IN MEMORIAM: ADOLFO SUÁREZ GONZÁLEZ (1932-2014)

Fernando Herrero - Adolfo Suárez

¿Quién le iba a decir a aquel joven abulense que participó como extra en la película Orgullo y pasión (al lado de astros del séptimo arte como Sophia Loren, Cary Grant y Frank Sinatra) que se haría un hueco en la historia política española y universal? Pero lo cierto es que Adolfo Suárez González, nacido en el pueblo de Cebreros, en la provincia de Ávila, ha entrado por méritos propios con letras mayúsculas en la historia política española.

Con motivo del óbito de Adolfo Suárez, que se produjo a las quince horas y tres minutos del día veintitrés de marzo de dos mil catorce, todos los medios de comunicación iniciaron una programación especial repasando la vida pública y privada de quien fuera el primer presidente de la democracia española. Como suele ocurrir con las personas fallecidas, todo aparecía de color de rosa y aunque en la vida del duque de Suárez hay muchas más luces que sombras, no todo es blanco o negro, sino que existe una amplia gama de grises. El propio Suárez lo reconocía así en una entrevista realizada a finales de los años noventa y emitida por la televisión pública. De todos los titulares que la noticia ha provocado, quizá el más atinado por lo certero es el publicado por Libertad Digital: “Adolfo Suárez muere: su legado agoniza”, que no hace más que expresar la tesis central expuesta por Federico Jiiménez Losantos en su breve nota Las tres muertes de Adolfo Suárez, donde su tesis central se expresa en unas pocas líneas: “Por eso, el acabamiento de Suárez no es sólo el del final de una época sino el del final de su gran éxito, el del régimen democrático que, después de una Transición que hoy se antoja milagrosa, ayudó a traer a España. Suárez ha muerto cuando hace tiempo que murieron su talento y su obra política. Y van a celebrar sus exequias los enterradores de lo que, más allá de cualquier valoración, es su legado: el régimen constitucional del 78”. Y es que, en efecto, cuando el sistema constitucional de 1978 hace aguas por todos sitios entre las bravuconadas de unos y las omisiones suicidas de otros, el rostro visible de la época constituyente desaparece físicamente del orbe. Simbólico, ciertamente.

Contra lo que pueda parecer, Adolfo Suárez no fue la primera persona en la que se pensó para capitanear la transición. La persona elegida para ello era Fernando Herrero Tejedor, un brillantísimo profesional del mundo jurídico (llegó a ser Fiscal del Tribunal Supremo) con una amplia experiencia política y que era, precisamente, el que introdujo a Suárez en la política. Persona de honestidad personal probada, con excelentes relaciones de amistad y muy bien visto por todas las familias del régimen, sus cualidades personales le hacían la persona ideal para pilotar el rumbo de la política en los difíciles años que habrían de venir. Cuando a principios de 1975 Arias Navarro decidió incorporar a Herrero Tejedor en el gabinete como Ministro Secretario General del Movimiento, éste llevó como segundo a Adolfo Suárez. Desgraciadamente, en junio de 1975 un accidente de tráfico segó la vida de Herrero y momentáneamente relegó a Suárez a un discreto segundo plano. A la muerte de Franco, el monarca pensó en Torcuato Fernández Miranda como presidente del Gobierno, pero éste le convenció de que serviría mejor al rey como Presidente de las Cortes, aún a costa del enorme sacrificio de mantener a Carlos Arias en la presidencia del gobierno. Carlos Arias, desgarrado interiormente por dos tendencias contradictorias que le anulaban como político (su sincero deseo de cambio –por muy moderado o timorato que fuese- chocaba con la percepción que de sí mismo tenía como albacea político del Caudillo), ofreció su dimisión al rey cuando éste se lo insinuó (tanto el Rey como José María de Areilza reconocieron públicamente que en este sentido Carlos Arias fue un caballero). Entonces llegó el momento Suárez, precisamente cuando Fernández-Miranda anunció que estaba en condiciones de otorgar al Rey lo que éste le había pedido.

