“EL CLAVO: CAUSA CÉLEBRE”: NOVELA Y PELÍCULA.

El clavo

Es imposible condensar en unas breves páginas novela costumbrista, relato de viajes, lances amorosos, investigación policial y causa judicial. Pues bien, Pedro Antonio de Alarcón lo hace con notable maestría en su novela corta El clavo: causa célebre, que el autor asegura ser verídica. La obra se escribe en primera persona y el narrador, que responde al nombre de Felipe, inicia su relato en el viaje que realiza en una diligencia en la medianoche de uno de aquellos días de mediados del siglo XIX. Orillemos los aspectos puramente de intriga amorosa propia de la novela rosa para centrarnos en el encuentro esencial del narrador con su amigo Joaquín Zarco, juez de primera instancia en un pequeño pueblo. Los dos, Joaquín y Felipe, han sufrido un aparente desengaño amoroso por sendas mujeres misteriosas. Pero el núcleo de la trama, hasta este momento propia del costumbrismo decimonónico mezclado con el relato folletinesco, da un giro cuando en uno de los paseos por el cementerio del pueblo, descubren cómo el sepulturero está desenterrando varios cadáveres para hacer sitio a otros nuevos, y es en ese momento cuando en el juez Zarco descubre un clavo incrustado en la sien de una calavera. Joaquín Zarco se sobrepone y, como juez, constata la existencia de una muerte por asesinato y hace cuestión de honor descubrir a la víctima y al culpable. Y, en efecto, Zarco impulsa el procedimiento con una celeridad encomiable y, con poquísimos datos y escasísimos indicios logra descubrir la identidad de la víctima y de su presunto asesino. Pero, sin duda alguna, las escenas más logradas son aquéllas en las que se conduce a presencia del juez Zarco a la persona que ejecutó el asesinato, escenas que no descubriremos para no destripar el final, por si quien ojea estas líneas no ha leído este relato corto y se decide a hacerlo. Desde el punto de vista jurídico, cabe destacar la profesionalidad de Joaquín Zarco, a quien no empequeñecen ni desmoralizan los obstáculos y se empeña en descubrir la identidad del asesino para llevarlo ante la Justicia. Impresionante relato.

Pero si la obrita es magnífica, la adaptación que en 1944 realizó de la misma el grandísimo director español Rafael Gil (de quien el año pasado se celebró precisamente el centenario de su nacimiento) fue portentosa. La adaptación cinematográfica se toma algunas licencias, algunas anecdóticas (el protagonista se llama Javier y no Joaquín), otras más relevantes (se elimina el personaje del narrador, Felipe, que se funde con el personaje de Javier Zarco). La película, de apenas hora y media de duración, tiene dos fases diferenciadas: la costumbrista y la estrictamente judicial. Respecto a la primera, nos adentra de lleno en las vidas de dos personajes de la clase alta española del siglo XIX. Pero, sin duda alguna, los momentos más impactantes son las del juez Zarco (insuperable el hoy lamentablemente olvidado Rafael Durán) en ese pequeño pueblo en el que la única diversión consiste en pasear y donde el magistrado encuentra un interlocutor en el Secretario judicial (magníficamente interpretado por ese secundario de lujo que fue Juan Espantaleón), y en las conversaciones que ambos mantienen en sus paseos vespertinos algunos de los cuales finalizan en el cementerio rural, donde se descubre el corpus delicti. Pero la imagen más impactante es la que nos revela cómo se administraba la Justicia en el siglo XIX: una vez que el juez Zarco finaliza las diligencias de instrucción y pone a la persona culpable a disposición de la justicia, ésta ha de ser enjuiciada en un Tribunal presidido por……¡el juez instructor! Así, Javier Zarco se convierte en juez instructor y juez resolutor, siendo absolutamente impactante las imágenes del magistrado en su faceta de juzgador a medida que el pleito se va resolviendo.

Recomendamos encarecidamente a los lectores que se animen a leer la novela y, ulteriormente, a ver la película. Pasarán un rato muy, pero que muy agradable amén que ilustrativo.

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