RAMIRO DE MAEZTU Y SU “DEFENSA DE LA HISPANIDAD”. EVOCACIÓN CON MOTIVO DEL DOCE DE OCTUBRE

Ramiro de Maeztu

Madrid, 15 de diciembre de 1931. En las páginas de la revista Acción Española se publicaba un artículo del vitoriano Ramiro de Maeztu, que comenzaba con estas palabras: “España es una encina media sofocada por la yedra. La yedra es tan frondosa, y se ve la encina tan arrugada y encogida, que a ratos parece que el ser de España está en la trepadora, y no en el árbol. Pero la yedra no se puede sostener sobre sí misma. Desde que España dejó de creer en su misión histórica, no ha dado al mundo de las ideas generales más pensamientos valederos que los que han tendido a recuperar su propio ser”. En esa misma publicación fue dando a la luz poco a poco una serie de artículos que fueron ulteriormente recopilados con el título Defensa de la hispanidad. En ellas sostenía Maeztu la tesis central que España comenzó su decadencia cuando dejó de creer en sí misma, cuando abandonó modelos propios y en su lugar importó doctrinas foráneas. La idea coincide en parte con las tesis de Ortega (téngase en cuenta que éste fue influido por las tesis de Maeztu en varios puntos), es decir, que lo característico de una nación es la existencia de un proyecto de vida en común, proyecto que según Maeztu se habría perdido al apartarnos del ser tradicional patrio, cual fue el abandono de la religiosidad católica, y como tal la obra considerada en su globalidad es un canto a los siglos de oro españoles, una acerva crítica al siglo XVIII y, sobre todo, una reivindicación de un concepto clave y básico como es el de hispanidad. Aunque este concepto suele vincularse a Maeztu, en realidad no fue el vitoriano quien lo inventó, mérito éste que corresponde al sacerdote vasco Zacarías de Vizcarra, quien lo introdujo en un opúsculo publicado en Argentina en 1926, siendo en este país donde probablemente Maeztu entró en contacto con tal idea, dado que durante un par de años, entre 1928 y 1930, don Ramiro desempeñó el cargo de embajador del reino de España en la república Argentina. Seis años después, Ramiro de Maeztu caería asesinado el 29 de octubre de 1936 víctima de una de las innumerables partidas de distinto signo que pululaban por el Madrid revolucionario, por el único delito de ser católico y conservador. Quienes continuamente vuelven la vista atrás buscando el fantasma de García Lorca (trágica y vilmente asesinado en Granada víctima de una lucha de poder entre la CEDA y la Falange –no olvidemos que la familia Rosales, que había ocultado al poeta en su casa, estaba afiliada en pleno a la Falange y Luis Rosales hizo lo posible y lo imposible por salvar la vida de su amigo-) debieran recordar el trágico final de Ramiro de Maeztu, o el de su amigo y correligionario Víctor Pradera, este último aún más doloroso dado que junto a él se asesinó a su hijo primogénito única y exclusivamente por llevar el apellido Pradera y ser hijo de quien era.