Ha de reconocerse que Suárez no fue una persona cultivada. Ello no empequeñece su figura ni su calidad. Joseph Ellis, en el prefacio a su biografía de Washington, indica que: “Creo que Benjamín Franklin era más sabio que Washington; Alexander Hamilton más brillante; John Adams más culto; Thomas Jefferson más intelectualmente sofisticado; James Madison políticamente más astuto. Sin embargo, cada una de estas prominentes figuras reconoció que Washington era incuestionablemente superior a ellos”. En efecto, Manuel Fraga estaba intelectualmente a años luz de Adolfo Suárez; Torcuato Fernández Miranda estaba muchísimo más preparado políticamente; José María de Areilza tenía un prestigio internacional claramente superior; Alfonso Osorio estaba asentado sobre bases políticas mucho más firmes. Sin embargo, Adolfo Suárez tenía algo que le hacía situarse por encima de los demás: su charm, su encanto; la capacidad de llegar no sólo a su interlocutor del momento, sino al español medio que, en la etapa fundamental de la transición, era la base social que habría de asentar el régimen democrático al que España debía llegar. Se ha dicho que Suárez fue el padre de la reforma política; no es cierto. La Ley para la Reforma Política es obra personal del asturiano Torcuato Fernández-Miranda; ahora bien, las innegables cualidades intelectuales de don Torcuato no venían acompañadas de la necesaria capacidad de persuasión, en la que el joven Adolfo Suárez descollaba. Por utilizar un símil musical, Torcuato Fernández Miranda fue el compositor y Adolfo Suárez el intérprete. Uno supo dar con los compases adecuados y el otro ejecutarlos de forma insuperable ante el gran público. Por eso, los años políticamente más brillantes en el mandato de Adolfo Suárez fueron aquéllos en los que don Torcuato estaba en la sombra tutelando desde su privilegiada atalaya de Presidente de las Cortes la marcha de los acontecimientos. Adolfo Suárez quiso volar sólo y se sacudió la tutela del asturiano, que dimitió de su cargo poco antes de las elecciones de junio de 1977 retirándose definitiva y discretamente de la vida pública. Tras la victoria de la Unión de Centro Democrático, seguido a corta distancia por un emergente y poderoso Partido Socialista Obrero Español, aún pudo Suárez gozar de un año de paz debido al consenso o acuerdo básico de todas las fuerzas para elaborar una Constitución. Aprobada ésta por el pueblo español y celebradas las elecciones generales de 1979, todo fue amargura para Adolfo Suárez. El Partido Socialista en general y Felipe González en particular jamás le perdonaron su intervención televisiva en víspera de los comicios, cuando Suárez pintó un negro panorama en caso de una victoria electoral de sus rivales socialistas (¡quién le iba a decir entonces a Suárez que poco después aspiraría a disputarle desde la propia UCE el voto izquierdista a Felipe González, como reconocería a su amigo Alfonso Osorio); la UCD se desgarraba interiormente; los rumores de golpes de Estado arreciaban mientras el país era golpeado de forma inmisericorde por una crisis económica y por un terrorismo que llegó a su culmen precisamente en el año 1980. Acosado por sus propios compañeros de partido, Suárez decidió ser personalmente honesto (aunque también pesó y no poco el deseo de preservar su imagen pública para la historia) y dimitió cuando se enteró oficiosamente que un sector no desdeñable de la UCD estaba en tratos con el PSOE y con otras fuerzas para aprobar una moción de censura. Tal maniobra se abortó el 29 de enero de 1981 con su dimisión tanto como Presidente del Gobierno como de la Unión de Centro Democrático, a la que hundió políticamente al crear su propio proyecto con el Centro Democrático y Social, que tuvo su momento de gloria en las elecciones de 1986 para decaer lentamente hacia su desaparición, a la que contribuyó y no poco la decisión de su fundador de retirarse de la vida pública en 1991.

