LA SUPERVISIÓN DEL PUEBLO SOBRE EL GOBIERNO Y SUS LÍMITES: REFLEXIONES ACTUALES A LA LUZ DE LA WHISKEY REBELLION DE 1794.

Whiskey rebellion

En los últimos tiempos, a raíz de las medidas impopulares tomadas por gobiernos democráticamente elegidos y la contestación que a las mismas plantean diversos colectivos a través del ejercicio del derecho de manifestación, se ha planteado una cuestión que está inserta en el nervio de todo sistema con pretensiones democráticas y que en el fondo tiene su miga: la influencia del pueblo en el gobierno. ¿Dicha influencia ha de quedar limitada única y exclusivamente a los comicios, de tal forma que una vez celebrados estos el gobierno electo únicamente responderá en las siguientes elecciones? ¿O por el contrario, el pueblo tiene el inalienable derecho de supervisar continuamente la acción gubernamental? La respuesta no siempre es sencilla, y el autor de estas líneas pretende ilustrarlo con un ejemplo extraído de la historia política estadounidense y que se planteó justo cuando la nueva nación apenas contaba con un lustro de experiencia política bajo la Constitución de 1787 que entró en vigor un par de años más tarde.

Como todo el mundo sabe, los Estados Unidos nacieron precisamente por una rebelión colonial contra la metrópoli por el uso abusivo de la potestad fiscal y la vulneración del principio no taxation without representation. Ya como nación independiente, dotada de un texto constitucional propio y con unas instituciones representativas elegidas, la Cámara de Representantes aprueba en enero de 1791 por una amplia mayoría (35 votos frente a 21) la Excise Whiskey Tax, una ley que creaba un impuesto sobre dicha bebida alcohólica. Dicha norma se englobaba dentro del amplio plan del ambicioso Alexander Hamilton, Secretario del Tesoro, para crear un poder federal robusto así como para garantizar la asunción por el gobierno federal de las deudas de los estados que hubieran sido incapaces de satisfacer las deudas derivadas del conflicto bélico a través del cual habían logrado a la independencia (que afectaba fundamentalmente a los que integraban Nueva Inglaterra, que eran los que asumieron mayor esfuerzo económico en la contienda). Dichas medidas no gozaron de mucha popularidad y generaron lo que la historiografía estadounidense denominó Whiskey rebellion, donde incluso se llegó al punto de amenazar y coartar a los enviados del gobierno federal encargados de recaudar los importes derivados de dicho tributo. El enfrentamiento entre los federalistas liderados ideológicamente por Hamilton y los republicanos encabezados por Thomas Jefferson tuvo en este caso un nuevo foco de conflicto, y se centró en la legitimidad de las protestas y, sobre todo, en la influencia que el pueblo debía tener sobre las autoridades elegidas. En este sentido, la respuesta que se dio fue doble:

1.- Por un lado, Washington, Hamilton y los federalistas estaban absolutamente de acuerdo en que los Estados Unidos era un gobierno del pueblo, no en vano el mismo texto constitucional se iniciaba con las tres célebres palabras “We, the people”. Ahora bien, el pueblo hace oir su voz a través de los procesos electorales en los cuales elige a las Cámaras y al Presidente. Una vez elegidos éstos y si la elección se ha ajustado a los procedimientos constitucional y legalmente establecidos, en modo alguno debían estar mediatizados por ningún poder fáctico, sin perjuicio, obviamente, de que su gestión política sería objeto de censura en el ulterior proceso electoral. No obstante, en el periodo de tiempo que transcurre entre unos y otros comicios, el pueblo carece tipo de influencia sobre las instituciones.

2.- Los republicanos encabezados por Thomas Jefferson sostenían, por el contrario, que el pueblo tenía el legítimo derecho a que sus intereses fueran tenidos en cuenta en todo momento, y no sólo a través de los comicios. Por ello, el pueblo tenía el legítimo e inherente derecho de supervisar la acción de los políticos, pues no en vano el propio líder del republicanismo, redactor material de la Declaración de Independencia, había escrito que los gobiernos están instituidos para lograr la felicidad de los gobernados.

Ahora bien, incluso los propios republicanos abominaron expresamente de la violencia y los métodos expeditivos. Cuando el descontento provocado por la aprobación del impuesto federal llegó incluso a manifestarse a través de las armas, los propios medios de difusión republicanos llamaron al orden. “Si cada parte de la república se alza en armas para evitar la ejecución de leyes que no desean retrocederíamos a un estado de anarquía y barbarie y quedaríamos privados de las ventajas de una sociedad avanzada”, se podía leer en el republicano General Advertiser. Es más, en ese mismo periódico que en aquellos instantes se encontraba en abierta oposición a las medidas gubernamentales, pocos días después un artículo escrito por quien se ocultaba bajo el seudónimo “un demócrata” llegaba a comparar la rebelión armada no ya con un acto retrógrado, sino con un apelativo muchísimo peor, aquel precisamente con el que los seguidores de Jefferson motejaban a sus rivales: aristocrático. “El principio nuclear de una democracia es que el gobierno se instituye para la felicidad de la mayoría. El primer paso es arrojarlo en las manos de unos pocos. Acaso quienes se han opuesto por la fuerza a la ejecución de una norma federal no favorecen introducir este principio aristocrático? Si la minoría piensa que se encuentra oprimida por la ley únicamente existe un modo de solucionarlo: por medio de la razón haciendo que la mayoría se sitúe de su parte; si fracasan, su deber es someterse; pero si acuden a las armas, la mayoría puede hacerlo igualmente, y entonces la minoría o bien se convierte en una aristocracia o bien ha de someterse al castigo debido a su injusta acción”.

Interesantísimo ejemplo que, como el lector podrá comprobar, no carece de actualidad.

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Un comentario el “LA SUPERVISIÓN DEL PUEBLO SOBRE EL GOBIERNO Y SUS LÍMITES: REFLEXIONES ACTUALES A LA LUZ DE LA WHISKEY REBELLION DE 1794.

  1. También nos legó el Sr. Jefferson la siguiente reflexión:

    “Pienso que las instituciones bancarias son más peligrosas para nuestras libertades que ejércitos enteros listos para el combate.

    Si el pueblo americano permite un día que los bancos privados controlen su moneda, los bancos y todas las instituciones que florecerán en torno a los bancos, privarán a la gente de toda posesión, primero por medio de la inflación, enseguida por la recesión, hasta el día en que sus hijos se despertarán sin casa y sin techo, sobre la tierra que sus padres conquistaron.”

    THOMAS JEFFERSON, 1802

    Como dicen en mi pueblo, “lo clavó”.

    En fin, Monsieur, que aquí la cuestión de verdad es quién nos gobierna de verdad. ¿Seguro que es el Gobierno del Sr. Rajoy? ¿No tiene la menor influencia de las entidades del IBEX35? ¿Qué hace el sociolisto y sopero Felipe Glez.impulsando a su partido al suicidio político abogando por una grosse coalitione? ¿Eso ha sido motu proprio, o algún pajarito se lo ha susurrado a la orejilla? ¿Por qué hay tanto miedo a un parlamento plural, que pueda recoger áun más sensibilidades, poscionamientos e ideologías? ¿Por qué los liberales y democrátas siempre tienen tanto miedo, pánico, pavor, a la libertad y a la democracia?

    ¿Es legítimo rebelarse contra quien, en su propio y exclusivo benficio, controla la moneda, controla la inflación, controla la recesión?¿Cuándo se presentó a unas elecciones el Deutsche Bank? ¿Cuántos le votaron?.

    Una vez más, muchísimas gracias por su espacio, Monsieur.

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