“UNA HORA DE ESPAÑA” NOVENTA AÑOS DESPUÉS: AZORÍN EN LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

Azorín

Son las cuatro y media de la tarde del día 26 de octubre de 1924. En la madrileña calle de Felipe IV, en la sede de la Real Academia Española, va a tener lugar el discurso en el que un nuevo Académico tomará posesión de su cargo. Preside el acto el director de la institución, el abogado y político mallorquín don Antonio Maura Montaner, quien además tiene el orgullo de ver cómo su propio hijo, Gabriel Maura Gamazo, ofrecerá la contestación al discurso del nuevo miembro de la benemérita Academia que “limpia, fija y da esplendor”. Asisten igualmente el obispo de Madrid-Alcalá y los hermanos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, quienes junto con don Antonio Maura posan ante las cámaras para inmortalizar el acto de recepción y bienvenida al nuevo colega, un hombre de semblante serio pero de una sensibilidad literaria exquisita. La persona que esa tarde dominical de 1924 ingresaba como miembro de pleno derecho de la Academia Española de la Lengua era el hijo ilustre de Monóvar, uno de los puntales de la denominada “generación del 98”, nada más y nada menos que José Martínez Ruíz, quien alcanzaría la gloria de las letras con el seudónimo de Azorín (nombre del personaje de sus primeras novelas, “La voluntad” y “Antonio Azorín”), aunque anteriormente había firmado alguno de sus artículos con el seudónimo “Cándido”.

El discurso de ingreso de Azorín lleva por título “Una hora de España (Entre 1560 y 1590)” y es fiel a las líneas que presiden todos los escritos de Martínez Ruíz. Es este autor el maestro de la descripción a través de frases cortas pero elocuentes; del amante de Castilla, sus pueblos, sus habitantes y su historia; del narrador de la “intrahistoria” castellana a través de sus ciudades y villas; del escritor obsesionado por el paso el tiempo y sus efectos sobre el paisaje patrio; y, sobre todo y por encima de todo, del amante incondicional de los clásicos, a quienes dedicó y dedicará varios ensayos. Como es habitual, comienza con unas palabras de salutación a su predecesor, don Juan Navarro Reverter, a quien elogia y evoca como si aún estuviese vivo en el salón de una casa a orillas del mar. Es entonces, cuando, de forma magistral y mediante cuatro únicas palabras (“el espíritu se abstrae”) da un giro que, cual lento flashback cinematográfico, permite al autor descender al tema nuclear de su discurso: España en la segunda mitad del siglo XVI. En cuarenta  capítulos, todos ellos muy breves (alguno verdaderamente fugaz), el autor más que narrar de forma exhaustiva ofrece sutiles pinceladas de la vida española en los últimos años del reinado de Felipe II, quien aparece magistralmente descrito en los tres capítulos iniciales. Todos los ámbitos y todos los estamentos tienen su reflejo en esta deliciosa obrita: el monarca, los cortesanos, el monasterio de San Lorenzo del Escorial, los pueblos perdidos en la árida llanura castellana, la religiosidad que preside el ambiente nacional. Escenas que quedan grabadas de forma indeleble en la memoria, como la del veredero que cruza el territorio para traer las malas nuevas de la derrota de la Armada Invencible, la pareja de pastorcillos enamorados que son secuestrados en una de las numerosas incursiones de los corsarios berberiscos. Pero también hay sutiles ensoñaciones literarias desarrollando temas de la literatura clásica, como el del hidalgo del Lazarillo de Tormes, o el encuentro físico que en las afueras de una venta manchega tiene don Miguel de Cervantes con su creación literaria. Toda una evocación de los siglos de oro hispanos de la mano de un enamorado de nuestros clásicos hecha con un estilo brillante, ameno, de muy fácil lectura y, sobre todo, con un fervor y una pasión como pocas. Pero cuando ya en el último capítulo, que se inicia curiosamente también con una frase de cuatro palabras (“El ensueño ha terminado”) que sirve para traernos de nuevo a la actualidad tras casi una hora de viaje literario por nuestros siglos áureos, José Martínez Ruíz, “Azorín”, aún tiene tiempo de ofrecernos una pequeña lección magistral que los historiadores y divulgadores de hoy muchas veces olvidan: “No pueden ser comprendidas las épocas pasadas sin ese poco de sincera simpatía. Otras épocas –lejanas de nosotros- no pueden ser estudiadas con arreglo a las ideas, a los sentimientos, a los anhelos del presente”.

Transcurridos noventa años desde el evento descrito en este post, aún produce en el amante de la historia y la literatura una sincera emoción la lectura de esta breve obrita azoriniana.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s