Suarez tuvo muchos aciertos, pero también equivocaciones, derivadas todas ellas de su osadía política, dicho sea esto en el mejor de los sentidos. A mi entender, son tres los errores básicos de Suárez, uno de los cuales pudo enmendarse, aunque los otros dos aún siguen pesando como una losa. El primero, la legalización del PCE afortunadamente salió bien, aunque a punto estuvo de costar lágrimas amargas. Todo el gabinete estaba convencido de que más tarde o más temprano era una medida que debía tomarse (Rodolfo Martín Villa reconoció que incluso Gabriel Pita da Veiga –el Ministro de Marina, que se sentaba a su lado en las reuniones del Consejo de Ministros- le reconoció que esa decisión habría que tomarla necesariamente) pero Suárez, en lugar de informar al gabinete, la tomó de forma unilateral poniéndola sólo en conocimiento de sus círculo más íntimo, en el que sólo se encontraba Gutiérrez Mellado; la mayoría de los ministros se enteraron por la televisión, y ello estuvo a punto de ocasionar una crisis de gobierno por la deserción masiva de los ministros, que gracias a la labor de Alfonso Osorio y a que Suárez invocó el nombre del Rey la crisis quedó limitada a la marcha del Ministro de Marina. Las otras dos decisiones que siguen pesando hoy negativamente son la decisión de Suárez de enterrar a los guardias civiles víctimas de atentados terroristas de forma discreta y en ocasiones sin reconocimiento y por la puerta de atrás, así como la decisión de generalizar el régimen autonómico con el consabido “café para todos”, otorgando a las autonomías competencias que jamás debieron salir de manos estatales. Sin embargo, ha de reconocerse que estas son decisiones que pueden reconocerse como evidentes errores a posteriori, cuando pueden contemplarse con la perspectiva de los años.

Una única actuación, solo una de Suárez merece reproche. Y no es una decisión política, sino personal: su ausencia en los funerales de Torcuato Fernández Miranda y Joaquín Garrigues Walker, fallecidos ambos en el difícil año de 1980. Y conste que sorprende y mucho esta actitud en quien, católico practicante, nunca ocultó su agradecimiento a su padrino político Fernando Herrero Tejedor (en una entrevista reconoció que iba todos los años a poner flores a su tumba) y que jamás de los jamases (dicho sea en su honor) renegó de haber formado parte del régimen ni habló mal de Francisco Franco.

Con todo, con sus errores y sus aciertos, Adolfo Suárez González entra ya de lleno en la historia española y, para quienes pasamos de la cuna a la infancia bajo su presidencia, recordaremos su figura como la que presidió el país cuando se almacenaban en nuestra memoria los primeros recuerdos. Desde esta bitácora, deseamos con esta entrada rendir un sincero homenaje a la figura de Adolfo Suárez González, por quien (he de reconocerlo con total honestidad) si a nivel humano y personal siempre he sentido simpatía, ésta no se extiende hacia lo político. Descanse en paz.

Post Scriptum: La vida tiene a veces paradojas difíciles de explicar. Hace poco menos de un mes, el veinticinco de febrero de dos mil catorce, fallecía a los sesenta y cuatro años el fiscal Fernando Herrero-Tejedor Algar, hijo del político del mismo nombre que fue el padrino de Adolfo Suárez. Curiosamente, en 1977 fue nombrado teniente fiscal de la provincia de Ávila. La cercanía existente entre la familia Herrero-Tejedor y la familia Suárez la narra de forma magistral Luis Herrero-Tejedor Algar (hermano del recientemente fallecido Fernando) en el libro “Los que le llamábamos Adolfo”.

Anuncios

Un comentario el “IN MEMORIAM: ADOLFO SUÁREZ GONZÁLEZ (1932-2014)

  1. El duque de Suárez era muy buen esposo, padre, amigo, cercano, afable, cordial y más güeno que el pan. Vale. Pero siempre hay un pero.

    Sabiendo como funciona la, así llamada, “prensa libre”, cualquier esjpañistano (que, por supuesto, sepa leer y escribir más allá de lo que el Sr. Don Emilio Botín exige a las legiones de analfabetos funcioanales que a él y a los de su clase les interesa que existan) sabe como funciona la “prensa libre”, y, por tanto, dicho tipo de ejpañistano, sabe que hace ya meses que todos estos obituarios hagiográficos y lame suelas post mortem que hoy nos aturrullan sin compasión, estaban escritos y preparados. ¡Asco de periodismo! Digno y propio del país ejpañistano por otra parte.

