MEMORIAS ESCOLAPIAS DE UN ALUMNO INQUIETO (1967-1980): EJERCICIO EVOCADOR DE JOSÉ RAMÓN CHAVES.

Memorias escolapias

Los libros de memorias o recuerdos pueden dividirse, en líneas generales, en dos grandes bloques. Aquéllos que, so pretexto de exponer la propia trayectoria vital, pretenden ser además memoriales autojustificativos o defender ante el público y/o la posteridad determinados comportamientos del autor; el ejemplo más claro de esta clase de recuerdos serían las Memorias críticas y apologéticas que, desde su exilio parisino redactó don Manuel Godoy y Álvarez de Faria. Pero existen otra clase de libros en los cuales lo de menos es la trayectoria vital del narrador, que éste utiliza como simple excusa o motivo para describir el ambiente político-social de un momento histórico concreto, y donde la personalidad del autor se diluye en un colectivo mucho más amplio; las Memorias de un setenton de don Ramón Mesonero Romanos son un buen ejemplo de esta otra clase de recuerdos.

La reflexión anterior viene al caso de la reciente publicación del último libro de José Ramón Chaves García, titulado Memorias escolapias de un alumno inquieto (1967-1980), que además el autor ha tenido la generosidad de ofrecernos de forma gratuita a través de internet y que ha presentado recientemente en una entrada de su blog. Se trata de un librito moderadamente breve y, por tanto, puede leerse de un tirón, a lo que ayuda y no poco el estilo ágil, ameno, divertido y agridulce que salpimenta todas y cada una de sus ciento setenta y nueve páginas. En este libro, que entra de lleno en la segunda clase de obras a las que nos hemos referido en el primer párrafo, la personalidad de José Ramón Chaves pierde su individualidad en beneficio de un colectivo más amplio, en concreto el  de alumnos del Colegio Loyola de Oviedo. Pero si me apuran, más que describir la intrahistoria de un centro educativo, en realidad la obra es un auténtico fresco de la vida de unos niños que despiertan a la adolescencia en aquella España del tardofranquismo, de tal manera que para quien haya vivido o conocido aquel ambiente sumergirse en sus páginas supone hacer el mismo viaje que el protagonista de la serie Life on Mars, aunque sin el desplazamiento físico en el tiempo. Su utilidad es, por tanto, impagable para toda clase de público: para quien haya conocido aquéllos tiempos y desee hacer un ejercicio de nostalgia, sin duda pasará un buen rato evocando las experiencias del joven Chaves; por el contrario, las nuevas generaciones que han nacido en un mundo dominado por la tecnología y no hayan conocido la escuela de antaño puedan sentir por un momento el encanto de los pupitres escolares, las pizarras, las tizas y los libros de texto. Como si de un largo traveling cinematográfico se tratara, y de una forma bastante parecida al comienzo de La voluntad, de Azorín, el autor pasa de describir la sociedad de la época (capítulo primero) para acercar un poco más el zoom de su cámara y describirnos físicamente el centro escolar (capítulo segundo) y entrar ulteriormente de lleno en el ambiente educativo de la época en todos sus aspectos. Nada escapa a la visión del autos, que se adentra en ese microcosmos educativo infantil y juvenil con la mirada serena que dan los años de la madurez; es más, el autor ha sido tan intelectualmente honesto que no recata en exponer algunas de sus travesuras, que no describo a fin de animar al lector a que las descubra por sí mismo.