Dado que mañana día 12 de octubre es el día de la hispanidad, quisiéramos aprovechar tal circunstancia para evocar la figura de uno de los grandes nombres del periodismo político español y una de las mentes más brillantes; no en vano Inman Fox, en la breve introducción a los artículos que Maeztu publicara durante sus primeros años como periodista (1897-1904) indicaba que tan sólo Miguel de Unamuno y José Ortega y Gasset pudieran superar a Maeztu en cuanto a la profundidad de pensamiento. Aunque hace ya cuatro años intentamos una breve evocación del personaje, conviene insistir en una idea central que recorre toda la trayectoria vital de Maeztu y que permanece inalterable pese a sus mutaciones ideológicas: la modernización e industrialización de España, circunstancia ésta que se encuentra formulada expresamente en Hacia otra España y subyace claramente en Defensa de la hispanidad. La única diferencia es el papel del factor religioso en ese proceso. El Maeztu regeneracionista se aparta de sus compañeros de generación; mientras éstos se centran en cantar las bellezas del sobrio paisaje castellano y de sus gentes, Maeztu contempla extasiado el paisaje industrial de Bilbao, sus chimeneas, sus minas, sus fábricas, a la vez que llama a la colonización de la meseta castellana. Son los años de sus “barbaridades” juveniles, del darwinismo social, en los que únicamente concede un papel preponderante al capital industrial que permita el establecimiento de industrias productivas que saquen a España del marasmo económico en que se encuentra. Remover todos los obstáculos que dificulten ese fin es la obsesión de Maeztu, y entre esos obstáculos se encuentra la Iglesia, mas no como ideología o confesión religiosa, sino como detentadora aún de un notable poder económico que hay que limitar. Pero la constante evolución de Maeztu, desde estos años iniciales de identificación expresa con el socialismo (al que, pese a todo, reprochaba su excesivo desapego respecto de los intelectuales) e incluso de lecturas anarquistas (con artículo dedicado al “príncipe Kropotkin” incluido), poco a poco, sobre todo tras su paso por la capital del Imperio británico y sus años de corresponsal de guerra en el conflicto bélico de 1914-1918, el papel de la religión va poco a poco introduciéndose en su pensamiento. Maeztu continúa abogando por ese crecimiento y colonización industrial, pero no a cualquier precio y por el simple objetivo del implemento económico: la riqueza debe estar subordinada a una finalidad concreta, y esa es la preservación de los valores que hicieron grande a la patria española, que en sus últimos años el vitoriano identificaba con esa misión común que en la época de los Reyes Católicos y de los Austrias guiaron la estrella hispana y su mundo, esa hispanidad a la que canta en su último libro. Porque Maeztu, pese a nacer en las Vascongadas y cantar la belleza de su tierra natal y de sus gentes (como hiciera también otro vasco ilustre y profundamente español, don Miguel de Unamuno, en los artículos que recopilaría en el libro De mi país) siempre se sintió profundamente español y se mostró abiertamente crítico con los movimientos nacionalistas.

Por cierto, que la Defensa de la hispanidad tuvo un lector muy especial, situado ideológicamente en las antípodas de don Ramiro, pero a quien las reflexiones de éste impresionaron de tal forma que incluso tomó la pluma para dirigirle una carta felicitándole por la obra. Ese lector se llamaba Antonio Machado. La carta la reproduce Federico Suárez en la extenso estudio preliminar que precede a la edición de Defensa de la hispanidad editada por Rialp en 1995.

Sobre Ramiro de Maeztu pesa una losa de silencio tan pesada como inmerecida. Autores que no llegan ni con creces a alcanzar la intensidad y profundidad del vitoriano cuentan con ediciones de sus obras completas y con estudios biográficos más o menos afortunados. Maeztu únicamente contó con el ensayo biográfico de Vicente Marrero que databa de ¡1955! (una obra imprescindible y muy completa, pero con un enfoque que distorsiona la figura del biografiado) y únicamente con la publicación de la biografía que en 2003 le dedicara Pedro Carlos González Cuevas y editada en Marcial Pons, podemos decir que Maeztu cuenta con ese estudio biográfico que permite entender mejor su vida. Su obra continúa dispersa: muchos de sus artículos continúan perdidos en las hemerotecas; las ediciones de sus obras (recopilatorias por temas) las hizo Editora Nacional en los años sesenta, con un intento de agrupación más extenso en el grueso volumen que con el título de Obra se publicó en 1974 coincidiendo con el centenario de su nacimiento. En los años noventa fueron reeditadas únicamente Hacia otra España, La crisis del humanismo y Defensa de la hispanidad. Ya es hora de que desde instancias oficiales o desde editoriales privadas se haga un esfuerzo por recopilar toda la obra de quien fuera uno de los titanes de la generación del 98 y uno de los grandes periodistas políticos españoles.

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