    Primero sale el hijo -cuando las marchas por la dignidad se aproximaban a la capital del imperio eterno, desde todos los puntos de ejpañistán- anunciando el “inminente” desenlace. La reacción fue inmediata. El aparato propagandístico …. ¡Uy, perdón! INFORMATIVO, quise decir. Pues eso, el aparato enfermativo no tardó en ponerse en marcha. Imágenes que Victoria Precio (se llama así, creo y me parece) nos obligó a ver inúmeras ocasiones, lugares comunes esperados, topicazos y remembranzas previsibles hasta para la bruja de la feria, empezaron a difundirse a la velocidad del dinero. Sin que fallara el menor detalle de la puesta en escena. Oscar al mejor diseño de producción.

    Pero esa misma escenificación que forma parte de la farsa del relato plano, monolítico y pretendidamente axiomático, que la crónica oficial de la transacción postfranqusita (“Transición”, así com mayúscula y todo en el idoma oficial ejpañistano) ha elaborado para que nos lo cramos so pena de pertenecer al, asi llamado, “entorno de ETA”, ya viene a oler a podrido. A las generaciones (excepto a las, así llamadas, “Nuevas Generaciones” del PP) nacidas desde la década de los 80 del pasado siglo, todo esto no les da ni empleo digno, ni libertad, ni democracia, ni vivienda, ni futuro para nada, salvo, con suerte, trabajar cual esclavo sesenta u ochenta horas por semana por 800 pavos, y de casa al tajo, y del tajo a casa y calladito la boca, o te aplicamos la nueva Ley corcueresca escorada 180 grados a la diestra.

    Pero volviendo a lo que estábamos, la personal trayectoria política de Adolfo Suárez es, ciertamente, enormemente compleja, muy polifacética, y, por tanto, debiera ser objeto de un análisis riguroso y sereno. Y es que al hablar sobre el personaje, no podemos solo quedarnos en la imagen proyectada por oficial-oficioso aparataje de proyección de imágenes prefabricadas; DEBEMOS CENTRARNOS, más allá de la carne mortal de un ser humano, EN EL ORÍGEN GENUINO (permitáseme la redundancia) DEL (todavía) VIGENTE RÉGIMEN POSTFASCISTA. Y esta tarea, debemos realizarla desde el rigor científico, lejos de toda mistificación, ya interesada, ya de corazón puro. e

    De hecho, rastrear históricamente en la biografía del personaje, más allá de los tópicos lugares comunes, nos puede permitir proyectar no sólo lo que pudo ser o no ser la transición; sino también, ante todo, nos permitirá acceder a lugares nada comunes donde podremos comprobar que la beatificada transacción postfascista no debería ser tomada nada en serio. POR EJEMPLO:

    1º).- La primera cuestión sobre la que cabría discutir es la propia conversión hasta la metamorfosis total del Suárez fascista a demócrata convencido de-toda-la-vida, en un tiempo que pulveriza hasta el record de Herr Hermann Josef Abs (que pasó de banquero hitleriano a banquero democráta-de-toda-la-vida en menos de 24 horas cuando el ejército rojo rompió el espinazo del grupo de ejércitos centro de los nazis, como sin duda, Ud., Monsieur, sabrá). Otro más de tantos casos “milagrosos”. Desde luego, no esperamos oír ni menos leer ninguan voz crítica, en estos días de tristeza oficial, y ello fundamentalmente porque resulta que intentar internarse en la trayectoria biográfica de Suárez –hasta donde lo permite la muy escasa documentación disponible– desde su infancia, su apresurada escalada por los centros de poder franquistas –sin ningún tipo de escrúpulo o mala conciencia incluido corrupciones varias de diferente índole– hasta ser nombrado presidente del segundo Gobierno de la Monarquía en el mes de julio de 1976, nos conduce a la misma esencia de los, así llamados, “límites infranqueables” de la, así llamada, “transición a la democracia”.

