EL PAPEL REAL DEL ABOGADO: UN PROFESIONAL DEFENSOR DE LOS INTERESES DE SU CLIENTE, NO UNA “OFICINA DE DERECHOS HUMANOS”

Abogacía

La profesión te va amoldando. En la facultad de derecho tenías una noble idea sobre la función del abogado, como paladín de los derechos individuales, defensor de la Constitución, protector del oprimido, sostenedor de los principios del cliente…Pero después de seis meses de práctica te das cuenta de que no somos más que mercenarios. Portavoces de alquiler al mejor postor, a disposición de todo el mundo, de cualquier estafador, cualquier tramposo con suficiente dinero para pagar nuestras desorbitadas tarifas, Nada te conmueve. Se supone que la nuestra es una profesión honorable, pero conocerás a tantos abogados corruptos que llegarás a sentir deseos de abandonarla para buscar un trabajo honrado. Sí, Mitch, te convertirás en un cínico. Y es realmente triste” (John Grisham, La tapadera).

Aunque una visión un tanto tétrica que de la profesión tiene uno de los grandes novelistas contemporáneos que ha hecho de la abogacía el eje central de sus obras, la misma no deja de tener cierto poso de verdad, y es curioso que en este aspecto el jurista práctico que fue John Grisham coincida con la visión que del abogado tiene el catedrático de Derecho Administrativo Alejandro Nieto, quien en su interesantísimo diálogo epistolar con su amigo y colega Tomás-Ramón Fernández Rodríguez (publicado con el título El derecho y el revés) fefiende la tesis de que el fin último de un letrado no es otro que el interés de su cliente, ni más ni menos. Ni Justicia, ni Derechos humanos, ni zarandajas! El fin último de todo abogado no es otro que lograr que su cliente obtenga el mayor beneficio y el menor perjuicio. Y quien diga otra cosa, miente. Por ello no deja de causarme una enorme perplejidad cuando Carlos Carnicer, máximo representante de la abogacía española, dice que “en cada despacho de abogados hay una oficina de Derechos Humanos“, lo cual, dicho sea con todos los respetos, no deja de ser una monumental gansada. El abogado, ya sea por cuenta propia o ajena, es un profesional, y como toda persona que ejerza una profesión o trabajo, lo que busca es simplemente un medio de vida con el que poder desarrollarse. Por ello siempre me ha sonado extraño eso de la “función social de la abogacía”, dado que también podríamos hablar de la “función social de la banca” o de la “función social del fútbol profesional”, por poner tan sólo dos ejemplos.
No se me malinterprete. Es cierto que el abogado es alguien que ha hecho del Derecho su vida, pero sin embargo no deja de ser un profesional, un titulado superior a quien una persona (ya sea ésta física o jurídica) le encarga la defensa de unos intereses; el abogado llegará hasta el final para lograr que las pretensiones de su cliente lleguen a buen puerto, y para ello utilizará todos los medios que el ordenamiento jurídico pone a su alcance. Por tanto, su punto de destino al cual guiará sus pasos es el interés último de su cliente, y no una búsqueda de la justicia no ya en abstracto, sino ni tan siquiera en concreto. Por ello quienes más hablan de Justicia con mayúsculas como objetivo último del jurista son quienes más debieran mantenerse en un segundo plano. Pongamos un ejemplo concreto: el abogado defensor de una persona acusada de violación de cuya culpabilidad no puede existir la menor duda pero que, como toda persona, tiene el derecho de defensa ¿busca realmente la Justicia o el mayor beneficio para su cliente? El letrado que se encarga del asesoramiento fiscal de un grupo de empresas a las que se abre un procedimiento administrativo de inspección tributaria que, aun demostrando la existencia de irregularidades, se inicia transcurridos más de cuatro años de haberse cometido la infracción ¿busca la Justicia en general o que su cliente salga inmaculado al haber prescrito el derecho de la Administración a iniciar el procedimiento tributario correspondiente? Podríamos alargar los ejemplos hasta el infinito, pero creo que quien se sumerja en la lectura del citado diálogo epistolar entre Alejandro Nieto y Tomás Ramón