Pero hay algo que me ha llamado la atención, y es que en este breve ejercicio de evocación literaria, el autor aprovecha para hacer algún comentario que, aun expuesto de forma muy sibilina, nos permite reflexionar acerca del mundo educativo del hoy y de las enormes carencias que existen en pleno siglo veintiuno a pesar de todos los avances tecnológicos y legislativos. Por ejemplo, cuando describe el ambiente de las clases con una brillantísima comparación que finaliza en una docta lección de comportamiento infantil y adulto: “Los alumnos nos encerrábamos en las aulas como las fieras con el domador. El espectáculo de cada clase duraba una hora, y a la jaula entraba otro domador con otra técnica. En unos casos, los mimos y en otros, el látigo. De igual modo, había fieras dóciles y salvajes. Pero nunca se superaban las líneas rojas pues se mantenían en las aulas unas reglas básicas de respeto que jamás se sobrepasaban”, algo que debe sonar extraño en un mundo como el actual donde las líneas rojas tiempo hace se han sobrepasado por parte del alumnado con la complicidad de una casta política que, merced a una equivocada concepción de la libertad, ha pretendido imponer en las aulas una peculiar ley de la selva donde no siempre impera el más fuerte; los niños son niños y, por ende, traviesos por naturaleza, pero la diferencia entre la sociedad de entonces y la de hoy es que si Chaves puede decir que “Las burlas sobre algunos profesores, que las había, eran planteadas con caballerosidad y sin pretensiones de humillación. La finalidad era divertirse y no dañar a nadie […] Lo excepcional era el desafío frontal al poder establecido. No recuerdo forcejeos ni agresión física a profesor alguno. Tampoco actitudes de desobediencia chulesca”, hoy en día en pocas ocasiones podría hacerse extensiva esta reflexión a las burlas de los escolares de hoy, donde en muchos casos degeneran en auténticas afrentas personales hacia los docentes que, además, en no pocos casos cuentan con el apoyo incondicional de los progenitores, que siempre excusan a los retoños. Es maravillosa la enumeración y descripción de cada uno de los castigos físicos que por entonces se imponían a los churrumbeles (“capón, pescozón, torta y bofetón”) que de ser aplicados hoy en día por cualquier docente en incluso en su versión más dulcificada mejor sería para el hacer la maleta y salir corriendo del país, porque caerían sobre él todo el peso de la Administración educativa en su doble vertiente de Inspección educativa y sanción disciplinaria, y ello si no alcanza cotas más graves e interviene la severísima Fiscalía General del Estado señalando con el dedo acusador al peligroso delincuente y al Poder Judicial castigando con dureza tamaña felonía. El propio autor, en las líneas finales, tras exponer crudamente esa etapa con sus luces y sus sombras, indica que su experiencia personal “nada que ver con la fantasiosa y torcida imagen ofrecida por la película La Mala educación (Pedro Almodovar) que quizá represente algún caso aislado de alguna mala experiencia de la época, pero desde luego, distinta y distante de la etapa que viví en el Loyola”.

El gravísimo problema que aqueja actualmente la educación española viene de un doble frente: el familiar y el legislativo/social. El más grave es el primero porque los centros educativos tienen como misión principal enseñar, es decir, impartir unos conocimientos, mas no educar, misión ésta que corresponde en su mayor parte al núcleo familiar; más cuando este se resquebraja o sus miembros abdican abiertamente de esa misión haciendo dejadez de las funciones inherentes a todo progenitor, el resultado es el que es y no puede ser más triste. De otro lado, el frente legislativo/social no puede ser más desalentador. En un país donde desde la desgraciada LOGSE cada gobierno ha traído bajo el brazo su propia reforma educativa, exclusiva y excluyente (y, por cierto, cada una peor que la precedente) mientras que los resultados no son todo lo bueno que debieran, pues blanco y en botella. Y se llega a aspectos tan grotescos como a disfrazar hechos negativos con eufemismos tan hilarantes como intolerables bajo la falaz escusa de no herir sensibilidades; quienes ya rondamos la cuarentena hemos recibido algún que otro bofetón en la escuela, hemos sufrido castigos físicos y no físicos, hemos regresado a nuestros hogares cargados con una pesada maleta llena de libros y cuadernos donde teníamos que realizar para el día siguiente deberes de cada una de las asignaturas, amén de verificar cómo en las clases había alumnos listos y tontos (en algún caso, a los últimos se les calificaba de “burros” -quien más quien menos todos hemos escuchado alguna vez a nuestros padres y profesores decirnos cuando éramos pequeños: “¡Qué burro eres!“) y en modo alguno ello nos ha causado ningún trauma ni nos ha impedido culminar nuestra formación. Ahora los castigos tanto en su vertiente física como no física son intolerables, los deberes son una carga inasumible por el alumnado y desde los propios centros se está fomentando su eliminación, y las expresiones “torpe” o “burro” han sido desterradas del lenguaje educativo al ser presuntamente denigratorias, por lo que han sido sustituidas por otras mucho más acordes con los tiempos, tales como “rendimiento inadecuado”, “insuficiente desarrollo curricular” o la muchísimo más divertida “programa de ayuda a la diversidad” .

Es, pues, más necesario que nunca echar la vista atrás y ver qué cosas merecen la pena ser conservadas y cuales no. Por ello, y porque el lector disfrutará enormemente con este libro magníficamente escrito, merece la pena leer este libro de José Ramón Chaves.

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Un comentario el “MEMORIAS ESCOLAPIAS DE UN ALUMNO INQUIETO (1967-1980): EJERCICIO EVOCADOR DE JOSÉ RAMÓN CHAVES.

  1. “Los deberes son inasumibles para el alumnado” A ver aclaremos: soy padre y te pùedo asegurar que me paso mas de 3 horas haciendo deberes con mi hija, que sale a las 5 del centro escolar y ya ha hecho una hora de deberes en el centro. Una autentica salvajada que viene a revelar la incompetencia de algunos profesores.. Y digo alguno porque los buenos profesores no ponen deberes o muy pocos.En fin, en Francia, país con una excelente educación pública, los deberes para casa están prohibidos.

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