    2º).- Pero en lo que podamos transitar de dicha senda vital, se nos refleja cómo se las ingeniaron las fuerzas vivas del fascismo ejpañistano para que todo cambiara sin que nada cambiara. Toda una obra de ingeniería político-mediática sin precedentes. Con una nota añadida, constituye el mejor camino para conocer al Suárez político al 100% en donde los medios justificaron los fines. O dicho de otra forma, Suárez fue un político, ante todo, pragmático. Son tantos los ejemplos que se podrían exponer de cómo se construyó aquella biografía empezando por cómo supo sacar el debido provecho de la tragedia de la urbanización de los Los Ángeles de San Rafael en Segovia, en junio de 1969. Como en toda biografía de político de primer nivel que se precie, el triángulo de corrupción-especulación-impunidad está presente… Como siempre ha sido y siempre ha de ser en nuestro ejpjañistán eterno. Y con todo, es cierto, es verificable en términos históricos –más allá de esa invención del pasado de la que nos previniera Hobsbawm– que Suárez se terminó por creer su papel de salvador de la Transición, de la Patria. Por convicción o por pragmatismo –a gusto del lector– no se le podrá achacar sus no pocos sacrificios políticos pero también personales en busca de ese “fin común” de que, al menos, se superara la dictadura franquista de cara a avanzar a un sistema democrático de mercado con todas sus limitaciones. ¡Qué difícil tarea la de separar en este caso lo individual de lo colectivo!

    Pero donde la mayor parte de las biografías sobre Suárez y especialmente aquellas narraciones institucionales sobre la transición flaquean, es a la hora de adentrarnos –en ocasiones hasta el punto de tratarnos como súbditos antes que ciudadanos– en el papel que jugó nuestro protagonista en el proceso de reestructuración del modelo capitalista español. Es hora ya de adentrarnos en una historia de clase de este tiempo histórico. La mistificación, la simple edulcoración más elaborada o más burda, sobre la necesidad imponderable de los Pactos de la Moncloa (octubre de 1977) ha sido tal que ha difuminado casi por completo las otras vías de desarrollo que se pudieron llegar a dar. No sólo fueron los Pactos de la Moncloa –sin adentrarnos en otros asuntos tan espinosos como la Ley de Amnistía también de octubre de 1977– sino toda una pléyade de normativas a posteriori que instrumentalizaron la crisis económica de los setenta, para integrarnos en la nueva división internacional del mercado con las consecuencias del todo sabidas y que se encargaría de aplicarnos el, así llamdo, “socialista” Glez. Márquez.

    3º).- Fuera por convencimiento o por pragmatismo, el proyecto político-económico que encarnó la UCD y el mismo Suárez durante la primera legislatura (1977-1979) con rasgos, en ocasiones, netamente progresistas quedarían eliminados muy pronto. POR CIERTO, MONSIEUR, ¿QUÉ DICEN LOS TIPOS ESOS DE LLIBERTART DIGITAL -que ahora plañen desconsolados- SOBRE LA REFORMA FISCAL DE ORDOÑEZ -SUÁREZ Y SOBRE EL ESTATUTO DE LOS TRABAJADORES ORIGINAL? ¿OBRA DEL DIABLO? ¿FUERON SUBYUGADOS POR EL ESPÍRUTU DE STALIN? ¿FUE UNA TRAICIÓN A LA LIBERTAD Y A LA DEMOCRACIA? ¿SE DEJARON INFLUIR POR EL ENTORNO DE ETA?. ¿QUÉ ES LO QUE DICEN LOS ÚNICOS DEMÓCRATAS VERDADEROS A ESOS RESPECTOS? Bueno, recuperanod el hilo, al final, secuestrada económica y presupuestariamente UCD por la CEOE y otros centros de poder financieros –como relató el poco sospechoso periodista Mariano Guindal en El declive de los dioses– su programa de actuación quedó prontamente limitado en aspectos de no poca trascendencia. Un secuestro mediante vías formales o forzadas que, en cualquier caso, no modifica el resultado final.

    4º).- Ahora bien, si hay un lugar por el que los perpetradores de hagiografías suarezcas han pasado de largo, es el relativo a la obra y venturas de Adolfo Suárez en su papel clave en la represión, vigilancia y espionaje contra el movimiento obrero y los entonces llamados “nuevos” movimientos sociales. Existe ya la suficiente evidencia empírica y bibliografía consolidada –pese al bloqueo sistemático en el acceso y consulta a la documentación histórica de este tiempo– para hablar en estos términos que tan mal casan con esos adjetivos grandilocuentes de reconciliación, consenso, pacífica siempre que aparece el vocablo “Transición”. Y hablando de lecturas malditas –siempre ignoradas en estos días– recordamos que a día de hoy ningún investigador ha puesto en cuestión los datos en su día esgrimidos por Alfredo Grimaldos –La sombra de Franco en la Transición – o Mariano Sánchez –La transición sangrienta– y de otros tantos investigadores que nos hemos dedicado a la tarea. ¿Nadie recordará, algún día, la memoria de los estudiantes José Luis Martínez y Emilio Montañés ametrallados un 13 de noviembre de 1979 por la fuerzas del “orden público” en una manifestación de estudiantes y trabajadores contra el Estatuto de los Trabajadores? El intento de asesinato de Antonio Cubillo (cosa juzgada, por cierto, Monsieur), o el Batallón Vasco-Español. Y todo esto no dejan de ser casos aislados entre los centenares que pudieran ser expuestos, en un tiempo histórico en que la violencia política institucional se combinó con el amparo por parte de los organismos estatales en lo referido a lo que podría entenderse como una extendida política de terrorismo de Estado. O no, vaya Ud. a saber.

