velo alzando el secreto hasta entonces existente o bien porque en fecha más tardía el acceso de los estudiosos a los papeles privados del juez con sus anotaciones personales le permiten intuir lo que ocurrió en el sanctasantorum del máximo órgano federal estadounidense. El proceso de redacción de la sentencia es algo más público, porque los borradores iniciales de sentencia (drafts) y los informes que los jueces puedan hacer a los mismos (memos), pueden caer en manos de secretarios o letrados del tribunal (law clerks) que por lo general son menos propensos al secretismo y algo más locuaces.

Unos de los primeros en utilizar este tipo de material fueron Bob Woodward y Scott Armstrong en el clásico The brethren, donde ponían como chupa de dómine al por entonces chief justice Warren E. Burger, a quien se retrataba como una especie de snob incompetente que no dudaba en saltarse las reglas internas del organismo para intentar mantener el control de situaciones que le desbordaban. El libro, cuya primera edición data de 1979, tiene un curioso origen, ya que la fuente primordial del mismo, el garganta profunda en este caso fue el magistrado Potter Stewart, absolutamente enojado con la forma en que Burger estaba gestionando el funcionamiento del Tribunal Supremo. Potter Stewart había sido un serio candidato a suceder a Earl Warren como chief justice tras la renuncia de éste en 1969, pero Stewart se autoexcluyó por motivos familiares, no deseando verse sometido a una exposición demasiado pública que el carácter mediático del cargo llevaba necesariamente. Sin embargo, las continuas maquinaciones de Burger, las sucesivas mutaciones que éste hacía en la emisión de voto para mantener el control de la asignación de ponentes (recordemos que el chief justice es quien designa al magistrado que elabora la sentencia salvo que aquél se encuentre en la minoría, en cuyo caso es el juez más veterano de los que integran la mayoría quien lo hace), le llevaron a aproximarse a Woodward, muy en boga por ser uno de los dos periodistas que investigaron la trama que acabó destapando el caso Watergate, para exponerle lo que estaba ocurriendo en el seno de la institución. Woodward fue seguido poco después por el tristemente desaparecido Bernard Schwartz, quien en sus tres tomos dedicados a las Unpublished opinions de los Tribunales Warren, Burger y Rehnquist utilizaba documental privada de los jueces para evocar el proceso decisorio de determinados casos y cómo, en algunas ocasiones, la sentencia final era radicalmente contraria al borrador inicial de la misma. En los últimos años, autores como Jeffrey Toobin, en sus libros The nine y The oath, así como Marcia Coyle en su reciente The Roberts Court, han continuado la senda iniciada por Woodward y Armstrong. Incluso propios magistrados como el chief justice William Rehnquist o el juez Stephen Breyer han publicado obras que con cuentagotas añaden interesantísimas y personales observaciones sobre el tema.

La documentación privada de los magistrados se revela, pues, como algo esencial, aunque no siempre el tema de ofrecer el acceso a dicho material estuvo exento de polémica. El veterano Hugo Black al publicarse la documentación privada de un antiguo colega quedó tan impactado al saber que éste, a quien creía un amigo, en realidad no lo podía ver ni en pintura, que poco antes de morir ordenó a su hijo Hugo jr que destruyese todos los papeles relativos a sus años como juez del Tribunal Supremo, cosa que efectivamente se consumó, o al menos eso cuentan Woodward y Armstrong, aunque, como veremos, parece que no toda se perdió en dicho holocausto documental. La decisión del veterano William Brennan de garantizar acceso ilimitado a sus archivos privados preocupó tanto a algunos de sus colegas que el por entonces chief justice William H. Rehnquist (gran amigo de Brennan pese a que su ideario era francamente opuesto) se vio obligado a dirigir a su amigo una misiva poniendo de relieve tal preocupación, algo que no arredró a Brennan en su decisión.

Hoy en dia, los papeles de muchos de los jueces que integraron el Tribunal Supremo se hallan depositados en diversas instituciones y son plenamente accesibles a los estudiosos, investigadores y al público en general. Incluso algunos de ellos se encuentran ya totalmente digitalizados y accesibles a través de internet. Es por ello que el lector interesado puede encontrar en la siguiente página los enlaces a la ubicación (física y virtual) de los archivos privados de los jueces del Tribunal Supremo. Como se verá, entre ellos se encuentra Hugo L. Black, cuya documentación se encuentra en la Biblioteca del Congreso, y donde, según se indica en la ficha informativa, no sólo abarca aspectos personales, familiares y relativos a su etapa como senador de los Estados Unidos, sino incluso la referente a las treinta y cuatro primaveras que actuó como juez del Tribunal Supremo.

Una fuente, pues, imprescindible para conocer no sólo la personalidad de cada uno de los magistrados de la más alta institución federal estadounidense, sino para penetrar en el círculo interior de la institución e incluso para un estudio de la evolución jurídica del derecho norteamericano e incluso del proceso deliberativo interno de la resolución judicial.

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