Fernández no podrá menos que suscribir la afirmación del primero: el catedrático de Derecho que por las mañanas ilustra a sus discípulos sobre las grandezas del Derecho en abstracto y la Justicia con mayúsculas, por las tardes en su despacho profesional retorcerá ese mismo material que ha expuesto como docente por las mañanas para lograr que su cliente salga beneficiado. Porque esa es la auténtica labor profesional que está encomendada profesionalmente a un letrado: lograr por todos los medios una defensa eficaz de su defendido, sin importarle ninguna otra circunstancia. Mal profesional sería quien actuase de forma distinta. Es posible que los escrúpulos morales lleven a algunos letrados a no llevar determinados asuntos por entender que en conciencia no pueden realizar una defensa eficaz; eso es no sólo comprensible, sino respetable e incluso elogiable; pero una vez aceptado un asunto, no cabe esgrimir escrúpulo alguno, sino defender al cliente de la mejor forma posible, acertada o desacertada, más o menos eficaz, pero siempre de la mejor forma posible.
La abogacía es una profesión liberal, y como tal quienes se dedican a la misma no lo hacen por motivos exclusivamente altruistas, algo que es predicable de cualquier trabajo, oficio o profesión. Nadie trabaja exclusivamente por amor al arte, sin perjuicio de que en efecto existan profesionales por vocación y profesionales sin vocación que se dedican a ello como podrían haberse dedicado a otra cosa. Y por supuesto que en la abogacía, como en cualquier otra profesión, arte, trabajo u oficio, hay profesionales más o menos simpáticos, más o menos trabajadores, más o menos accesibles, más o menos honestos, más o menos entregados y más o menos educados, pero ello no obsta para que la abogacía sea una profesión más, y como tal lo que busca principalmente quien a ella se dedica es obtener un beneficio. Pero de ahí a pretender que el letrado sea nada menos que una ONG (idea que preside todas y cada una de las manifestaciones del máximo representante de la abogacía) no deja de ser una nefasta desviación amén de ser contraproducentes para el colectivo, pues tal desinformación puede llevar a la gente a hacerse una idea equivocada.
La cita con la que abríamos esta entrada es un tanto oscura y siniestra, pese a haber sido escrita por alguien que ha ejercido la profesión. Quizá el hecho de insertarla en una novela donde el protagonista trabaja en un bufete que se encarga de la defensa de unos intereses algo tétricos haya influido, pero la visión no deja de tener un punto de certeza. Cuando alguien sale de la facultad está imbuido de nobles ideales acordes con el lógico ímpetu juvenil que lleva a dividir el mundo estrictamente en blanco o negro. Tras años de ejercicio profesional, uno aprende a ver la realidad de otra manera, con todos sus matices, y sus ansias de justicia y defensa de los derechos humanos en abstracto ceden paso al cotidiano devenir donde uno ha de acostumbrarse a repeler las estocadas y los puyazos más bajos que le llueven desde todos los ámbitos; algunos, y ello es lo triste, de sus propios compañeros de profesión. Esa erosión profunda del ímpetu juvenil derivada del cotidiano ejercicio profesional es bastante general y generalizada (sirva también como prueba el prólogo con que el ilustre administrativista Jesús González Pérez abre la tercera edición de su brillantísimo Manual de Derecho procesal administrativo), y es que la cruda realidad se encargará que el joven licenciado que no ha salido del mundo platónico de las ideas abstractas pase a la más cruel realidad aristotélica. Salvo, claro está, que llegue a ocupar un alto cargo en el Consejo General de la Abogacía Española, donde para cultivar su imagen pública deberá protagonizar una “vuelta a la caverna” platónica descrita en el celeberrimo Libro VII de la inmortal República….olvidando que Platón, en sus diálogos de madurez, abandonó su idealismo inicial debido al fracaso de sus teorías abstractas al intentar ser llevadas a la práctica.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Opinión

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