    No estamos hablando solamente de que, por ejemplo, los sindicatos mayoritarios entonces –desde CCOO, incluso la renacida CNT o hasta UGT u otros tantos casos– fueran vigilados, sometidos a todo tipo de espionaje o de infiltraciones, sino es que se puede afirmar que existió toda una política de control y represión contra el movimiento obrero. No valen aquí ni los argumentos de la lucha anti-terrorista contra ETA, ni otros tantos topicazos con los que los demócratas-de-toda-la-vida intentan desarmar nuestras entendederas. Ni siquiera cabe hablar aquí de esa siempre citada correlación de fuerzas. Se está hablando, sencillamente, de una política institucional –y suponemos que el presidente Suárez algo sabría, si tambíen, en su día, lo sabía el “socialista” Glez. Márquez– en donde tan sólo en el año 1979 –cuando se alcanzaron niveles récord de conflictividad obrera– se emplearon todos los medios con el fin de derrotar a quien siempre se consideró el enemigo principal: el movimiento obrero. Un episodio, entre otros tantos revisables, con nombres, datos y cifras. No son suspicacias ni críticas no fundamentadas, sino hecho reales, tan reales como el hecho de que nunca Suárez tuvo voluntad real de cuestionar ni menos tocar el aparato de los grupos terroristas de extrema derecha. No lo acusaré de ampararlos, pero, desde luego, sí afirmo que nada hizo contra Guerrilleros de Cristo Rey, psicópatas asesinos fascistas como Hellín Moro y demás ralea.

    Estos pequeños episodios aquí narrados, y otros tantos que se pudieran exponer –desde los porqués reales de la legalización de un corrompido y domesticado PCE o hasta el siempre citado frustrado Golpe de Estado del 23 de febrero de 1981– resultan y resultarán siempre lugares incómodos no de memoria sino de historia en los relatos hagiográficos sobre el personaje. De este modo, nada nuevo se va decir como conclusión: el trabajo de los historiadores profesionales –sí aquellos con una teoría y un método científico que rastrean en esos siempre incómodos papeles que ni siquiera Martín Villa pudo destruir– se enfrentan a un primer gran reto de enormes dimensiones: desmitificar a Adolfo Suárez como político. Lo personal lo podemos dejar a parte y, reitero como dije al inicio, que no dudo de que fuera buen esposo, buen padre y buen amigo, afable, cortés, y chachi piruli incluso.

    Pero de lo que se trata, en DEMOCRACIA, es de poder, científicamente, reconstruir su biografía política – y, por qué no, también personal, si se quiere- desde las bases del conocimiento histórico. Un reto que se aparece en una perspectiva inmediata como absolutamente imposible. ¿Dónde están los papeles del archivo personal pero también institucional del primer Presidente de la Transición? ¿Dónde están los papeles de la UCD o incluso del CDS? ¿Por qué todavía hoy sigue cerrado el acceso y consulta la documentación de la Brigada Político-Social, del Cuerpo Nacional de Policía, de la Guardia Civil, los diferentes archivos militares y de los centros de inteligencia antes y después de esa “modélica transición”? ¿Ud. lo sabe Monsieur? ¿Lo saben, quizá, los auténticos y verdaderos únicos demócratas de LLIBERTAT DIGITAL? ¿Alguien sabe por qué no podemos acceder a dichos documentos (a los originales y auténticos, claro)?

    Muchas gracias por su espacio, Monsieur.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s